Diana París: “El pasado no cambia, pero sí podemos cambiar las emociones de hechos traumáticos”

¿Cómo afectan los secretos familiares a nuestra vida? Esta es la premisa sobre la que gira 'Secretos Familiares' el nuevo libro de la escritora y psicoanalista Diana Paris. Su nueva obra nos propone, desde la psicología transgeneracional, sanar las raíces de nuestro árbol genealógico para vivir mejor y hacer más libre la vida de las siguientes generaciones. Diana Paris presentará este jueves 14 de abril, a las 19.00 horas su obra "Secretos Familiares" en La Casa del Libro de Fuencarral (Fuencarral, 119, Madrid). Y el 18 de abril, a las 19.00 horas, impartirá la conferencia “Los rumores de los secretos familiares me aturden” en el Ateneo (calle del Prado, 21, Madrid).

-¿Cómo explicamos la piscología transgeneracional para el ciudadano de a pie?

Como una modalidad terapéutica que se enfoca a encontrar las raíces del conflicto/trauma/dolencia a partir de los árboles genealógicos: el inconsciente de una familia dictamina un sistema de creencias, saberes, permisos y prejuicios que si no los analizamos, tenderemos a repetirlos en automático…

-En tu obra explicas que los adultos heridos llevan la cicatriz del niño que fueron. Vendría a ser un tatuaje interno, afirmas. ¿Cómo saber qué nos afectó en la niñez que puede condicionar nuestro presente?

presentacion_fuencLa clave está en hallar la emoción “congelada”, guardada en la profundidad del inconsciente y que todavía en el presente se hace sentir. ¿Cómo hallarla? Poniendo mucha atención a las reacciones y comportamientos que asumimos cuando se reactualiza un episodio que hemos sepultado en el “olvido”. Veamos un ejemplo: si ante situaciones relacionadas con la comida (anorexia, glotonería, asco, indiferencia, avaricia, almacenamiento excesivo de alimentos) experimentamos una emoción incontrolable, dolorosa, sin lógica aparente, tal vez debamos indagar en el pasado ancestral de nuestro clan… ¿Qué memoria relativa al hambre, la carencia, la intemperie se pone en acción en nuestro presente? El estudio psicogenealógico ilumina esas zonas que nuestros mayores nos ocultaron en sus relatos (posiblemente creyendo que de esa manera nos aliviarían el sufrimiento) pero que nuestro inconsciente conoce muy bien…

-Diana, ¿muchas relaciones amorosas son un reflejo de asuntos familiares inconclusos?

Exactamente: sin ánimo de quitar glamour al encuentro amoroso, sabemos que cuando dos se eligen están buscando reparar huecos de su propio linaje, afianzar aquello que dio seguridad o completar lo que nos faltó en casa. Un/a compañero es en cada persona ese espejo donde ver reflejado lo que nos faltó, o donde ensayar las emociones que nos impidieron expresar en nuestras casas de origen. Una pareja reúne dos ajuares. “Ajuar” es una palabra que deriva del árabe y significa “almacén”. Pues cuando nos aparecen “mariposas en el alma” y sentimos estar enamorados ocurre que avizoramos la unión de almacenes que se complementarán: que no tuve hermanos ni mesas navideñas con grandes reuniones de familia, entonces en mi pareja buscaré esa falta propia y seguro que saber que proviene de un grupo muy unido, con muchas generaciones alrededor de las celebraciones será un tesoro para añadir a mi vida.

-¿Cómo influye el patrón familiar en nuestro día a día y en la forma en que nos relacionamos con los demás?

El inconsciente pasa de generación en generación y repite los paradigmas aprendidos, más los mandatos irresueltos por los mayores. A veces las muletillas de la casa funcionan como reglas de oro, como leyes absolutas. Esa mirada nos quita frescura, libertad y capacidad de transformación. Atados a los ideales que nos transmitieron cuando fuimos niños, por lealtad al clan, seguimos a pies juntillas sosteniendo verdades ajenas. Perdemos libertad y achicamos el horizonte de miras. Cuando echamos luz a estos modos de funcionar nos permitimos ser quienes decidimos ser sin temor a perder legitimidad por diferenciarnos de nuestros mayores.

-Citas en tu libro a F. Dolto: “Lo que se calla en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo”. ¿Qué nos puedes contar sobre esto?

