El liderazgo del Partido Republicano da la presidencia por perdida y se asoma al abismo

El descontento popular que en otros países se ha encauzado mediante la creación de nuevos partidos, no tiene en Estados Unidos una expresión organizativa propia donde manifestarse: pero sí un nombre propio y un tupé. Donald Trump se coló de polizón en el partido de Lincoln arrasando a sus rivales en las primarias con la simple estrategia de no ser un maniquí. Y ahora amenaza con hundir el buque.

Así lo ha entendido el líder del Partido Republicano, Paul Ryan, tras anunciar que ya no lo defenderá “nunca más”, ni hará campaña por él. Ryan es la cabeza visible de una creciente minoría del partido de Lincoln, que se ha opuesto de forma más o menos explícita a la candidatura del magnate de Queens.

Ryan y los suyos dan la presidencia por perdida y tratan de marcar distancias con la anaranjada y tóxica sombra de su candidato para evitar otra goleada electoral en el Congreso, donde hasta ahora gozan de una holgada mayoría: 60 escaños de ventaja en la Cámara de Representantes y cuatro en el Senado. Esta decisión ha enfurecido a algunos sectores de su partido que le acusan de arrojar la toalla prematuramente.

Ante las voces de alarma que temen (o desean) una fractura del Grand Old Party, se impone el criterio de que las tensiones a las que está sometido son más tácticas que filosóficas: ¿Qué hacemos con el barco después de arrojar a Trump por la borda?

Según el diario Politico, en el partido Republicano existe la casi certeza de que de aquí al 8 de noviembre, cuando se celebren las elecciones, la campaña de Hillary Clinton filtrará nuevos vídeos de Trump haciendo de las suyas. Este periódico asegura que Ryan podría anticiparse a un nuevo bochorno pasando del rechazo pasivo a Trump, al repudio expreso que supondría retirarle su voto. Si no lo ha hecho aún, apuntan algunas analistas, es por no crearse enemistades de cara a sus propias aspiraciones presidenciales para el 2020.