Pablo Iglesias, el nuevo brujo de la Moncloa

Tenemos un Gobierno que parece una compañía de vodevil. Y si no fuera porque estamos en mitad de una pandemia canalla que ya se ha llevado por delante a casi 30.000 personas y bajo el cemento armado añadido de una crisis económica sin precedentes, nos reiríamos a mandíbula batiente por lo grotescas que resultan sus actuaciones. El último esperpento resultaría simplemente tragicómico si no fuera de una gravedad extrema. En el peor escenario de nuestra historia reciente nos encontramos con un Gobierno que nos hace temblar por su debilidad casi enfermiza; una debilidad que lo coloca contra las cuerdas, en paños menores y al albur de aquellos que siempre sacan tajada de su flojera perenne y que han demostrado reiteradamente que España no es su principal prioridad.

Los sortilegios parecen haber convertido la Presidencia del Gobierno en una santería. Sólo desde una perspectiva de trances, pócimas, adivinamientos, maldiciones, conjuros, apariciones y desapariciones se entiende la hecatombe provocada por la derogación-no-derogación-derogación-no derogación de la reforma laboral de la mano de Bildu.

Pablo Iglesias, convertido en el nuevo brujo de la Moncloa –vive fuera pero la visita con frecuencia y come todos los jueves a solas con el presidente–, ha controlado el encantamiento y ha dirigido el sacrificio con destreza: ha conseguido sacar adelante el primer round del despropósito –ignoramos si seguirá el combate, aunque creemos que no– sin contar ni con los ministerios económicos, ni con los sindicatos, ni con la patronal, ni con los principales dirigentes del PSOE, ni con los del Partido Socialista de Euskadi, ni por supuesto con los diputados socialistas del Congreso; todos ellos, todos, se enteraron por los medios de comunicación. Ignoramos si el presidente del Gobierno se ha dejado, si estaba mirando para otro lado, si sólo se ha enterado a medias o si simplemente ha dicho que firmen lo que quieran que luego ya haré yo lo que me dé la gana. Personalmente me inclino por lo último.

La génesis del drama es tan sencilla como sorprendente: en la madrugada del miércoles, el grupo parlamentario socialista, el de Unidas Podemos y los diputados de EH-Bildu acordaron la derogación integra de la reforma laboral vigente, además de otros beneficios únicos y exclusivos para los ayuntamientos de País Vasco y Navarra, lo que no deja de ser otro escándalo mayúsculo. Y todo en el marco de la votación de la quinta prórroga del estado de alarma que se celebraría ese mismo miércoles y en la que al Gobierno le daba absolutamente igual –ya tenía los apoyos necesarios para sacarla adelante– que Bildu se abstuviera o incluso votara en contra.

Rápidamente empezaron los mandos intermedios a tratar de corregir el entuerto, pero el  crimen ya se había cometido, la sangre empezó a llegar al río, la vicepresidenta Calviño dejaba entrever su marcha si esto se confirmaba, e incluso señalaba directamente al vicepresidente Iglesias, y la imagen de pobreza institucional que se desprendía de la operación arruinaba parte del escaso crédito que le pudiera quedar a este Gobierno. Muchos socialistas, menos sorprendidos que avergonzados, se esconden por donde pueden y recuerdan ahora, con cierta sorna, aquellas palabras premonitorias de Pedro Sánchez cuando se negó a pactar con Pablo Iglesias, tras las elecciones del 28 de abril de 2019, porque no se fiaba de él. Y menos de noche.

La jugada es de tal envergadura que querer convertir a Adriana Lastra –como ya empieza a calar entre los medios tradicionalmente cercanos al Gobierno– en el chivo expiatorio de este ‘convoluto’, suena a epilogo chistoso del vodevil. Y culpar al PP, que culpas arrastra pero no esta, es como reprocharle a la víctima de un robo no haberle dado de buena fe al delincuente lo que éste le solicitaba, pistola en mano, para evitar el papeleo, detenerlo y tenerlo que encarcelar. Lamentable palabrería parlamentaria.

