Los que nos van a salvar

Debe ser la nostalgia de ser. De ir y venir. De estar. De decidir. La vida reducida se convierte en vida esencial, y en lo esencial lo accesorio es cada vez más molesto. Ahí se destila el jugo de los sentimientos y las reflexiones. Lo que sale, ya no lo sabemos.

El ruido, la rabia, el asco. ¡Cuánto asco! El móvil lleno de basura que llega de cualquier lado. Una semana después de la alarma: Corea tiene la vacuna. O era China. Y no era nadie. Porque no hay que tener muchos libros en la cabeza para saber que una vacuna no se construye en dos días. Ni en dos meses. Ni acaso en dos años. Pero cualquiera se cree cualquier cosa. Y por eso es cualquiera, un cualquiera, porque vive sin el criterio siquiera de ser alguien y dudar. Eso lleva trabajo. Es cansado. Pensar -de forma acertada o no, pero pensar- es un esfuerzo ímprobo. Ahí están, me disculpan, las fuentes primarias de cualquier historia. Los intermediarios se han convertido en militantes. Los míos y los suyos. Los suyos y los de aquél. La mierda concentrada. Pocas esperanzas en el ser humano. En uno mismo.

Qué fácil es escupir al suelo y poner cara de macarra, sacar un titular y una foto de lágrima viva. Una mierda, sí. Qué fácil es poner cara gélida, salir desgastado en la televisión y echar la culpa a los que dijeron, a los que asesoraron… A los otros. ¿Perdón? Pensé que era usted quien decidía. Usted también, no se crea.

Al comienzo de este fin en el que estamos metidos un amigo ironizaba: qué mal gestiona el Gobierno una pandemia que nunca antes habíamos sufrido y para la que nadie estaba preparado. Esa ironía es lo más serio que he escuchado estas semanas, porque contiene la esencia de la verdad: nadie sabía nada ni estaba preparado. Pero… la culpa es suya. Nunca mía.

Seguimos. Es fantástico observar lo mucho que sabe la gente de todo cuando todo ha ocurrido ya y lo poco que sabe antes de que ocurra. Tantos críticos que veían venir lo que ha venido y no tenían ni medio plan para salvarse ellos. Así es la cosa.

Nos quedan los libros, la música y los amigos y los amores. El orden lo eligen ustedes. La vida, estropeada, sigue. A algunos, los viejos que tanto nos han dado. A otros, los hijos con un futuro incierto. Y a miles, la nada. Y a todos nos quedan esos seres prescindibles que debían estar para salvarnos y que están para salvarse. Ya lo sabemos. Ni siquiera decepcionan. Sólo tienen esa capacidad quienes nos importan o de quienes esperamos algo. De estos, nada.

Cuando dejen de lanzarme cadáveres, cuando dejen de mirar números -a partir de uno, todo es un drama-, cuando dejen de buscar la foto, el titular y unas décimas en las encuestas, recuerden que fuera hay gente.

Mientras, los muertos.