Y Vox montó un aquelarre

Salir con la gallina de Franco a pedir libertad es un contrasentido y choca frontalmente con la lógica y con los mínimos estándares democráticos exigibles a aquellos que se echan a la calle para solicitar la dimisión del gobierno que sea. Lo de Vox del sábado fue algo más que la legítima manifestación de unos ciudadanos contra sus gobernantes, fue un aquelarre a plena luz en pos del ‘mejor-cuanto-peor’, que suele ser el credo que guía a la formación de Santiago Abascal en la búsqueda de sus objetivos, tan evidentes como peligrosos.

Y hay que separar de este aquelarre de Vox a aquellos otros manifestantes que, en el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión, se concentraron el sábado, o lo hacen cualquier otro día, por dos motivos tan legítimos como comprensibles: mostrar su indignación contra Pedro Sánchez por la gestión de la pandemia y su preocupación creciente por un futuro repleto de incógnitas y malos presagios. Y hay que separar, asimismo, a otros muchos miles de ciudadanos que, estando de acuerdo con estas reivindicaciones, bajo ningún concepto quisieron unirse a las marchas automovilísticas para no servir de coartada a las verbenas organizadas por la extrema derecha.

Y amparándose en este derecho, Vox montó un espectáculo a caballo entre una fiesta de primavera, una puesta de largo y un mitin de final de campaña. Utilizaron a los casi 30.000 muertos que ha provocado este virus, que todavía nos pisa los talones, para volver a airear sus viejas banderas, sus viejos ideales, sus viejas momias y sus viejos deseos.

Iván Espinosa de los Monteros, con una sonrisa de oreja a oreja, no se cortaba y hablaba directamente, y por dos veces, de ‘alegría’ y hasta comparaba la manifestación de Madrid  con la celebración que tuvo lugar tras la victoria en la Copa del Mundo de Fútbol. “Lo más parecido que he visto a esto fue cuando ganamos la Copa del Mundo. Gente por las calles, con alegría, cívicamente, expresando con alegría su derecho a protestar”, dijo literalmente el diputado nacional de Vox, para celebrar el “éxito” de este dislate impresentable.

Vox tiene todo el derecho, a la vista está, a montar este tipo de esperpentos. Pero lo que    busca –ya no engaña a nadie salvo a los que aspiran a ser engañados– es el enfrentamiento, echar más leña al fuego de la discordia. Se ha subido al caballo de esta maldita plaga para mostrarnos su verdadero rostro y sus verdaderos objetivos.  El partido de Abascal está echando el resto para ganar terreno gracias a la lógica angustia de una parte de la ciudadanía. Y lo hace, además, arrebatándole la calle a un PP cada vez más melifluo, y con una estrategia de la tensión “espontánea” de catálogo que puede alterar, todavía más si cabe, la convivencia en las calles, que es su objetivo final.

El ascenso de la extrema derecha en el mundo se ha nutrido, fundamentalmente pero no sólo, de las crisis económicas de larga duración como la que se adivina en España a causa de esta pandemia. El ejemplo más cercano lo tenemos en 2008. La recesión global, que fue larga y dura, provocó un incremento de estos partidos en buena parte del mundo, incluida la vieja Europa. Las políticas de austeridad, la posible reducción de algunas prestaciones sociales, la caída de los ingresos cuando no la pérdida de puestos de trabajo, son el caldo de cultivo ideal para formaciones como Vox, que siempre engordan a base de la desesperación ajena.

Y la desesperación está a la vuelta de cualquier esquina. José Luis Martínez Almeida, alcalde de Madrid, decía este martes que el Ayuntamiento reparte diariamente, a través de las colas del hambre, más de 80.000 comidas de forma directa y otras 20.000 más a través de distintas ONG’s, tres veces más de las que se repartían hace un año. “100.000 todos los días y esto va a ir a más, seguro”, declaraba Almeida al programa Espejo Público de Antena3.

Y en esta ecuación del enfrentamiento que se adivina –la radicalización del viejo duelo derecha-izquierda  llegará de la mano de la crisis– también van a participar, como ya se vio la pasada semana en Madrid, elementos de extrema izquierda y antisistema jaleados por sectores de la formación de Pablo Iglesias. Éstos, como aquellos, se encuentran muy cómodos en la confrontación ideológico-callejera y amenazan con convertir las calles de nuestro país en improvisados cuadriláteros. El resultado de este incremento de la temperatura urbana es imprevisible pero no hace presagiar nada bueno y siempre está al albur de un incidente aislado que prenda la mecha. Echar mano del queroseno para aplacar incendios suele tener nefastas consecuencias.

El Partido Popular, que parece no enterarse de que cuantos más apoyos tenga Vox menos tendrá el, no se ha sentido nada incómodo con la exhibición de fuerza del sábado. Vive en un espejismo y quiere creer que el tiempo y las encuestas –todas menos las de Tezanos y el CIS, claro– podrían serle favorables y opta por aquello de que todo el mundo tiene derecho a manifestarse. El siempre confundido Pablo Casado intuye que su futuro, en caso de tenerlo, está unido a Vox y que sólo de su mano podría aspirar a desalojar al inquilino de la Moncloa si hubiera elecciones anticipadas, lo que es prácticamente una quimera. Lo peor de los populares es que no saben cuál es su sitio. Juegan sin parar a la equidistancia y no aciertan a ubicarse con respecto a la formación de Abascal: ni quieren estar lo suficientemente cerca como para contaminarse, ni se quieren alejar tanto como para no poder hacerse una foto en caso de necesidad.

En este escenario, Abascal está contento porque ha encontrado, por fin, la desgracia que estaba buscando desde que nació Vox. El del sábado fue tan solo su primer aquelarre. Ha hecho falta una tragedia de estas dimensiones para que nos diéramos cuenta de que son lo que nos temíamos.