Es una experiencia que constatamos en la clínica con muchos pacientes. Daré un ejemplo: una mujer joven, talentosa, madre de tres niños, es diagnosticada de una enfermedad en la sangre, precisamente en los glóbulos blancos. Sabemos que actúan como reservorio del sistema inmunológico y donde la mujer falla al cumplir los 36 años. Esa era la edad que tenía su madre cuando se aleja del hogar, abandona a su esposo e hija, al descubrir que su marido era homosexual. La paciente que en ese momento contaba con 11 años vive en silencio ese dolor por el abandono materno. A eso se añade, la mala relación con su padre que queda a cargo de ella y dos años después intenta un abuso sobre la adolescente. Vuelve a vivir en soledad la angustia de sentirse agredida sin capacidad para defenderse. Sella esa emoción durante más de veinte años y cuando cumple los 36 reactualiza el trauma. Se enferma “la sangre”. El lenguaje del cuerpo estalla gritando lo que no pudo expresar de niña. Si bien atravesó transplante de médula y quimioterapia, el verdadero avance hacia la salud estuvo cuando pudo decir por primera vez en tantos años su padecer: sentirse abandonada, avergonzada, sin seguridad y abusada. Su inconsciente la llevó a enfermar para poder decir lo antes nunca pudo: denunciar maltrato y abuso infantil.

-En España, las relaciones familiares son muy importantes. ¿Se pueden superar los problemas derivados de una mala herencia familiar?

En España y en tantos lugares las relaciones familiares son nuestra primera red de apoyo. La psicogenealogía nos invita a reflexionar sobre algo poderoso: el pasado no cambia, pero sí podemos cambiar las emociones respecto de hechos traumáticos. En la medida que lo hablemos, que compartamos la angustia o los miedos, habremos ganado parte de la batalla interna por mantenernos anestesiados. Siempre que nos decidamos a ver de frente el dolor, que aceptemos la historia transitada por nuestros mayores, que sepamos rastrear datos, fechas, nombres, información que “no cierra” y estemos dispuestos a no repetir sus errores, estaremos honrando a la familia y sobre todo a los descendientes, a los más jóvenes del clan: la verdad es siempre la puerta para sanar enfermedades, vínculos y sinsabores.

-Todas las familias guardan secretos. ¿Qué ocurre cuando se abre esa caja de Pandora? ¿Es saludable hacerlo?

Siempre lo es: una verdad dolorosa es siempre mejor que un secreto “maquillado”. A fuerza de ocultar alguna situación que se vive con miedo, vergüenza, horror, fobia se termina repitiendo aquello tan temido. Ser conscientes y tener plena confianza en nuestras potencialidades implica un trabajo de lucidez sobre nuestros orígenes. Las experiencias que generalmente nuestros ancestros han escondido están ligadas a episodios de exilio, pobreza, persecución política, desarraigo, criminalidad, adopción, incesto, aborto o muertes en situaciones poco claras…

-¿Qué beneficios tiene que construyamos nuestro árbol genealógico?

Nos permite visualizar los lazos, dobles con algún miembro de la familia (aunque no lo hayamos conocido), mandatos incrustados en nuestro presente que provienen de expectativas depositadas por nuestros ancestros. Cuando estas situaciones quedan a la vista, se supera la repetición ciega de patrones que no nos pertenecen, que “los actuamos” sin que haya mediado nuestra voluntad. Escondido en todo árbol genealógico nos aguarda un secreto que si logramos develar, nos aliviará la manera de vivir nuestra vida.

-¿Podría ser la cita “nada es más misterioso que la sangre” un buen resumen de su libro?

Esa frase pertenece a la película Wakolda, de la cineasta argentina Lucía Puenzo. Si bien en el film se refiere a la manipulación genética que exploraron los nazis en los prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, es un buen resumen de las ideas que expongo sobre el tema central del libro: los vínculos familiares. Los lazos de sangre son raíces, referentes, contención y reaseguro de la identidad, pero también pueden ser un contrato cuya letra chica no leímos acertadamente. Si escrito con sangre viene el mandato de quedar soltero deseando formar pareja, o de seguir la vocación del abuelo por la economía cuando me habría gustado ser violinista, o de jugar hasta perder la herencia recibida porque siento no merecer esos recursos, estaremos aceptando sin razón un “misterio” que nos rumorea cómo actuar aún violentando nuestra independencia de criterios. Ser leales al clan y a la sangre no implica perdernos en el bosque de los deseos ajenos…