Carlos Ruíz Zafón, el alma en sus páginas

Aún con el corazón encogido por la noticia de la prematura muerte de Carlos Ruíz Zafón, recurro al refugio de su Sombra del viento. Mientras releo, al azar, algunos párrafos, reencontrándome con Daniel Sempere caminando por la Barcelona de los años 40 o trazando planes con su amigo Fermín para descubrir el secreto de Julián Carax, pienso en lo que su autor – tan reacio a la fama – solía decir en referencia al alma de los escritores: conscientes o no, la vuelcan siempre, sin remedio, entre las páginas de sus novelas. De forma inesperada, me viene a la cabeza la película Anonymous, de Ronald Emmerich, que “pretendía desvelar” la verdadera identidad del autor de las obras hasta ahora atribuidas a Shakespeare. Según el guion, el alma del famoso ciudadano de Straford Upon Avon no habría albergado en realidad las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa.

En su lugar, estas se le atribuyen a Edward de Vere, 17 Duque de Oxford, quien, sin embargo, a causa de su posición social, nunca pudo disfrutar del honor de ver su nombre en la portada de los manuscritos que con tanto éxito se representaban, para deleite del entusiasta público londinense, en el mítico The Globe. No podía hacerlo. Se trataba de una época en la que “aquello”, la creatividad literaria, estaba muy lejos de ser considerado un honor. Sobre todo, si pertenecías a aristocracia, clase que debía de mantenerse muy por encima de tan peculiar menester. En una de las escenas finales de la película, su propia esposa acusa al duque de haber llevado la desgracia y la deshonra a la familia por culpa de una obsesión tan insana e indigna como la de escribir. ‘¿Por qué lo haces?’, le pregunta entre lágrimas, a lo que Edward de Vere responde que si no escribiera lo que los personajes que moran en su cabeza le susurran - a veces hasta le gritan -, haría tiempo que se habría vuelto completamente loco.

No exagera. La mayoría de las veces, el escritor se pone a las órdenes de esas voces porque sabe que es la única forma de que le dejen descansar. Lo hace para irse a la cama sin la amenaza de que lo susurrado en su cerebro durante el día le obligue a levantarse, en mitad de la noche, y plasmar en el papel historias que exigen ser contadas. En definitiva, lo hace para no volverse tarumba. Cada escritor, por supuesto, tiene su método y la mayoría, con el tiempo y la experiencia, aprende a vivir escuchando, imaginando, visualizando y acogiendo situaciones ficticias de personajes ficticios con la más absoluta normalidad. Llegando con todos ellos a un acuerdo para que no incordien, salvo en los momentos en los que toca ponerse a escribir. Lo malo es cuando ese tiempo no llega, no se encuentra, pasa volando. Entonces, la ficción se cansa de esperar y reclama la atención que está convencida de merecer. Todo esto debería de ser bastante para explicar por qué, con los tiempos que corren, aún siguen apareciendo escritores en cualquier rincón del planeta. ¿Hay alguien que no conozca personalmente a un escritor?

La vocación literaria se asemeja a una especie de patología extraña y poderosa. Uno es escritor porque tiene una historia que contar y los elementos necesarios para hacerlo de forma rica, elegante, solvente. En definitiva, artística. Y pasados aquellos tiempos de mecenas que apoyaban a los artistas en quienes creían, hoy la vida de muchos de estos locos de la ficción se tambalea entre su necesidad de narrar una historia que llegue a los lectores y la dura realidad mundana de subsistir sin ayuda de ningún tipo. La historia de la literatura está plagada de inicios terriblemente desalentadores. No sólo por la soledad de una profesión que se ejerce durante todo el día – uno no trabaja de escritor, es escritor -, sino por el momento en el que regresa a la realidad y descubre que tiene facturas que pagar. Aun así, seguirá escribiendo, robando horas al sueño, dejándose pedacitos de alma en el incierto camino.

El resultado es un sinfín de manuscritos enterrados. Archivos de Word almacenados en el ordenador, han sido muchas veces los injustos cementerios de obras que merecían servir de cultural entretenimiento o simple placer para los lectores. ¿Cómo dar cabida a tantos textos? En La sombra del viento, todos nos estremecimos y maravillamos con ese Cementerio de los Libros Olvidados que exigió a Carlos Ruíz Zafón que contara su historia. El autor lo hizo con una maestría y sensibilidad que, reconozcámoslo, solo puede proceder de lo más profundo de un alma escogida para ello. Para introducirnos en un mundo que, desde la oscuridad, está dispuesto a atraparnos. Zafón era, además, un escritor coherente, sabedor de que uno no puede ser fiel a su alma – y de paso a sus lectores – cuando pretende acelerar el proceso. Por mucho que le esperen sus editores. Quien manda es la historia.