Pedro Sánchez sigue en su viejo Peugeot

Pedro Sánchez lo ha dicho muy claro en La Vanguardia: el pacto con Unidas Podemos sigue adelante, pero Ciudadanos está a la vuelta de la esquina por si acaso. Verbaliza en la misma respuesta de la entrevista publicada este domingo que “no está en cuestión” su acuerdo con Iglesias, lo que es verdad; y también que “ha habido un cambio de actitud” por parte de Arrimadas, que también es cierto. El dibujo resultante es un campo de minas complicado pero en el que el líder socialista, sabido es, sabe trampear –“eludir alguna dificultad con artificio y cautela”, según el diccionario de la RAE– mucho mejor que nadie.

Superados los meses más duros de esta maldita pandemia y, sorprendentemente, sin apenas gasto electoral para el Partido Socialista, según todas las encuestas fiables, Pedro Sánchez podrá jugar a partir de ahora con más bolitas para tratar de acabar la partida de esta legislatura. La incorporación de Ciudadanos a su bolsa de canicas abre exponencialmente su abanico de posibilidades. La llegada de Arrimadas conlleva no pocas ventajas para el Gobierno: son escaños que sirven para sumar y, especialmente, para llevar la inquietud y el nerviosismo a ERC y PNV, los que hasta ahora han sido sus socios preferentes tras la investidura pero que amenazan con resultar demasiado caros hasta para Sánchez. Pablo Iglesias, mientras tanto, mira con desasosiego el nuevo panorama pero no le queda más remedio que tragar.

“Lo nuestro es un matrimonio de conveniencia”, comentaba la semana pasada un alto cargo socialista cuando hablaba de la marcha del Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos y de su posible duración. “Un matrimonio que va relativamente bien, especialmente para nosotros, pero que como siempre pasa con este tipo de matrimonios tiene fecha de caducidad, y esta será, más o menos, cinco o seis meses antes de las próximas generales. Calculamos que el amor, entre comillas, se nos acabará en la primavera de 2023, antes de las municipales y autonómicas que son el cuarto domingo de mayo”. Están convencidos en el PSOE de que UP no romperá la baraja antes porque “tocar poder” acaba con muchas reticencias y no pocos ideales y sus actuales socios “están realmente fascinados con tocar”. Y también, porque Sánchez sabe jugar a tantas bandas como sea necesario.

El PSOE que ahora manda, el que habita en Ferraz y en Moncloa, el que vive bajo el mando casi dictatorial de Pedro Sánchez, piensa esto, con matices, pero esto. “Es lo que suma y no queda otra por ahora”, afirman. Es verdad que no se quieren ni se querrán y es verdad que a veces en el partido morado siguen pensando que están en la oposición y no en el Gobierno y juegan a ser lo que ya no son especialmente con Felipe VI y con Felipe González. Y por supuesto es verdad que no se fían ni se fiarán de Pablo Iglesias del que están convencidos que volverá a arremeter contra el líder socialista antes de que concluya este cuatrienio.

Y, por otro lado, también es absolutamente cierto que a la vieja guardia socialista, con el citado Felipe González repitiéndose por enésima vez con aquello del camarote de los hermanos Marx y los dos huevos duros, o lo que es igual al PSOE que ya no manda, le gustaría torpedear este tinglado, que se viniera abajo, que volviera el bipartidismo, que todo fuera como antes, que la vida estuviera bajo aquél control político-mediático que tantos días de gloria y también de oprobio –GAL, cal viva, financiación ilegal, fondos reservados…– dio al partido y a su entonces boletín oficial. Pero estos soñadores ya no pintan nada en el socialismo de la nueva normalidad y ya no quedan ni sus restos en los trasteros de Ferraz, ya se han encargado de ello los nuevos responsables del partido, ni por supuesto en la bodeguilla de Moncloa.

Hay quien opina, no sin cierto fundamento pero con algo de exageración, que en el viaje de Felipe González a Pedro Sánchez, pasando por José Luis Rodríguez Zapatero, el PSOE parece haberse quedado sin más proyecto ni principios que aquellos que aseguren el poder al actual secretario general. Aunque en el entorno del actual mandatario creen que los dos ex presidentes se han quedado sin argumentos para dar lecciones de Ética a nadie, no son pocos los socialistas de nuevo cuño los que opinan que no se divisa más ideología en el partido que la de hacerse con el poder como sea, mantenerlo a cualquier precio y poner los cimientos para conservarlo todo el tiempo posible.

