Dickens, el revolucionario que sigue vivo en el 150 aniversario de su muerte

Al contrario que en 2012, cuando se cumplieron 200 años del nacimiento de Charles Dickens, el 150 aniversario de su muerte no ha tenido la repercusión que se esperaba. Por culpa, cómo no, de la pandemia que todo lo ha trastocado y que aún amenaza con fuerza. En 1970, el centenario de su muerte se conmemoró con exposiciones, nuevas ediciones, películas y una emisión de sellos de la Royal Mail para rendir homenaje a tan ilustre escritor británico, pero en 2020 las prioridades han sido, siguen siendo, otras bien distintas. Al menos, a partir de marzo. Antes, el Museo de Charles Dickens en Londres ya había empezado con los preparativos para conmemorar el aniversario comprando una gran colección de objetos que pertenecieron al novelista victoriano a un particular estadounidense por 1,8 millones de libras. En cualquier caso, las semanas de confinamiento han afectado a los actos públicos de homenaje y a las visitas a la casa-museo londinense que habitó el escritor, pero sus novelas han estado entre las más leídas durante el encierro. Sus personajes siguen, por desgracia, tan vivos como entonces: el parón económico pasa la correspondiente factura.

Sus libros siguen ocupando un lugar especial en las librerías, en las bibliotecas y en las estanterías de muchas casas, incluso en las de aquellos que no se declaran incondicionales fans de la lectura. Dickens consiguió en vida que sus historias llegaran a los lectores y aunque murió a los 58 años - seguro que todavía con un montón de relatos en su imaginación y más personajes inolvidables que dejarnos -, lo hizo después de una prolífica vida en la que la intensidad de la ficción que trasladaba a sus novelas se mezclaba, en apariencia sin conflicto, con la que marcaba su propia vida personal y cotidiana. Su ácida crítica social marcó una época no sólo en la literatura, sino también posteriormente en el cine o en el teatro y, lo que es mucho más real, en las condiciones de vida de los representantes auténticos de aquellos perfiles que él incluía en sus escritos y que después parecían adquirir vida propia.

Sus castigados personajes, muchos de los cuales vivían en el Londres que a Gran Bretaña no le gustaba mirar, lograron que nadie pudiera ya seguir cerrando los ojos a la pobreza, suciedad, injusticia y miseria que rodeaban a buena parte de la población del colosal imperio victoriano. Desde que se publicó su primera novela, “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, en 1837, Dickens alcanzó un éxito que traspasaba las elegantes bibliotecas de las mansiones y llegaba, por entregas, a aquellos que jamás habrían pensado hasta entonces gastarse lo que no tenían en adquirir un puñado de papeles impresos que contaban una historia más de aquellas que ellos veían de cerca cada día. ¡Si la mayoría ni siquiera sabía leer! Sin embargo, entre muchos, juntaban los chelines necesarios para comprar el capítulo que se vendía con el periódico, semanal o mensualmente, y el que sabía leer se colocaba en el centro del grupo para que nadie se perdiera las nuevas vicisitudes del protagonista desde la última entrega. Escuchaban con el corazón encogido pero, por primera vez, iluminado. Dickens nunca se rendía a la realidad que entonces imperaba y, por efecto de su pluma, era posible que los malvados se convirtieran o, al menos, pagaran por sus maldades y que los buenos, injustamente desposeídos, alcanzaran algún pedacito de esa justicia soñada. El irónico Dickens puso nombre y apellidos a los que ni siquiera tenían cara y estos, al verse por fin reflejados, aprendieron a reconocerse una igualdad que hasta ellos mismos se habían negado.

Dickens no cambió el mundo, pero su crítica mordaz, acompañada del sentimentalismo necesario para retratar lo que durante sus largos paseos nocturnos aprendía, contribuyó a alumbrar los rincones escondidos y todos sabemos que con la luz, las ratas desaparecen. Oliver Twist, Nicholas Nickleby o David Copperfield tuvieron mucho que decir y sus vidas traspasaron las páginas donde nacieron para que nadie pudiera seguir ignorando las terribles condiciones en las que vivían demasiadas personas. El gran mérito de Dickens consistió en conquistar, de la misma manera que había hecho con los sectores más desfavorecidos, a aquellos que hasta entonces no habían osado mirar a las personas que él retrataba. Los ricos, igual que los pobres, esperaban con anhelo las nuevas entregas de sus novelas y es de suponer que algo se les removería por dentro al descubrir en letra impresa lo que algunos ya habrían intuido o comprobado sin querer: que el dinero y el poder no evitan la condena a la soledad y que quien siembra maldad, acaba recogiéndola en su propia casa.

Dickens fue, además, capaz de cruzar fronteras. En Estados Unidos contaba con apasionados seguidores que esperaban los nuevos capítulos a pie de puerto, preguntando a gritos a los pasajeros del barco procedente de Inglaterra, a punto de atracar, qué había ocurrido con los personajes en el último episodio. Era un maestro del estilo episódico que predominaba en los relatos de ficción de aquella época y, fiel a su costumbre de vagar por las calles en busca de inspiración, aprovechaba para captar el sentir de los lectores antes de sentarse a escribir la siguiente entrega. Se trataba de una forma de entender la novela que tristemente ha desaparecido, porque hoy en día la paciencia no es virtud y todos queremos saber que en nuestras manos está la totalidad de una historia y que, si así lo deseamos, podemos incluso empezar    por el final. Eso sí, debía de resultar tremendamente estimulante para el escritor aunque no exento de una alta dosis de inseguridad, porque es de suponer que el periódico no querría comprarle más capítulos si el público no le había dado su aprobación. Dickens lo entendió bien. Triunfó en esa forma de novela viva, en constante evolución, dirigida por el viento de las reacciones del lector, y sus victorias han quedado para siempre.