La ofensiva de Haftar contra Trípoli cumple un año con un aumento de los combates y la injerencia internacional

La población civil ha quedado atrapada entre el frente bélico y las restricciones para evitar que se propague el coronavirus

La ofensiva iniciada el 4 de abril de 2019 contra la capital de Libia, Trípoli, por Jalifa Haftar, leal a las autoridades en el este del país, cumple este sábado un año sin que parezca cercana una solución al conflicto, que ha dejado cientos de muertos y que podría agravar la situación humanitaria ante la amenaza que supone la pandemia de coronavirus.

El inicio de las operaciones militares encabezadas por Haftar -en el pasado subordinado del fallecido líder libio Muamar Gadafi- llegó tras varios años de intentos infructuosos de lograr una solución política a la fragmentación en diversas administraciones tras la caída del 'rais'.

La duplicidad institucional se retrotrae a las elecciones parlamentarias de 2014, de las que surgió la Cámara de Representantes, un organismo unicameral que trasladó su sede a Tobruk ese mismo año tras la toma de la capital por parte de milicias islamistas, principalmente de la ciudad de Misrata, que rechazaron los resultados.

La comunidad internacional dio su apoyo a este organismo -pese a una participación menor del 20 por ciento y un controvertido fallo del Tribunal Supremo anulando los comicios-, mientras que en Trípoli se estableció el autoproclamado Congreso General Nacional (CGN).

Naciones Unidas inició a posteriori una serie de contactos que derivaron en diciembre de 2015 en el acuerdo político que contemplaba la creación de un gobierno de unidad con sede en Trípoli, de donde fue expulsado el CGN, y al frente del cual se situó en marzo de 2016 Fayez Serraj.

Sin embargo, las diferencias entre el gobierno de unidad y la Cámara de Representantes en torno a varios puntos de la aplicación de la unificación administrativa derivaron en que las autoridades de Tobruk, con Haftar como jefe de las fuerzas militares, mantuvieran su rechazo al mismo y no lo reconocieran como un organismo legítimo.

Las disputas políticas se mantuvieron desde entonces y los distintos esfuerzos por acercar posturas no fructificaron, a pesar de que Serraj y Haftar llegaron a pactar incluso la celebración de parlamentarias y presidenciales en 2018, y finalmente el mariscal de campo anunció una ofensiva contra Trípoli.

El anunció pilló a contrapié a la comunidad internacional, con el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, sobre el terreno y a menos de dos semanas de que arrancara una conferencia nacional para la que había estado trabajando durante meses el enviado especial de la ONU para el país, Ghasán Salamé.

El inicio de las operaciones militares

Haftar aseguró durante el anuncio de la 'Operación Inundación de Dignidad' que el objetivo de la misma era "limpiar la zona occidental (del país) de grupos terroristas", en referencia a las milicias que apoyan y sustentan al gobierno de unidad, que es el que ahora cuenta con el reconocimiento de la ONU.

Las fuerzas de Tobruk, que controlaban ya la mayoría del país -con sus bastiones en las zonas oriental y meridional-, iniciaron un rápido avance hacia Trípoli, si bien la contraofensiva de las tropas de Serraj ha conseguido contener los embates en unas líneas de frente que llevan meses estabilizadas.

La situación llevó en mayo de 2019 a Salamé a afirmar que el país "se está suicidando con su propio dinero", en referencia a los ingresos por el petróleo, y a agregar que el conflicto es "un manual de la injerencia extranjera en los conflictos locales en la actualidad".

El entonces enviado de la ONU hizo hincapié en cómo el país se había convertido en otro tablero en el que distintas potencias estaban respaldando a partes en conflicto para hacer avanzar su agenda, en medio de los cada vez menos disimulados apoyos de Egipto, Emiratos Árabes Unidos (EAU) o Rusia a Haftar y de Turquía y Qatar a Serraj.

"La gente ve Libia como un premio para el más astuto, el más fuerte, el más paciente, y no como un país con seis millones de personas que merece una vida decente tras cuatro décadas de dictadura y una década de caos", lamentó.

Uno de los ejemplos más sangrientos de esta situación fue la muerte de más de 50 personas en un ataque contra el centro de migrantes detenidos de Tajura, que el gobierno de unidad achacó a las tropas de Haftar, que por contra rechazaron cualquier responsabilidad en lo sucedido.

En las instalaciones, que quedaron parcialmente destruidas y a las que, pese a ello, volvieron a ser trasladados cientos de migrantes una semana después, se encontraban cerca de 600 migrantes y refugiados, un tercio de ellos a la espera de salir del país con el programa de retornos voluntarios de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Frágil alto el fuego

El conflicto pareció acercarse a una solución, al menos temporalmente, a raíz de un alto el fuego con motivo de la festividad musulmana de Eid al Adha en agosto, si bien fue un acuerdo muy frágil marcado por los combates esporádicos y el incremento del apoyo internacional a las partes en conflicto.

De hecho, Turquía y las autoridades de Trípoli alcanzaron un acuerdo de seguridad y cooperación militar en noviembre que fue duramente criticado desde Tobruk y que llevó a Haftar a anunciar en diciembre el inicio de una renovada ofensiva contra la capital que continúa hasta día de hoy.

Así, el mariscal de campo declaró que se trataba de la "batalla final" y la "hora cero" por Trípoli, dando posteriormente 72 horas a las fuerzas del gobierno de unidad para retirarse y evitar un recrudecimiento de la guerra por la capital del país africano.

Serraj rechazó las advertencias y arguyó que "el único cero que hay es el de sus delirios", en referencia a Haftar. "Cero control, cero asaltos ni a Trípoli ni a sus inmediaciones", dijo, poco antes de que Turquía iniciara un despliegue de militares y rebeldes sirios en apoyo a su administración.

Sin embargo, las fuerzas orientales tomaron en enero por sorpresa Sirte, forzando a las tropas de Trípoli a replegarse aún más hacia la capital y cortando aún más la franja costera del noroeste del país que aún controla.

La Conferencia de Berlín

El recrudecimiento de los combates provocó un incremento de la inquietud entre la comunidad internacional, que impulsó varias iniciativas para intentar lograr un alto el fuego que allanara el camino a un proceso de conversaciones directas, algo que hasta la fecha ha rechazado Haftar.

La materialización de este rechazo fue su retirada el 13 de enero de las conversaciones en Moscú después de que se hubiera negociado un alto el fuego -que fue firmado por Serraj-, a apenas unos días de la celebración de una conferencia en Berlín destinada a dar el impulso final al proceso.

El acuerdo logrado en la capital alemana, posteriormente ratificado por el Consejo de Seguridad de la ONU, incluía una apertura de tres vías -militar, económica y política- que llegaron nuevamente a punto muerto tras un ataque de Haftar contra el puerto de Trípoli, que llevó a Serraj a salirse del acuerdo de cese de hostilidades.

Salamé, en una imagen de la situación que atravesaba el conflicto, anunció el 2 de marzo que tiraba la toalla y dimitía argumentando que su salud "no permite ya soportar tanto estrés".

El ciclo de violencia se ha mantenido, incluso después de que las partes se mostraran a favor de una pausa humanitaria ante el coronavirus, que amenaza con causar un desastre humanitario debido al colapso del sistema sanitario del país debido al conflicto.

La población tripolitana ha quedado así atrapada entre varios frentes un año después del inicio de la ofensiva, con una orden de permanecer en sus viviendas para evitar la propagación del virus y en medio de un aumento de los ataques con artillería por parte de Haftar, que han dejado más de una decena de víctimas civiles durante la última semana.