No nos entienden

Innumerables veces recuerdo haber escuchado a catalanes serios e informados la misma cantilena: “Madrid no nos entiende”. Sin duda la incomprensión es un grave déficit y cuando afecta a todo un pueblo se convierte en un problema que debe ser tomado muy en serio. Lo único que cabe matizar es que a los santanderinos o a los andaluces tampoco se les ha comprendido mejor que a ellos, lo que sin embargo no ha generado el mismo grado de insatisfacción.

Con anterioridad a 1975 había de por medio agravios pendientes que le permitían a uno hacerse una idea de por qué se sentían tan preteridos los compatriotas de la esquina noreste de la península. En nuestra ingenuidad, algunos pensamos que el estado de las autonomías, al fin y al cabo confeccionado a la medida de vascos y catalanes, saldaría aquellas cuentas pendientes. Pero, ¡qué va!: realmente éramos inocentes y es posible que sigamos siéndolo. Lejos de haber encontrado el sosiego de sentirse entendidos, muchos catalanes seguían mortificados por la incomprensión madrileña.

Yo que soy del norte de España, cuando llegué a estudiar a Madrid por aquellos años trataba inútilmente de averiguar las claves de la presunta cerrazón. La capital me pareció una ciudad acogedora, que blasonaba de su apertura, donde los serenos eran asturianos, los funcionarios andaluces y los comerciantes gallegos o catalanes. Colegí, sin embargo, que el problema no era tanto el simpático melting pot de la Villa y Corte, sino algo mucho más abstracto y metafísico, al que llamaban “poder centralista” y que por lo visto mortificaba a los sufridos catalanes con la complicidad descarada o encubierta de los celtíberos en general.

Leyendo a Machado encontré aquello de “Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”. ¿Tales harapos no serían acaso paños de Tarrasa, hechos girones por haber sido arrebatados con violencia a sus fabricantes y legítimos propietarios? Tal vez. Lo cierto es que viajando entre los secarrales mesetarios y los descarnados cerros aragoneses, te venía a la mente la sospecha de que, si por allí se guardaba el producto de las supuestas rapiñas, debía estar muy bien escondido. Mientras tanto seguía el regateo por la financiación y las competencias.

Ya sin tanto optimismo, seguíamos pensando que al final todo quedaría bien repartido y la calma renacería. Pues tampoco. Del mismo modo que el Barcelona F.C. es más que un club, la incomprensión hacia los catalanes resultó ser más que un tema de autonomía estatutaria. Tenía que ver con lo que sus valedores llamaban el “hecho diferencial catalán”. Un compañero gerundense de estudios me dio una primicia de la idea, al describirme embelesado la belleza y armonía de las cuatro provincias catalanas, en comparación con la árida desnudez de los Monegros.

¿Tendría algo que ver el hecho de marras con no haber efectuado una repoblación forestal como es debido en esos parajes? Otro aspecto de lo mismo lo descubríamos cuando íbamos a la boda de algún primo catalán (yo tengo unos cuantos) y nos mostraban con unción la red de saneamiento o el pabellón de baloncesto que había construido el ajuntament de la localidad. Para no ser descorteses poníamos cara de subdesarrollados, aun cuando supiéramos bien lo que era un grifo y en nuestra aldea contáramos por lo menos con un frontón. Por lo demás, a mí no me ofendía que estuviesen más adelantados que el resto del “estado”, pero tampoco me parecía que tuvieran que sentirse incomprendidos por ello. De hecho y con el tiempo, las diferencias se han ido acortando, pero lejos de apaciguar la convicción de no ser entendidos, surgieron voces que alegaban esa igualación como prueba palpable de que los gobiernos democráticos entendían a Cataluña aún menos que el general Franco.

Personalmente llegué a la conclusión de que, se tratara de lo que se tratase, constituía un misterio insondable. La semana pasada comuniqué con un colega de cierta universidad catalana y ambos lamentamos la situación a que hemos llegado. Me dijo que su principal temor era que muchos iban a votar “Sí”, no porque desearan realmente la independencia, sino como una medida de presión para que “Madrid” (¡otra vez el ídolo del poder centralista!) se sentara de una vez a negociar un estatus de Cataluña en España que fuera satisfactorio para ella. Como es una persona muy educada, no me animé a desairarle confesando: “¡No lo entiendo!

No veo cómo podría ser posible aumentar la autonomía que ya tenéis sin otorgaros directamente la independencia o la posibilidad de reclamarla unilateralmente en cuanto os dé la gana”. A lo mejor aquí está la raíz de nuestra incomprensión. No queremos enterarnos de que nos están diciendo lo mismo que Lola Flores a sus admiradores en cierta ocasión memorable: “¡Si me queréis, irse!” La única forma de entenderlos sería dejarlos solos de una vez por todas. Cierto que nada más una parte lo reclama sin circunloquios. A esa porción sí que la entiendo bien (¡por fin!). La incomprensible es la que vota “Sí” esperando conseguir “otra cosa”. Ella, preciso es confesarlo, resulta demasiado enrevesada para mí. Y la que calla y otorga, tampoco la entiendo mucho.

Estamos en una situación en la que la divisa de la democracia parece haber cambiado de “un individuo, un voto” a “un grito, un voto”. Así que callar es tragar todo los que nos quieran meter por la boca. En una situación tan compleja como la presente, yo renuncio a decir a los políticos qué tienen que hacer. Por lo que a mí concierne, si la mayoría de los catalanes sigue callando o diciendo cosas ininteligibles, tendré que dar por bueno el discurso de los que hablan con meridiana claridad. En tal caso, por mí, que se vayan acompañados de mis mejores deseos de que en Bruselas o Nueva York les entiendan mejor que aquí. Y si tal cosa sucede, por lo menos habré sacado una cosa en limpio: los catalanes de ahora (a diferencia de Albéniz y Granados, Rusiñol y Nonell, etc.) no entienden en absoluto a muchos de los que compartimos con ellos esta extremidad de Europa.

Juan Arana
Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla,
de la Real Academia de Ciencia Morales y Políticas

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