De diez cabezas, nueve embisten y una piensa

Somos un país de calles, plazas y bares ha dicho Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura. Pero no solo, somos también un país de héroes invisibles, de mezquinos escondidos, de bobos camuflados y de odiadores encendidos, principalmente de odiadores, palabra que no utilizamos mucho pero que entendemos sin necesidad de ir al diccionario y cuyo verbo conjugamos con cierta solvencia, especialmente el presente indicativo.... Yo odio, tú odias, él odia, nosotros odiamos, vosotros odiáis, ellos odian.

Es verdad que algunos lo hacen más que otros pero también lo es que, desafortunadamente, son precisamente los que más veneno destilan quienes deberían poner sensatez y mesura y velar por el resto. Pero no es así, y además parece no importarles ser el espejo en el que la sociedad se mira para morderse más y mejor. Esta crisis, advierte Fernández Vara en una  entrevista en El Mundo, se llevará por delante a la clase política al completo, “salvo que algunos se escondan debajo de la cama y nadie se entere de que existen”. Y no es tiempo ni de jugar al escondite ni de preocuparse por el chiringuito: en épocas como la actual, el derecho a disentir de las fuerzas políticas tiene que dejar paso a la obligación inexcusable de ponerse de acuerdo.

Podríamos decir sin temor a pecar de melifluos que somos un país de más o menos buena gente, pero ni en la salud ni ahora en la enfermedad somos capaces de apartarnos del lado  oscuro, ese perfil turbio que extrae lo peor de nosotros cuando se trata de dar estacazos a quien se ponga por delante. Y nuestra clase política es, no nos engañemos, el reflejó de lo que somos. Un país que, como ya dijo Antonio Machado en sus Proverbios y Cantares, ‘de diez cabezas, nueve embisten y una piensa’.

No tenemos más remedio que echarnos a temblar cuando vemos un debate parlamentario sin parlamentarios provocado por un Estado de Alarma que tiene realmente alarmada y asustada a la población y comprobamos el odio que recorre los escaños aunque estén vacíos. Y tenemos que asumir que lo nuestro va mucho más allá de las ideologías, que a lo mejor se escapa del concepto derecha e izquierda; que somos biológicamente canallas, que nos va el navajeo por el navajeo; que nos gusta chapotear en las cloacas, que no tenemos solución.

Cuando nos ponemos el traje de fusileros y empezamos a disparar lo hacemos sin saber cómo acabará la refriega. Y esto también es una tragedia añadida que unir a los casi 25.000 muertos, por ahora, de esta maldita pandemia 3.0, porque cuando dentro de muy poco empecemos a ser conscientes de lo que se nos viene encima, no será con nuestro ancestral rencor con lo que podremos salir del profundo hoyo al que sin duda nos abocamos.

Porque la segunda parte de esta tragedia, aquí en España, se intuye también terrible. Todos los expertos nos avisan de una crisis sin precedentes con una tasa de paro de escalofrío; familias completas lanzadas al vacío, empresas con un futuro incierto o sin futuro, el mañana tambaleándose en el alambre, el presidente del Parlamento Europeo alertando de una “espiral catastrófica” que nos está devorando… y nosotros a lo nuestro, a arremeter, al politiqueo barato y cerril, a la inquina, a la rabia, a embestir en lugar de pensar.

Y tanto odio nos impide a veces ver el resto de la vida. Y no es justo que se pierdan en el olvido los héroes que dignifican al ser humano, los mezquinos que lo degradan y los bobos ilustres que demuestran que la estupidez no sabe de plagas ni de muertos.

Pero cuando hablamos de héroes también deberíamos hacer autocrítica: un vídeo que navega por redes sociales nos recuerda que aplaudir todas las tardes está muy bien pero que hasta hace no mucho nos molestaba ver a los trabajadores sanitarios protestando con su batas blancas, dando la murga un día si y otro también; que a las cajeras del ‘super’ ni las mirábamos y qué decir de los transportistas que llenan estos ‘super’, de los trabajadores de la limpieza o de quienes se llevan nuestra basura, sencillamente no existían. Nuestro egoísmo nos traiciona y además de aplaudir, dice el vídeo, a lo mejor deberíamos pedirles perdón.

Un perdón y de los grandes se merece Rodrigo, el del 7ºB. Rodrigo, que es médico y vive en Alcázar de San Juan, se encontró la siguiente nota cuando volvía a casa después de trabajar: “ESTIMADO VECINO RODRIGO DEL 7ºB,  ES HORA DE QUE EMPIECES A CUIDAR A TUS VECINOS. SABEMOS DE TU TRABAJO EN CRUZ ROJA, PERO HOY NOS TOCA CUIDARNOS! POR FAVOR, NO VUELVAS A CASA, EL ESTADO TIENE REFUGIOS PARA EL PERSONAL DE LA SALUD, NO VUELVAS MÁS!!!!!!!! Todo con mayúsculas y sin firmar, claro, como si fuera la nota de unos delincuentes pidiendo rescate.

Y también merece ese perdón María, auxiliar de enfermería, que se vio repudiada por sus vecinos cuando se enteraron que trabajaba en un hospital de Sanlúcar de Barrameda. Y la ginecóloga de Barcelona que se encontró con un gigantesco “rata contagiosa” pintado en su coche, que estaba en el garaje de su urbanización. Y aquellos profesionales de la salud a los que han rociado la puerta de su vivienda con lejía o aquellos otros a los que sus caseros han intentado desahuciar.

Claro que no todos los vecinos son tan insolidarios, miserables, mezquinos y carroñeros como los de Rodrigo o María o esa ginecóloga de la Ciudad Condal o aquellos a los que su casa huele a desinfectante o los quieren echar. Los de Marina son otra cosa. A esta enfermera le tenían guardada una sorpresa al volver a casa después de una jornada interminable: cuando subía por las escaleras hasta la cuarta planta –no utiliza el ascensor para llegar a su vivienda por aquello del contagio– se encontró en todos los rellanos a sus vecinos aplaudiendo, llorando, vitoreándola, ofreciéndole abrazos imaginarios, besos virtuales y unos carteles repletos de corazones en los que le decían que la querían mucho, que muchas gracias y que todo acabaría bien; que era una valiente y una luchadora.

De bobos ilustrados tampoco andamos mal estos días. Ahí está la portavoz de la Generalitat que dice que si fueran independientes habría “muchos menos” muertos en Cataluña; o la televisión pública vasca mofándose del homenaje a los muertos en el Palacio de Hielo de Madrid: “Podrían haber hecho una selección de hockey”, dijeron. Y al ínclito ya ex alcalde de Badalona que después de saltarse la cuarentena, llenarse de grados, hacer eslalon con su coche, negarse a pasar el control de alcoholemia y morder a un mosso d’esquadra farfulló aquello tan socorrido de ‘usted no sabe con quien está hablando’.

Es lo que hay. Hay que volver a don Antonio y preguntarnos con una cierta tristeza dónde están esas cabezas que piensan porque a las que embisten ya las tenemos controladas.