Inesperada superficie del asteroride Bennu: es un pedregal

Los asteroides son los 'ladrillos' con los que se formaron los planetas y aquellos que no lograron unirse a uno de los ocho cuerpos de nuestro sistema solar viajan por el espacio, como es el caso de Bennu, del que ahora los investigadores han descrito características inesperadas: su superficie es un pedregal.

Esta es una de las conclusiones de la misión OSIRIS-REX de la NASA, con participación española, que el 3 de diciembre de 2018 llegó a Bennu con el objetivo de caracterizarlo y, en un futuro, traer muestras de su superficie (está previsto que lleguen a la Tierra en 2023).

La descripción de este asteroide próximo, en términos astronómicos, a nuestro planeta se publican en siete artículos en diversas revistas del grupo Nature.

Se trata de datos recogidos en las primeras observaciones de la sonda de la NASA, cuando esta estaba a unos siete kilómetros de Bennu; ahora se encuentra a menos de un kilómetro de su superficie y próximamente el equipo de OSIRIS-REX dará a conocer más detalles.

No obstante, ya estas primeras imágenes revelan características desconocidas, relata a Efe Javier Licandro, del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y firmante de uno de los trabajos.

Las observaciones sugieren que Bennu es más antiguo de lo esperado -tiene una edad estimada de entre cien millones y mil millones de años- y probablemente se originó en el Cinturón de Asteroides principal -región del sistema solar que está entre las órbitas de Marte y Júpiter-, según el resumen de la revista Nature.

Para Licandro, lo más sorprendente ha sido el constatar que su superficie es un pedregal: esperábamos encontrar un cuerpo cubierto de polvo o de partículas de centímetros pero hemos visto que está cubierto de piedras de tamaños mayores que un metro y al menos una de hasta 30 metros.

“Creemos que estas deben ser muy porosas”, describe Licandro, quien apunta que las piedras están sometidas a un estrés térmico importante por las diferencias de temperatura entre el día y la noche, lo que provoca su ruptura con mayor facilidad.

El descubrir que es un pedregal da pistas de cómo se formó Bennu y confirma -esta idea ya se había expuesto- que este es resultado de la ruptura de un objeto mayor y de la posterior reagrupación de trozos.

Además, también se ha visto que Bennu a penas refleja el 4% de la luz que recibe, pero en determinadas rocas este porcentaje aumenta hasta el 15%, lo que podría indicar una composición distinta, no homogénea, de sus rocas.

Bennu y otros asteroides, que no han sufrido modificaciones grandes en su estructura desde su formación, suponen los restos de la formación del Sistema Solar, por lo que la información de su superficie, forma y de otras propiedades son esenciales para conocer las distintas etapas de la evolución de nuestro sistema planetario.

Pero no solo. También son importantes desde el punto de vista astrobiológico para comprender el origen y evolución de la vida en la Tierra: estos cuerpos, que han chocado a lo largo de su historia contra nuestro planeta, contienen agua y orgánicos complejos que permitieron en el pasado la formación de océanos y el desarrollo de la vida en la Tierra, apunta Licandro.

Además, está la seguridad. Bennu pertenece a los asteroides potencialmente peligrosos y si bien se encuentra a algo más de media unidad astronómica de la Tierra -unos 75 millones de kilómetros- podría impactar.

Por eso es importante su estudio y vigilarlo, porque, aunque las probabilidades son bajas, existen y un impacto podría causar catástrofes de distinta magnitud dependiendo de dónde choque.

Por parte del IAC también participan Juan Luis Rizos, Marcel Popescu y Julia de León.

En otro estudio publicado en Science, científicos de la Universidad de Tokio y de la misión Hayabusa 2 publican datos del asteroide Ryugu, que, aunque parece “hermano” de Bennu, muestra algunas características distintas, entre ellas que contiene mucha menos agua y es mucho más seco de lo que esperaban los expertos.

La presencia de asteroides secos en el cinturón de asteroides podría cambiar los modelos usados para describir la composición química del sistema solar temprano, según sus autores.