Pablo Iglesias o la mentalidad del carcelero

La idea del título se la debo a José Félix Tezanos. El presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y uno de los gurús predilectos del presidente Pedro Sánchez es siempre fuente de sabiduría y de inspiración y por ello leo con auténtica devoción todo aquello que escribe y cae en mis manos.

“Algunas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado si ciertas personas con las que me he encontrado, llegado el caso, serían capaces de desempeñar –incluso con gusto– el papel de carceleros o de verdugos en unos hipotéticos campos de concentración del futuro. Y la verdad es que a veces la respuesta ha sido afirmativa. Seguro que se prestarían a ello”, escribe ahora Tezanos y pienso por un momento que está hablando de Pablo Iglesias Turrión.

“Hay seres tan agresivos, tan enconados y tan amorales (en lo pequeño y en lo grande) que podrían responder perfectamente a las tipologías que nutrieron los aparatos de persecución en periodos inhumanos de la evolución social”, sigue escribiendo Tezanos y yo sigo pensando en Pablo Iglesias Turrión.

“De hecho, en la dinámica política concreta, en democracias como la española no es difícil vislumbrar los rostros –e incluso las intenciones– de quienes no quieren debatir, contrastar o competir pacífica y limpiamente en la arena política e ideológica, sino que lo único que desean es aplastar y perseguir a los que contemplan como enemigos políticos, y no como ciudadanos con derechos, libertades y oportunidades, a los que hay que respetar como genuinos seres humanos”, continúa Tezanos y yo insisto en Pablo Iglesias Turrión.

“Las actitudes racistas, xenófobas, intolerantes y denigratorias son el caldo de cultivo en el que anida el pensamiento totalitario, que sólo pretende denostar y descalificar al que no forma parte de la misma tribu”, sigue Tezanos y sigo yo con Pablo Iglesias Turrión.

Y hay todavía más argumentos en las palabras del presidente del CIS que me llevan, sin ninguna duda, al vicepresidente del Gobierno y a sus esclavos morales: “La tendencia a sustituir en el debate los argumentos y los razonamientos por los insultos y denuestos forman parte de una misma inclinación compulsivo-agresiva, que generalmente acaba desembocando en una cosmovisión totalitaria en la que el adversario político es convertido automáticamente en un enemigo sistémico al que hay que descalificar, insultándole y agrediéndole”.

Continúo leyendo ‘Con mentalidad de carceleros’ –publicado a finales de junio en Sistema Digital– hasta que compruebo con estupor que estoy equivocado, que he errado el tiro de arriba abajo y que cuando José Félix Tezanos afirma que se está dando “el escenario propicio para que den rienda suelta a sus instintos los nuevos carceleros con todas sus patologías” no está pensando en Pablo Iglesias Turrión sino en Pablo Casado Blanco. ¡Qué inmenso error el mío!

Pero hago de la necesidad virtud, le robo todas las palabras al hombre que sabe mejor que nadie cómo piensan los españoles –esto opina Tezanos de sí mismo–, y se las adjudico, incidiendo en mi ignorancia, al vicepresidente tercero del Gobierno. Iglesias es un carcelero con ínfulas de alcaide, un déspota mucho menos ilustrado de lo que él piensa, un demagogo de catálogo totalitario y un machista cada vez menos camuflado que arremete desde su puesto en el Gobierno de España contra todos aquellos que le desnudan, hacen añicos esa realidad paralela en la que levita y demuestran –caretas fuera– que ya parece lo que es y no la imagen idealizada que él y sus esclavos morales han escrito a su alrededor.

Y dentro del miedo atávico que muchos, como éste individuo, tienen a la discrepancia y al discrepante adquiere sentido ahora aquella pregunta número 6 del sondeo de abril del CIS en el que Tezanos quería saber si los españoles estábamos a favor de la censura en las informaciones sobre esta maldita pandemia y de que sólo se publicaran las que estuvieran avaladas por fuentes oficiales. En el fondo, el presidente del CIS y el vicepresidente del Gobierno sintonizan la misma frecuencia y sus pretensiones están meridianamente claras: ahora es la pandemia, mañana las tarjetas telefónicas, al otro las cuestiones estrictamente personales y al de más allá cualquier proceso judicial que pudiera alterar la estabilidad del Ejecutivo, o lo que es igual, del país.

Ya no se trata sólo de Vicente Valles, que por supuesto, sino de cualquier periodista al que cualquier político de cualquier partido pone sobre su espalda una diana; ni tan siquiera se trata de los periodistas en general, que en demasiadas ocasiones pecamos de creernos el centro del universo. Hablo de todos los demás. Hablo, fundamentalmente, de las ciudadanas y ciudadanos simples y pensantes, de quien van por un camino o por el contrario sin necesidad de desenfundar; hablo de quienes están de acuerdo y de quienes difieren completamente; hablo de ser una ciudadana y un ciudadano que piensa y que no se arruga ante los que tienen mentalidad de carceleros como el vicepresidente tercero del Gobierno de España.

¿Se acuerdan del ‘Primero vinieron…’? Pues lean y relean el alegato del pastor alemán Martin Niemöller en el que criticaba la cobardía de los intelectuales alemanes tras el ascenso de los nazis al poder y el inicio de sus purgas grupo por grupo sin que ninguno de aquellos abriera la boca. Léanlo antes de que sea demasiado tarde, vayan a por usted y ya no quede nadie que pueda decir algo. Y esto también debería valer para esos medios de comunicación –otra sería su respuesta si el mundo fuera al revés– que callan ante el fuego amigo y por lo tanto otorgan.

El que debería decir algo es el presidente del Gobierno, pero Pedro Sánchez mantendrá la boca cerrada hasta que al juguete se le acaben las pilas y haya que desprenderse de él. Las encuestas están de parte de los socialistas y no tanto del partido del vicepresidente tercero; y la horquilla entre uno y otro se está ampliando a pasos agigantados desde que el ‘caso Dina’ ha demostrado que hay más cloacas que longanizas –que decimos en mi tierra– y que el que más y el que menos se ha rebozado en alguna de ellas.

La pasada semana, Daniel Gascón escribía esto en El País: “El objetivo es salvar al presidente. Si un cargo lo compromete, se marcha. Si actúa de parapeto, o si cesarlo podría indicar debilidad, se mantiene”. Aceptando como irreprochable este principio marketiniano, Pablo Iglesias Turrión está ya muy cerca de ser un parapeto fallido y empieza a comprometer muy seriamente al presidente, que demostrará muchísima más debilidad si lo mantiene que si lo expulsa de su paraíso particular.  Tiempo al tiempo.