De un plumazo, un error que realmente no parece ser un error hace que la legislatura penda de un hilo sin que mediara realmente motivación alguna de peso para ello. De un plumazo, los acuerdos con el PNV le van a salir al Gobierno, y al resto de los ciudadanos, infinitamente más caros que hasta ahora. De un plumazo, pactar nuevamente con Cs vuelve a tornarse complicado. De un plumazo, Pablo Iglesias ha buscado y conseguido convertirse en una especie de contrapoder dentro del Ejecutivo y dejar a Pedro Sánchez, salvo sorpresa final no descartable, en el borde de un precipicio al que ni tan siquiera se había acercado.

Es evidente que el vicepresidente del Gobierno ha querido dar un ‘golpecito’ de Estado. No sabemos si solo o en compañía de otros, pero lo ha querido dar. Iglesias ha provocado el traspiés que no sólo deja en mal lugar al Ejecutivo sino que añade aún más incertidumbre sobre las espaldas de una ciudadanía que ya tiene que soportar una amenaza sanitaria todavía no resuelta y un caos económico de impredecibles consecuencias, que incluso pueden agravarse todavía más de confirmarse la derogación. Intentar romper la baraja apoyándose nada menos que en Arnaldo Otegi no es gratuito y marca el inicio de un camino que todavía no sabemos hacia dónde nos conduce.

Que Iglesias está más cómodo con Bildu que con el PNV y que prefiere los acuerdos con ERC antes que con Ciudadanos no es un secreto; y que le gustaría “cargarse totalmente” la reforma laboral del PP, tampoco. Y quizá en todo ello esté la clave de esta partida de Cluedo que ha derivado en sainete. El vicepresidente quiere que vuelvan los 15 diputados ERC al redil del Gobierno y ha utilizado a los cuatro de Bildu para conseguirlo con un acuerdo que no se va a llevar a cabo, al menos en la parte de la reforma laboral. Iglesias sabe, porque lo firmó, que en su acuerdo de ‘coalición progresista’ con el PSOE no se habla de derogarla íntegramente sino que sólo habla de eliminar tres puntos concretos.

El caso es que este nuevo brujo que pasea por la Moncloa, con ínfulas de Maquiavelo, ha dejado ver su alargada sombra. Acaba de ser reelegido secretario general de Podemos con el 92 por ciento de los votos del apenas 10 por ciento del censo de inscritos que ha participado. Sería injusto decir que ha ganado “a la búlgara” porque no ha llegado al 99 por ciento preceptivo, como hacía Todor Zhikov, secretario general del Partido Comunista de Bulgaria (PCB) desde 1954 hasta 1989. No sabemos si su próximo conjuro consistirá en estirar aún más la cuerda y amenazar con abandonar el Gobierno y dejar colgado al presidente, con la posibilidad de unas nuevas elecciones, o si se limitará a seguir malmetiendo para acercar a Sánchez, todavía un poco más, al borde del barranco. Ya lo hacía habitualmente cuando ambos estaban en la oposición y el líder de Podemos ninguneaba y humillaba siempre que podía al del PSOE.

Pero entre brujos y supervivientes anda el juego y no es fácil dejar a Pedro Sánchez en el camino. Ni subestimarle. Ha demostrado tener una capacidad de recursos infinita y ser un experto en el billar a tres bandas. Su deambular por el cortoplacismo es ejemplar y estoy más que convencido de que el papelito de marras irá al desagüe, que volverá el buen entendimiento, previo pago de su importe, con el PNV y que Ciudadanos está ahí, por si acaso. Sin olvidarse de Bildu, del partido de Torra y de todo aquél que le pueda echar una mano en tiempos de penuria parlamentaria como los actuales.

Y no descarto, ni descarten ustedes, que en unas semanas veamos al presidente Sánchez en TVE o La Sexta diciéndonos, con ese desparpajo de tahúr simpático que le caracteriza, que una vez más él tenía razón; que si los votantes le hubieran dado bastantes más escaños no nos veríamos en estas, que ya nos advirtió muy claramente a todos los españoles que ni él ni el resto de los ciudadanos dormiríamos tranquilos con Pablo Iglesias en el Gobierno.