Ignacio Ferrando: "Con este libro traté de hablar de algo sobre lo que nunca se habla"

Es uno de los escritores más sólidos del panorama narrativo actual, con una carrera premiada especialmente en el campo del relato, donde ha merecido galardones como el Setenil por 'La piel de los extraños' o el Tiflos por 'Ceremonias de interior'. Ahora, Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) regresa con 'La quietud' (Tusquets), donde aborda el complejo y a veces edulcorado universo de la paternindad masculina

laquietudIgnacio Ferrando es ya veterano en esto de la escritura. No le asustó renunciar, hace años, a una carrera en el mundo de la ingeniería para poder dedicarse a impartir clases de literatura en Madrid y a escribir.

El tiempo y, sobre todo, sus siete obras publicadas, han confirmado que optó por el buen camino. Reconocido especialmente en el campo del relato, donde su nombre va asociado a galardones como el Setenil, el Premio Internacional Juan Rulfo o el NH Mario Vargas Llosa, es también autor de poderosas novelas como La oscuridad o Nosotros H.

Ahora, regresa a las librerías de la mano de Tusquets con La quietud, una ambiciosa, valiente y honesta novela que aborda, entre otros temas, el tema de la paternidad masculina, del complejo proceso de la adopción y de lo que cambia una persona cuando se convierte en progenitor. Una obra de las que deja poso y que el narrador asturiano considera como "muy importante" en su trayectoria. En ella, presenta a Héctor, arquitecto y profesor universitario separado de su mujer y que ha empezado una nueva vida junto a una joven estudiante.

Sin embargo, su vida se altera cuando su exmujer, Julia, le comunica que les han concedido la adopción de un niño ruso, un trámite que iniciaron años atrás juntos y que ella insiste en llevar a cabo a pesar de no ser ya una pareja al uso. Esto planteará un dilema moral en apariencia inasumible para Héctor.

-En La quietud toca un tema clave como es el de la paternidad, y con un enfoque alejado de los mitos. ¿Ser padres está dulcificado en esta sociedad?

Respuesta: Yo creo que sí, pero es solo una opinión que otros padres no compartirán. Lo que sí puedo afirmar es que con este libro traté de hablar de algo sobre lo que nunca se habla. Hay muchos libros escritos por mujeres sobre la maternidad, pero cuando busqué en Internet vi que no existían libros al respecto. Hay bastantes libros sobre relaciones entre padres e hijos, casi siempre tumultuosas —Patrimonio de Roth, o La invención de la soledad de Auster, incluso La carta al padre de Kafka— pero pocos hablan de ese instante en el que tomamos el testigo de nuestros padres y nos convertimos, por decirlo de algún modo, en ellos.

Parece que es un capítulo negado de nuestra biología como escritores. Es un tema que parece colocarnos en un plano de sensiblero, tabú, de resignación, cuando curiosamente un altísimo porcentaje de los autores somos padres. Por eso escribí este libro. Porque lo poco que yo había leído estaba lleno de clichés tontos y de una visión idiotizada por la religión, excesivamente cultural.

Según esa visión, un padre (o una madre, ya que estamos) que en un momento dado dijera: “yo no quiero ser padre”, “no debería haber sido madre” debía sentirse culpable toda la vida. Y no es así. Los padres tenemos dudas y eso no nos hace peores. Ni mejores. Simplemente pienso que reflexionar sobre esto no ha de ser malo y puede ayudar a ciertas personas a dejar de sentirse bichos raros.

-En este libro tienen mucho peso la duda y el dilema moral. ¿Cómo construyó al narrador?

Desde el principio, lo que más me atrajo de Héctor fue el conflicto moral en que le colocaba la historia. ¿Qué tipo de persona adoptaría a un hijo sin desearlo solo por recuperar a la que ha sido su pareja? Todos conocemos matrimonios que tuvieron hijos como último recurso para reconstruirse a sí mismos. Pero la determinación y la responsabilidad que suponía que Héctor hiciera ese durísimo viaje a Siberia Oriental convertía esta «lógica doméstica» en algo que rozaba lo inverosímil.

Así que, para construir a Héctor, tuve que convertirme un poco en él mismo y preguntarme: ¿en qué condiciones yo haría un viaje como este y llegaría al extremo de adoptar a Dimitri para recuperar a Julia? Hice una lista de motivos posibles y los contrapuse a los motivos, por otra parte evidentes, que se oponían a llevar a cabo el viaje. El resultado es Héctor. Un tipo colocado entre dos polos que se convirtió en pura contradicción.