Precisamente el tiempo nos está demostrando que, como ya se intuía, el presidente del Gobierno resulta imprevisible, es un estratega de amplio espectro, no es de fiar ni para sus socios y es capaz de juguetear con unos y otros a su antojo y en función de sus intereses. Y por eso, cada vez extraña menos que el inquilino de la Moncloa, que llegó al puesto que ocupa de la mano de la extrema izquierda, los nacionalistas y los independentistas, tenga la capacidad y el acierto, por qué no decirlo, de llegar a pactos, que pueden ser de larga duración, con Ciudadanos para esperanza de algunos y estupor de aquellos.

Oriol Junqueras, líder de ERC, ponía palabras a este estupor en una entrevista con eldiario.es: “Es evidente que nuestro proyecto político y el de Cs están en las antípodas, en todo. Y por lo tanto lo que pretende el PSOE no será posible, no se puede tener todo a la vez, tendrá que escoger”. Y se encargaba de poner a Podemos frente a sus contradicciones con este aguijón: “Quién tiene un problema es Podemos y Pablo Iglesias. ¿Hasta cuándo va a aceptar sin decir nada el pacto con Ciudadanos?”.

Venía a decir Junqueras que Sánchez lo que quiere es el ‘chocolomo’, –expresión que le robo a un amigo periodista– y que eso rara vez es posible en política porque la mayoría de las veces es obligatorio escoger entre algo tan dispar como el ‘choco’ o el ‘lomo’. Y también trataba el condenado de incitar a la rebelión a Podemos para que metiera el miedo en el cuerpo del presidente. Pero Iglesias, que poco a poco empieza a estar rodeado, no está ahora para meter miedo.

Son muchos quienes, como el líder de ERC, siguen cometiendo el error de menospreciar la capacidad de maniobra de Sánchez. De creerse más listos que él. Quizá porque se olvidan del respeto, si no miedo, que merece aquél que vuelve de entre los muertos. Porque eso es precisamente lo que hizo el ahora presidente el 21 de mayo de 2017 tras haber sido ‘asesinado’ por los suyos unos meses antes, exactamente el 1 de octubre de 2016, en el Orient Express de Ferraz: resucitar si no a los tres días si a los 251 y volver de la nada con mayoría absoluta para quedarse con todo.

Por mucho que se suba al Mystère siempre que puede, la forma de actuar de Pedro Sánchez sigue estando mucho más cerca de su viejo Peugeot 407, el coche que utilizó en su camino de la resurrección y entre cuyos viejos y gastados asientos se forjó una parte fundamental de su actual personalidad, basada en la supervivencia a toda costa y en que el fin justifica los medios por muy mal que suene. Allí aprendió a deletrear la palabra v-e-n-g-a-n-z-a hasta la extenuación, se hizo un hombre de finales más que de principios, de resultados más que de trayectorias. El perderlo todo le hizo de una pasta distinta: sin más escrúpulos que los imprescindibles, sin apenas miedo y sin una gota de piedad. Con su viejo Peugeot dio la vuelta a todo, convirtió lo imposible en realidad y finiquitó no sólo a quienes habían acabado con él aquel sábado negro, sino también a todos aquellos nombres propios que conformaban la Historia, con mayúscula, del PSOE hasta entonces y que cometieron el error de apostar por el caballo equivocado.

Aquél viejo cacharro matriculado en 2005, y que según las críticas automovilistas de la época era duro y rocoso pero fácil de conducir, consumía poco y tenía mucha autonomía, se adaptaba al llano y a la montaña, y que aunque no era muy cómodo sí que era seguro, se llevó y se sigue llevando por delante a todos lo que se cruzaron y cruzan en el camino de sus intereses, que no se sabe a ciencia cierta si coinciden con los del país y ni tan siquiera con los de su propio partido. Pero Sánchez continúa viajando a toda leche en el Peugeot; con el hambre del superviviente, el odio del traicionado y la gloria del conquistador; con la seguridad absoluta de saber que es casi imposible que vuelvan a matar a quien ya ha sido asesinado.