Bárbara de Braganza: hablando de mujeres

Aunque hayan pasado tres siglos, la reina nacida en Lisboa es, sin duda, ejemplo de mujer emprendedora, culta, amante de la música y de las artes en general. Con gran influencia en los asuntos de Estado como asesora de su esposo y, sobre todo, mediando en las relaciones entre Fernando VI y el rey de Portugal.

En su vida personal, además, hizo bueno ese refrán tan certero que dice que “la suerte de la fea, la guapa la desea”. Porque de guapa, la de Braganza, nada tenía, pero supo conquistar y hasta hacer morir de amor a su real marido. Dicen que la mujer era tan poco agraciada, que los portugueses se las ingeniaron para no mandar su retrato hasta que los trámites del enlace estaban ya muy avanzados. Sin embargo, Fernando VI, maltratado por las intrigas de su madrastra, Isabel de Farnesio, supo apreciar en su fea consorte esos otros atributos que tanto aclamamos pero que en pocos casos valoramos de verdad. Por eso, cuando la reina murió, Fernando VI se volvió literalmente loco, se recluyó en su residencia de Villaviciosa y deambuló por sus salones en pleno delirio, rechazando cualquier tipo de cuidado o aseo, hasta que logró, un año después, reunirse en el más allá con su alma gemela.

Hoy, trescientos años después, las mujeres seguimos buscando equilibrio entre vida laboral, intereses comprometidos, aporte político o social, amor de pareja y cuidado de la familia. Ahora podemos encarar actividades que sólo medio siglo atrás eran impensables para una fémina, aunque lo que realmente parezca impensable es que antes no tuviéramos autorización para hacerlas. Que nuestras madres no pudieran abrir una cuenta bancaria sin la autorización de su marido, hoy nos parece ciencia ficción y, sin embargo, no han pasado tantos años. Por eso cualquier ley que promueva la verdadera igualdad tiene que ser bienvenida, a pesar de que las normas que se basan sólo en cuotas y porcentajes estén, la mayoría de las veces, abocadas al fracaso. No se puede obligar a una empresa a contratar al mismo número de hombres y mujeres para ocupar puestos directivos sin asegurarse, primero, de que la cantera cuenta con candidatos suficientes de ambos sexos para elegir entre ellos libremente. Y esto vale para todo, incluida la política.

Por desgracia, aunque para llegar a un equilibrio haya que pasar en ocasiones por los extremos más radicales, muchas mujeres reclamamos poder continuar luchando por la igualdad sin tener que perder por ello nuestra identidad. Sin culpar con obtuso odio al de enfrente, el hombre, generalizando las conductas reprochables de algunos de ellos. Sin tener que ser diferentes para poder ser iguales. Con la posibilidad de utilizar nuestros recursos, que no armas, para dirigirnos a la meta que cada una se haya marcado en su interior, sin avergonzarnos o, peor aún, pensar que si no mutamos la ternura en frialdad, no conseguiremos que quienes trabajan bajo nuestra dirección se sientan liderados como corresponde.

Todavía hay hombres que no soportan tener a una jefa, a pesar de que las encuestas aseguran que aquellos que lo han probado acaban por preferirlas porque organizan mejor las horas de trabajo para conciliarlo con la vida familiar. Seguramente, pasarán muchos años para que estos tipos desaparezcan, también para que algunos dejen de tratar a la mujer como si fuera de su propiedad y prefieran coserla a puñaladas, antes que verla, o imaginarla tan sólo, en los brazos de otro. Tampoco faltan mujeres que, llegadas a su meta, olvidan con pasmosa facilidad a las que ni siquiera la han rozado, a quienes siguen trabajando duro para que sus obras, grandes o pequeñas, sean reconocidas y apreciadas. Admitámoslo, en demasiadas ocasiones, somos nuestras peores enemigas, mientras seguimos exigiendo a los hombres un igual trato que, a veces, se me antoja, más que otra cosa, un trato preferente.