Miedo a la libertad

En su obra El otoño del Renacimiento (Crítica, 2001), William J. Bouwsma habla de forma sucesiva de la liberación del yo, del saber, del tiempo, del espacio, de la política, de la religión, y de las consecuencias que se derivan de la ausencia de límites. 

La Reforma de Lutero, la teoría heliocéntrica de Copérnico (en 1543 publica De las revoluciones de los cuerpos celestes), la nueva dimensión del tiempo y del espacio que conlleva la incorporación de América al mundo conocido son hechos que alteran los esquemas conocidos. El cosmos -antónimo de caos- era el orden per sé. Un orden, dice Bouwsma, que se simplificaba en dos conceptos sencillos de entender: arriba y abajo. Y ese arriba y abajo era “tanto físico como espiritual”. El Renacimiento rompe con ese determinismo, y, al final, ese sobrepasar los límites desemboca en una crisis de angustia por falta de referencias. 

Elegir el periodo más trascendente de la Historia sólo puede ser un juego. Un juego interesante de argumentos y contraargumentos. No hay uno, sin duda. Y ahí está la gracia. El periodo que va del siglo XIV al XVI, donde el final de la Edad Media va dando entrada a la Edad Moderna (sería interesante analizar qué papel jugó la peste de 1346 en esa evolución) es clave, creo, en la configuración de Europa y la cultura Occidental. El proceso de transformación que se produjo truncó las certezas sobrevenidas y otorgó, como explica Bouwsma y siempre hablando en términos generales, libertad a los Hombres.

Lo sustancial es que esa cadena de liberaciones saca al individuo de su zona de confort. Los cimientos básicos sobre los que se ha sostenido la vida durante siglos se ponen en cuestión y emergen otras formas de pensar, de ver el mundo y de entenderlo; de dirigirlo y, finalmente, de vivirlo. Sin cimientos, sin límites, el individuo se siente perdido.

El Renacimiento (léase, entre otros, a Burke, a Meinecke, a Viroli, al propio Bouwsma) pone a prueba la capacidad del Hombre para organizarse en un mundo nuevo. Y el resultado, para los pensadores de la época, no debió de ser pertinente. “Donde no hay orden, todas las cosas son odiosas” (Sir Thomas Elyot, Libro llamado el Gobernador); Pascal hablaba del “silencio eterno” de “los espacios infinitos”. Bodin preconizaba la búsqueda de “un orden decente y práctico en todas las cosas”.

La crisis provocada por esa cadena de liberaciones se sustancia en movimientos para restaurar los límites, y la política es el escenario óptimo para ello. Definido desde diversos punto de vista lo que debe ser un príncipe – Maquiavelo, Bodin, Botero…-, se ha de definir, también, lo que ha de ser un Estado y la forma que ha de tener. 

Así, a lo largo de los años, que se transforman en siglos, surgen diversas teorías sobre el Estado, su gobernanza y el papel del individuo en él. Vamos desde los orígenes del absolutismo hasta, ya a finales del XVII y el XVIII, propuestas sobre un contrato social que organice las relaciones Estado-Hombre.

En definitiva, las liberaciones del XVI son embridadas por lo que el autor de El otoño del Renacimiento llama “cultura de orden”. Orden en todos los ámbitos: político, artístico, religioso, científico.

¿Cuál es el equilibrio entre libertad y orden? Eso nos interesa en este momento. Eso y el miedo -acaso inconsciente- que provoca la supresión de límites. La libertad implica responsabilidad -toma de decisiones-, soledad -las decisiones son en su mayoría individuales- y riesgo -las decisiones retratan a quien las toma-. 

Cuando tras más de dos meses de confinamiento -un confinamiento pensado en origen para proteger, no para castigar- se abrió un resquicio de libertad, se puso de manifiesto la incapacidad de gestión que muchos individuos tienen sobre ella. Las normas eran claras. Y se violaron. Ni distancia de seguridad, ni mascarillas, ni horarios. Esto generó angustia en no pocas personas -mayores, sobre todo- que han decidido confinarse voluntariamente incluso en los periodos de libertad otorgados.

No es esta una defensa del confinamiento, sino un mínimo -y también atrevido y apresurado - análisis sobre la condición humana. Ante un (pequeño) mensaje de confianza, algo así como salgan y compórtense, el resultado fue malo. Peor aún: fue triste. ¿No sabemos? ¿No queremos?

Es dramático pensar que el individuo no tiene capacidad para gestionar la libertad, que le da miedo pensar, decidir, y que prefiere que le den órdenes, le marquen las normas a fuego para que no se pueda salir de ellas porque si lo hace sufrirá el duro peso de la ley; que sólo sepa desenvolverse entre límites impuestos. Es peligro y preocupante.

Si son dos metros, son dos metros. Si es a una hora, es a una hora. Si es con mascarilla, es con mascarilla. Se puede estar de acuerdo o no con el Gobierno, que ha dado claras muestras de incapacidad. Se puede estar de acuerdo o no con las normas, muchas de ellas confusas. Se puede pretender que la economía, ya, debe primar sobre la enfermedad. O, para evitar balanceos ideológicos, que hay que buscar soluciones capaces de conjugar la seguridad con la reactivación del país. El papel lo aguanta todo.

Lo que no se puede, creo, es no aprender a gestionar la libertad. Enviar un día tras otro señales de que sólo la autoridad y el autoritarismo son el camino para vivir alimenta a todos los que tienen dejes autoritarios, a quienes viven en ciertas nostalgias totalitarias y a quienes sólo entienden de órdenes y no de libertades. Es un mensaje muy peligroso, pero está en el ambiente.

Al final, ser libre es ser responsable. Ser libre es asumir un compromiso con uno y con el entorno. Para eso existen los contratos sociales que regulan la sociedad, los Estados. La vida. Para eso, las leyes. No se trata de obedecer y callar. Nada más sano, nada más liberador, que la protesta y la oposición al poder. Siempre.

Desobedecer normas de sentido común cuando vivimos amenazados por un virus invisible y sin control no es retar al Gobierno, es, sencillamente, demostrar que somos incapaces de entender lo que pasa. O peor aún, que nos da igual. O, qué delirio, que en realidad el que nos da igual es el al lado. Hasta que el de al lado sea uno de los nuestros y se ahogue. Se muera. Saber gestionar la libertad es fundamental para ser profundamente libre. Demostrar a diario que no hay más remedio que el ordeno y mando, se llama miedo. Y no hay nada más cómodo para el poder que una ciudadanía con miedo. Y no descarto que desde el poder se alimente ese miedo con el propósito de controlar. 

Ser libre, tener libertad, es ser maduro, es asumir responsabilidades. Y algunos prefieren que les digan cómo deben vivir, qué deben hacer y cuál es la línea de la que no se puede salir. Usted camine, que ya pensamos nosotros por usted. Eso es, al fin, renunciar a uno mismo, a la vida.