Teresa Romero: “Supliqué que me ayudaran a morir”

La enfermera infectada por el vírus del Ébola rememora el calvario que sufrió en el Carlos III: "Sentía que la muerte me acechaba"

El 7 de octubre de 2014, Teresa Romero fue aislada en una habitación del Carlos III al confirmarse que había contraído el ébola mientras atendía al misionero y religioso español Manuel García Viejo, que había sido repatriado desde Sierra Leona y que murió el 25 de septiembre de ese año.

Dos meses antes había atendido a otro religioso, Miguel Pajares, de 75 años, el primer español infectado por el virus del Ébola, repatriado desde Liberia.

Romero permaneció en aislamiento casi un mes, hasta que el 1 de noviembre pasó a planta tras confirmarse que en sus fluidos corporales no quedaban signos de ébola. El 19 de octubre, un análisis para detectar el material genético del virus ya había dado negativo, pero no fue hasta el día 21 cuando superó oficialmente la enfermedad. 

Nadie sabe en que momento preciso se infectó, pero un artículo de la revista ‘Enfermería Clínica’ recoge ahora su agonía y sufrimiento, que le llevaron incluso a desear morir, y repasa los cuidados de enfermería que se llevaron a cabo en el que fue el primer caso del virus del Ébola adquirido fuera de África.

Mis pulmones estaban empezando a fallar, sentía que me ahogaba y me costaba respirar, era una situación de agonía. Entraron dos compañeros para aumentar el caudal de oxígeno. Les miré y les supliqué que me ayudaran a morir”, afirma Rodríguez. Era el sufrimiento de la paciente en el momento más crítico de la enfermedad.

Sentía que la muerte me acechaba, un ente apoyado en mi hombro me esperaba tranquilo. Algo que no se puede explicar con palabras. Todavía hoy en día no sé cómo pude salir de ahí”, recuerda la auxiliar de enfermería.

Romero comienza su relato el 6 de octubre de 2014, cuando fue trasladada en una cápsula hermética al Carlos III. “Iba en posición decúbito supino, vestía un buzo blando que me cubría todo el cuerpo, unos guantes y una capuza. Apenas podía respirar en tan pequeño habitáculo” señala, destacando que “era un momento muy angustioso” porque “iba empapada en mis propios fluidos“.

“Era inevitable pensar en los dos pacientes con enfermedad por el virus del Ébola repatriados de África que había atendido y de su triste final. Me veo en el mismo destino, el pánico se apodera de mí, no quiero dormir, sentía que si lo hacía ya no volvería a despertar”, recuerda.

Rodríguez también cuenta que cuando supo que estaba ‘limpia’ rompió a llorar y no se alegró: “Yo, lejos de alegrarme por tan esperada noticia, rompo a llorar por el recuerdo de mi perro, ejecutado por las autoridades sanitarias el 8 de octubre de 2014″, dice, en referencia a Exkalibur, su mascota sacrificada por las autoridades para evitar riesgos.

Mucho tiempo después, Romero no ha olvidado las voces de tres compañeros que la recibieron en el hospital cuando fue ingresada y en especial la frase de ánimo de uno de ellos: “Teresa, venga para adelante, que este fin de año tenemos que cenar juntos”.