Tres meses del resurgimiento de Sánchez: escapar al cerco de Rajoy e Iglesias

Durante este tiempo no han faltado las fricciones internas, pero tampoco los indicios de optimismo: el último CIS otorgó a los socialistas una subida de 5 puntos

El resurgido secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, se ha propuesto llevar al partido a “la hegemonía” de la izquierda primero y a La Moncloa después, para lo que deberá escapar del cerco que le han puesto Pablo Iglesias y Mariano Rajoy. Tres meses después de las primarias, la estrategia avanza. Este lunes hará tres meses desde que Sánchez volviera al liderazgo del PSOE, y durante este tiempo no han faltado las fricciones (plurinacionalidad, CETA…), pero tampoco los indicios de optimismo: el último CIS dio a los socialistas una subida de cinco puntos y la consolidación como segundo partido por encima de Podemos. El PP sigue primero.

En ese terreno deberá moverse Sánchez: socavar los cimientos electorales de la formación de Pablo Iglesias, y al mismo tiempo, recuperar terreno para doblegar (con o sin alianzas) al Partido Popular (con sus posibles alianzas). El Sánchez de ahora, por lo visto en estos tres meses, es muy diferente al Sánchez de antes.

El que venció a Eduardo Madina en las primarias de 2014 era un diputado sin experiencia en la alta política al que pronto le aparecieron hipotecas internas. Esa pugna se resolvió crudamente con su dimisión en el Comité Federal del 1 de octubre de 2016.

Pero el Sánchez que venció hace tres meses a la presidenta andaluza, Susana Díaz, y a todo “el aparato” socialista es hoy un político (sin escaño) con todo el poder interno de su parte, y por tanto, sin ataduras. El abandono de diputados como Eduardo Madina no le ha inmutado.

Ha conseguido en tres meses acallar las reticencias de algunos barones, e incluso con la propia Díaz parece que ha firmado la paz más allá de las divergencias sobre el modelo de Estado. Habrá que ver qué sucede a partir de septiembre en federaciones como Asturias o Aragón.

El PSOE, por tanto, sigue apretando sus costuras internas para presentarse con fuerza ante sus adversarios, que son básicamente Rajoy e Iglesias. Es una obsesión del líder socialista después de lo que pasó en su primera etapa. Esa fuerza conseguida en la victoria de las primarias y en el congreso federal de mediados de junio le permitió capear la moción de censura que Podemos defendió en el Congreso el día 13 de ese mes.

Por boca del entonces portavoz provisional, el propio Ábalos, el PSOE denigró la iniciativa de Iglesias porque no había maduración ni números parlamentarios para que cuajara, pero dejó claro que ese “nuevo PSOE” iba a hablar con Podemos.

Sánchez, unos días antes, apuntó la estrategia: “Me siento próximo a los votantes de Podemos, aunque no comparto las formas de hacer de Iglesias“, dijo. Y así, el secretario general del PSOE se reunió con el de Podemos el 27 de junio. Fue otro clima, más distendido y cordial, y cristalizó en crear un espacio de diálogo parlamentario a través de diferentes equipos de trabajo.

Coincidieron en precisar el objetivo, desalojar a Rajoy, pero no en cómo conseguirlo ni a qué ritmo: Sánchez no descarta la moción de censura, pero sí ahora, e Iglesias lo considera urgente.

Pese a todo, los puentes se siguen construyendo: Emiliano García-Page gobierna con Podemos en Castilla-La Mancha, lo que sectores de ambos partidos ven como un ensayo para el Gobierno de España; otros arguyen que no se debe extrapolar.

La reunión con Iglesias fue la primera de una ronda que incluyó al líder de Ciudadanos, Albert Rivera (el 28 de junio); y al de IU, Alberto Garzón (el 29). Con ambos también pudo proyectar puentes.

Hasta con el presidente, Mariano Rajoy, tejió un nexo cuando se vieron el 6 de julio: la defensa de la Constitución frente al llamado desafío independentista de Cataluña. Precisamente ha sido su enfoque de la situación catalana el que le ha deparado más críticas.

Su apuesta por la plurinacionalidad, “la nación de naciones”, perfilada en las primarias, consagrada en el congreso federal y desarrollada en la Declaración de Barcelona (pacto de PSOE y PSC sellado el 14 de julio), ha sembrado discordias, así como la propuesta de reformar la Constitución con el sello federal propio de su partido.

Sin embargo, tales reticencias no han bastado para variar la posición de Sánchez, quien incluso ante el Rey, en la reunión del 4 de julio, esgrimió la necesidad de impulsar tales cambios.

PP y Ciudadanos ven en la apuesta una “ocurrencia”, cuando no “un disparate”, y les ha servido para poner el acento en lo que creen la debilidad del secretario general: sus “bandazos” cuando transmite posiciones y opiniones. De hecho, es lo que le profirieron cuando decidió que el PSOE se abstendría en la votación en el Congreso del Tratado de Libre Comercio con Canadá, el CETA, tras decantarse antes su formación (en época de la gestora) por el voto a favor. Pero el renacido secretario general del PSOE no actúa como el mandatario titubeante que quizá fuera antaño.

La apuesta por la plurinacionalidad seguirá su curso y seguirá su curso el viraje a la izquierda que, como él mismo ha dicho varias veces, perdió el partido en tiempos de la gestora. Sabe el secretario general del PSOE que así podrá arañar las paredes electorales de Podemos. Y sabe que así dibujará con más claridad la alternativa a un Rajoy al que seguirá atacando por la corrupción.

El destino es La Moncloa.