Hong Kong, condenada a la dictadura de oro

Bienaventurados los que no piensan demasiado porque de ellos será el reino de los sueños. No en el sentido de anhelos, tan sólo circunscribiéndonos al concepto de sueño como reposo nocturno, género de limbo sin preocupaciones. Sobre todo, sin miedo. La Historia, la de todos nosotros como seres humanos, está repleta de épocas que, de diversas formas, se caracterizaron por la imposición de graves penas a los que se atrevieran a pensar en voz alta de manera distinta a quien detentaba el poder. De pronto, lo prioritario era escapar a la represión del régimen dictatorial de turno, conservar la integridad física y psíquica; en definitiva, la vida. La suya propia y, tal vez, también la de su familia. Porque el castigo impuesto por quien obliga a no pensar suele ir siempre más allá, cuando se topa con un sujeto que se cree lo suficientemente libre como para sacrificar su vida a cambio de alzar la voz. Las torturas, como medio para domar a quien no ha tenido la “suerte” de conseguir que le lavaran el cerebro en condiciones, han existido siempre. Amenazar con hacer daño a los tuyos forma parte del martirio.

Sí, por desgracia, la Historia nos acaba enfrentando siempre con capítulos que nos gustaría haber evitado. Ocurren en las guerras que se suceden muy cerca de nuestros mundos privilegiados, donde (todavía) podemos pensar diferente, sin miedo a que una noche la policía política tire a golpes la puerta de casa para llevarnos al lugar donde nos recordarán cómo y cuándo debemos pensar. Sin necesidad de detenernos durante una manifestación o repartiendo octavillas con críticas al gobierno. Los dictadores prefieren prevenir que curar. Porque son cobardes que se escudan en su fuerza. Se sirven, por otra parte, de los chivatos que les ayudan. A pesar de que, en realidad, los desprecien incluso más que a los opositores. En la actualidad, las violaciones de derechos humanos siguen sorprendiéndonos en muchos lugares del mundo, y puede que, en un futuro, nuestros descendientes tengan que arrepentirse de no haber movido un dedo, por ejemplo, en Corea del Norte. Por desgracia, aunque se trate del caso más espeluznante, no es el único donde pensar distinto es un delito y se utiliza la miseria como coartada para no hablar de derechos. Bastante tiene el pueblo con salir adelante, subsistir, si hablamos de Venezuela.

Y qué decir de China, un sepulcro blanqueado por esa boyante economía que embelesa al mundo atrayendo capitales, que invierte fuera para seguir manteniendo dentro al poderoso partido que lleva a sus espaldas, bien disimulados, un pasado y un presente marcados por el absoluto desprecio a los derechos humanos. Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch, durante la presentación del informe anual en la sede de la ONU en Nueva York, recordaba, a quien quisiera oírle en lugar de seguir haciendo negocios con aquel país, que el Gobierno de Xi Jinping está llevando a cabo la “opresión más brutal y generalizada” en décadas, con el objetivo de lograr un “control social total”. En 2019 Hong Kong se había convertido en la “china” – perdón, piedrecita - que empezaba a hacerse molesta en el zapato y amenazaba con contagiar, cual virus político, al servilismo y la obediencia del resto de ciudadanos chinos.

El Partido Comunista necesitaba un golpe definitivo a la libertad de expresión y al principio de “un país, dos sistemas”, que algunos, ilusos, quisieron creer. La entrada en vigor de la nueva ley de seguridad ha sido ese puñetazo en la mesa que castiga hasta con cadena perpetua el terrorismo, la subversión, la secesión y la confabulación con fuerzas extranjeras. Así que los hongkoneses han corrido a borrar sus comentarios publicados en redes sociales, por si la partidista interpretación judicial los califica de subversivos, secesionistas, traidores o terroristas. Facebook, Twitter, Google, LinkedIn y Zoom han anunciado que suspenden su colaboración con la policía en la entrega de información sobre sus usuarios pero, seamos realistas, eso no tranquiliza a nadie. Hasta ahora, operaban libremente en Hong Kong gracias a que allí no llega el famoso cortafuegos de China continental, a través del cual Pekín puede bloquearlas y restringir contenidos. Ahora, con la nueva ley, su futuro es incierto.

Una nueva ley de 66 artículos, que establece, entre otros muchos desvaríos, que los juicios puedan celebrarse en secreto (artículo 41) y sin jurado (artículo 46). Que los jueces puedan ser elegidos por la jefatura ejecutiva de Hong Kong que responde directamente a Pekín (artículo 44) y elimina el principio de que el procesado tiene derecho a la libertad bajo fianza (artículo 42), sin límite para la detención provisional. O que procesos judiciales completos, desde la instrucción hasta el juicio y la sentencia, puedan ser simplemente “traspasados” a las autoridades de la China continental (artículo 56). Pekín, por fin, se atribuye amplios poderes que nunca antes había tenido para moldear la vida de la excolonia a su medida. En silencio, con la comunidad internacional cegada por su dinero. Todavía más en estos tiempos de bancarrota, mientras el resto del mundo lucha contra la pandemia que nos llegó desde allí. Porque con independencia de su origen, mercado o laboratorio, sin la censura impuesta por las autoridades de China se habría conocido antes la gravedad de la epidemia de este letal coronavirus y evitar, quizás, la actual pandemia.