¡Que vienen los rusos!

El Centro Nacional de Difusión Musical ha montado uno de los espectáculos más importantes de la temporada dedicado a la música rusa de ballet

Con este sugestivo y llamativo título (¡Que vienen los rusos!) el Centro Nacional de Difusión Musical, la Institución que más hace para la difusión de la Música, en todos sus géneros en nuestro país, especialmente, la Clásica, y que, hasta el año pasado ha estado dirigido por Antonio Moral, uno de nuestros mayores expertos musicales del país, y que ahora dirige un combativo e imaginativo Francisco Lorenzo, exsecretario técnico de dirección en el Palau de la Música, ha montado, con motivo del Día Internacional de la Música, uno de los espectáculos más importantes de la temporada.

Un espectáculo dedicado a la música rusa, a la música rusa de ballet, un género que, a veces, ha sido  considerado de segundo nivel, pero que engloba a verdaderas obras sinfónicas imperecederas que han marcado el sinfonismo, como la ‘Consagración de la Primavera’ o ‘Petrushka’ de Stravinski o ‘El lago de los Cisnes’ o ‘Cascanueces’ de Tchaikovsky. A pesar del título, hay que aclarar que los rusos no llegaron a Madrid, y que, quien realmente llegó, fue el director de la Orquesta Sinfónica del Teatro del Liceo de Barcelona y principal director invitado de la Orquesta Nacional de España, José Pons (Puigreig, Barcelona, 1957) que, este sábado se encerró con los rusos, con la música de los ballets rusos, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, durante trece horas.

Una auténtica hazaña de resistencia y un gran reto musical, dirigiendo a quinientos músicos de cinco orquestas (Orquesta Nacional de España, Orquesta Sinfónica de Madrid, Orquesta de Radiotelevision Española, Joven Orquesta Nacional de España y, Orquesta de la Comunidad de Madrid), desde las once de la mañana hasta las doce de la noche, ante un público con numerosos jóvenes, entusiasmados, y parte de los cuales, siguieron los conciertos, desde el exterior, a través de grandes pantallas instaladas en la plaza Ernesto Halfter, donde se encuentra el Auditorio Nacional de Música madrileño.

Para contextualizar el gran acontecimiento musical hay que aclarar que “los ballets rusos”, fue una célebre compañía de ballet, creada en 1909 por el empresario ruso Serguéi Diáguilev, con los mejores integrantes del Ballet Imperial del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Durante veinte años exploraron diferentes corrientes y géneros artísticos en pos de la innovación y la vanguardia, siempre bajo el concepto wagneriano del arte. Tuvo diferentes residencias, primero en el Théâtre Mogador de París, luego en Montecarlo, París y Londres. Se deshizo en 1929 tras la muerte de su creador Diaguilev, pero ha permanecido en la memoria de quienes defienden un género que forma parte no sólo de la escena, sino de la música sinfónica. Por eso, ha sido un acierto el proyecto del CNDM, de dedicar todo un día a rendir homenaje a este género y a compositores rusos como Tchaikovsky, Stravinski, Borodin, Rimski-Korsakov, Shostakóvich, y, Serguei Prokofiev.

Dice Josep Pons, que ha dado una muestra de buena dirección, sacando a las cinco orquestas el mejor sonido (especialmente a la Joven Orquesta Nacional de España, Jonde, formada exclusivamente por jóvenes), que la danza queda “ridícula” sin música pero no al contrario, y que, precisamente por eso,  estaba seguro de que los cinco conciertos que ha dirigido, en el Día de la Música, dedicados a los ballet rusos, iban a ser un éxito: “Más allá de una experiencia acústica será estética”, aseguraba. Y, en efecto, ha sido un auténtico éxito. Un éxito que hay que agradecer al CNDM por la idea y la materialización de la misma.

En esta quinta edición de la maratón bienal se ha recorrido, casi un siglo de historia musical rusa, con los tres grandes ballets de Tchaikovsky: ‘El lago de los cisnes’, ‘La Bella Durmiente’ y ‘El Cascanueces’, de Tchaikovsky y los tres ballets más populares de Stravinski: ‘El pájaro de fuego’, ‘Petrushka’ y ‘La consagración de la primavera’. A ellos, se añaden el ballet ‘Romeo y Julieta’, de Prokófiev; la ‘Suite de Jazz’, de Shostakóvich; ‘Scheherezade’, de Rimski-Kórsakov, y las ‘Danzas Polovtsianas’, de la ópera ‘El Príncipe Ígor’, de Borodin.

“Lo de este sábado, más allá de una experiencia acústica, es una experiencia estética. Es un retrato de la Rusia a lo largo de 40 años y de la Europa que conoce Dhiagilev, el creador de los ballet rusos”, según el director de orquesta Pons, que ha realizado un trabajo realmente meritorio. Es verdad que es toda música de ballet y que ha faltado “lo visual”, pero si bien “el ballet queda ridículo sin música no sucede eso al revés”, defiende el director, que está persuadido de que las orquestas han contribuido a olvidar la falta de movimiento ya que el público ha sido capaz de captar en las obras “otra belleza”. Y lleva toda la razón.