La nueva normalidad, la vieja estupidez

Necesitamos dos vacunas con urgencia y aunque parezca extraño la más necesaria no es la de la covid-19. La realmente imprescindible es una sobre la que ni tan siquiera ha empezado a trabajar laboratorio alguno pero que ya empieza a tenernos acorralados. Frente a ella no hay mascarilla que valga, ni respiradores ni guantes ni hidrogeles que nos mantengan a salvo. Hablo de la estupidez. “Si la inteligencia es nuestra salvación, la estupidez es nuestra gran amenaza. Y por ello merecería ser investigada como si fuera una enfermedad”, dijo hace tiempo el filósofo José Antonio Marina. Una plaga que si bien es compañera de viaje a lo largo de toda nuestra existencia, está alcanzando ahora niveles insospechados de peligrosidad sin que veamos en el horizonte cura alguna o signos de debilidad por su parte.

Esta otra pandemia, además, ha llegado para quedarse porque cada día que pasa aumenta escandalosamente el número de afectados, especialmente entre jóvenes y adolescentes, y ha demostrado ser extremadamente contagiosa. Vemos ejemplos a cualquier hora. En calles y plazas, en la playa y en la montaña. En bares y restaurantes, en el tren y en el metro. En el baúl de los horrores de las redes sociales, en los medios de comunicación, en fiestas que no deberían celebrarse, en escandalosas celebraciones que no tienen razón de ser en estas circunstancias, en estos fines de semana bullangueros donde una amnesia colectiva nos engulle a todos. Nos echamos a la calle en manada, sí, en manada, dando muestras de una estupidez que realmente es infinita, como ya dijo Einstein, y de una insolidaridad manifiesta que muy bien podría estar tipificada en el Código Penal.

Y a este estado de imbecilidad supina hemos llegado solitos. Ahora no podemos responsabilizar a nuestros políticos, ni a los que están gobernando ni a los que están en la oposición. Y aunque es verdad que a lo largo de este confinamiento, o incluso después de él, unos y otros nos han demostrado que pueden ser tan estúpidos como el resto de ciudadanos, a nuestro nivel actual de estulticia nos ha conducido nuestra propia ignorancia. La nueva normalidad ha dejado al descubierto la vieja estupidez, la de siempre, pero aumentada y  publicitada para que quede constancia de lo burros que podemos llegar a ser hasta sin necesidad de tomar pastillas.

Las imágenes que nos llegan todos los días desde los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía son un insulto para todos aquellos que se han quedado en el camino. Un insulto para los 30, 40 o 50.000 conciudadanos que han sufrido una muerte espantosa para que ahora una multitud ingente de gilipollas se tomen a la ligera una masacre como no recordamos en este país.

Por si fuera poco haber perdido la vida y la identidad, y tras haber condenado o los ya condenados a ser un simple número dentro de un número mucho mayor, ahora nos permitimos el lujo de pasar por encima de sus tumbas como si nada hubiera sucedido, como si todo hubiera sido una broma. Y una broma, pero macabra, como diría Joaquín Sabina, es esta sinrazón a la que nos está arrastrando esta manada, repito otra vez, manada, no sé si de ignorantes o de desaprensivos que se creen que lo que aquí hemos vivido, estamos viviendo, es únicamente un mal sueño, o que piensan que la ruleta rusa es sólo un juego.

Y también es una falta de respeto hacia ese personal sanitario que lo ha dado todo, hasta la vida en muchos caos; esos profesionales de la salud por los que salíamos a aplaudir a los balcones todas las tardes a las 20 horas durante el estado de alarma, esos por los que cantábamos ‘Resistiré’ ¿Se acuerdan? Esas estrofas que decían “resistiré para seguir viviendo / soportaré los golpes y jamás me rendiré / y aunque los sueños se me rompan en pedazos / resistiré, resistiré… ¿Se acuerdan o no se acuerdan? No, hay muchos que parecen haber perdido la memoria, hay muchos que se han quedado sin palabras, prefieren navegar a lomos de un alelamiento generalizado y ya no se acuerdan de conjugar el verbo resistir.

Son ya demasiados los que se han olvidado de que aquí, en nuestro país, 20 de cada cien de estos profesionales de la sanidad han pillado este virus canalla en sus puestos de trabajo para que ahora los listillos de siempre jueguen con fuego sin ser conscientes de que lo más probable es que el incendio se nos lleve a todos por delante. Sólo nos han pedido tres precauciones a los ciudadanos: una cierta distancia con nuestros convecinos, el uso de mascarillas en lugares públicos y que nos lavemos las manos. No es mucho para sobrevivir, pero parece ser un mundo para los que van por la vida con una inteligencia escueta que les lleva a saltar al vacío por encima de toda lógica sin pensar en aquellos a quienes les van a caer encima.

Y qué decir cuando se funden fanatismo e ignorancia o cuando la estupidez se da la mano con ciertas ideologías de sobrecubierta. Cuando vemos cómo empiezan a pintar y destrozar estatuas, a cuestionar a Cervantes, a Colón, a Fray Junípero Serra, a Isabel la Católica. Y uno se pregunta en qué país vivimos cuando vemos la palabra ‘asesino” pintada sobre la estatua de Alexander Fleming en los alrededores de la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid. Me cabe la duda de si el escribiente había oído hablar de la penicilina o acaso creía que estaba insultado a un aspirante a novillero de ascendencia escocesa. No cabe un tonto más. Y es lo mismo que pienso cuando me entero de que no son pocos los ayuntamientos que quieren poner el nombre de una calle o una plaza de sus municipios a Fernando Simón o cuando se solicita que los bares y restaurantes sean considerados patrimonio de la humanidad. Nada menos.

No hay día que no me venga a la memoria una viñeta que El Roto publicó hace muchos años. En ella uno de sus habituales e inquietantes personajes se dirige al lector y le pregunta: “¿Usted todavía piensa o es un ciudadano normal?”.