Es como si de los brazos de Héctor colgaran los dos platos de una balanza y yo hubiera ido poniendo peso en uno para restarlo del otro, sin que los platos llegaran nunca a decantarse. Reconozco que una de las cuestiones que más disfruto en mis ficciones es la psicología de los personajes. Los protagonistas nunca actúan porque el narrador lo quiera, sino llevados por motivos tan reales como los tuyos y los míos.

Si somos honestos, esas motivaciones siempre son complejas y se nutren tanto de razones como de objeciones. Esta manera de componer a Héctor alimenta la lectura y obliga al lector a posicionarse moralmente a uno u otro lado. No quiero que el lector sea Héctor, sino que se sienta como él, que diga “en esas circunstancias yo hubiera hecho lo mismo”.

-Mentimos la verdad, decía Ayala, y en esta obra hay mucho contenido biográfico. ¿Cómo se ha enfrentado al proceso de mentir su verdad?

Lamentablemente pertenezco, como diría Sinisterra, a los escritores garrapata, esos escritores que viven agazapados con la sensación de hurtar la vida que hay a su alrededor. Para mí el problema no es este, sino que, como narrador mi compromiso no es con la verdad -con lo real- sino con la mentira -con la ficción-. Y en este sentido no tengo prejuicios a la hora de en modificar o alterar la verdad para que sirva a mis objetivos.

Para mí, la línea donde termina una cosa y comienza la otra es evidente, pero esto no suele suceder con quienes me rodean, que dan por supuesto que, si algo de ese personaje o situación es verdad, por fuerza el resto también ha de serlo.

Héctor y yo somos muy parecidos y nuestras historias tienen gran cantidad de concomitancias, pero no somos el mismo. Héctor es un personaje excesivo, con un puntito cínico y otro sensiblero, alguien que tuve que llevar al extremo para acercarle al Mearsault de El extranjero.

Lo interesante de la verdad de las mentiras no es hasta qué punto son verdades o mentiras, sino ese contorno difuso en que se convierten una vez traspasan el tamiz de la ficción. Por eso siempre me ha parecido tan peligroso confundir al protagonista con el autor.

-Como ocurre en su narrativa, en esta obra también está muy presente el tema de la identidad. Lo que no somos o lo que decimos que somos. ¿Qué papel juega?

La paternidad es un momento de transición y de metamorfosis. Renuncias a algunas cosas, pero, sobre todo, asumes la identidad de tu padre —como concepto, por supuesto—, te conviertes en las cosas que admiras de él y también en las que desprecias. Empiezas a entender cuestiones que, en su momento, no entendiste. Te transformas en otro y, por tanto, en lo que eres o dices que eres.

Héctor desbanca a su padre a través de Dimitri y su decisión acarrea una serie de consecuencias que, durante gran parte de la novela, él se niega a reconocer. La identidad de las personas no es inmutable, sino que se nutre de muchos yoes hegemónicos que, como decía Tabucchi, se van dando la mano. Me parecía muy importante introducir la trama donde aparece el padre de Héctor, para que se entendiera la paternidad, no solo desde un punto de vista, sino desde los dos.

-Y también hay una reflexión acertada sobre el universo de las parejas: el desencanto, el momento en que el amor se va, las decepciones que surgen en el camino…

El tema de la paternidad solo es la punta de iceberg. Como decía, son muchas las parejas que deciden tener un hijo para salvar su matrimonio. Un hijo adoptado, además, añade a la situación un plus de artificiosidad que enfatiza el conflicto. Pero este tipo de decisiones lleva a las parejas al abismo de la resignación, casi siempre, o a la ruptura definitiva, como le ocurre a algunos secundarios de esta novela.

A mí, una de las partes que más me interesó del texto tiene que ver con los momentos en que Julia y Héctor se quedan solos en la habitación. Cesa el ruido y la mentira —que ha estado latiendo en un plano larvario— lo ocupa todo a través del silencio.

 -Después de siete libros, ¿ha llegado la quietud (literaria) a la vida de Ignacio Ferrando?

Nunca he vivido la inquietud literaria. Siempre he escrito los libros que me ha apetecido y jamás he editado nada de lo que no estuviera convencido. Por supuesto, eso me ha llevado a editoriales pequeñas y medianas, pero eso ha sido maravilloso y, si me apuras, creo que es el camino correcto para un escritor. Vivimos en la época del espectáculo del triunfo, vivimos en una época donde se vende antes el triunfo que el fracaso.

Y eso es una enfermedad, porque el fracaso no solo es necesario, sino que de él se aprende muchísimo y del éxito apenas nada. Cuando una editorial como Tusquets repara en mi trabajo me siento reconocido, claro, cómo no, pero si tengo que regresar abajo para seguir elaborando una carrera seria (espero que no) sabré hacerlo.

Más allá de eso, mi trabajo, el trabajo real y el que me da la quietud, está diariamente frente a mi ordenador.