El vuelco del tablero político, Cataluña, el repunte económico y el relevo en la Corona marcan el 2014

El 18 de junio el Rey Juan Carlos firmaba su última ley, la de su renuncia al trono, con la que ponía fin a 39 años de reinado. Nadie se esperaba la noticia salvo un puñado de personas que guardaron el secreto hasta el último momento. Ha sido uno de los acontecimientos que han marcado el 2014 que, por otra parte, ha supuesto un vuelco en lo político, con la aparición de Podemos, y quizá el principio del fin de la crisis. Aunque eso está por ver.

Solo seis meses antes, en su mensaje de Navidad, don Juan Carlos había dicho: “Quiero transmitiros como Rey de España mi decisión de continuar…”. La decisión llegó finalmente tras un penoso desgaste por los escándalos de corrupción que han sacudido a la Corona y un evidente deterioro de la salud del monarca, que en los últimos años tuvo que someterse a varias operaciones de cadera y a largos periodos de recuperación. Cuando don Juan Carlos decidió abdicar en su hijo, la institución antes mejor valorada había experimentado una leve recuperación en las encuestas, en las que el escándalo del caso Nóos y la polémica cacería de Botsuana por la que pidió perdón ante las cámaras habían hecho un tremendo daño a su popularidad.

Lo primero que hizo el nuevo Rey, Felipe VI, fue prometer a los españoles “una monarquía renovada, íntegra, honesta y transparente”. Ese compromiso sigue ensombrecido por la imputación de su hermana, la Infanta Cristina, que en 2015 podría sentarse en el banquillo, y su resistencia a renunciar a sus derechos dinásticos, cosa que no consiguió su padre y que no parece que vaya a producirse al menos de momento.

El relevo en la Corona ha supuesto todo un cambio de ciclo pero el auténtico vuelco es el que se ha producido en el panorama político español que, por otra parte, augura novedades aún de mayor calado en 2015, un año cargado de citas electorales.

Podemos, la crisis y el fantasma del miedo

En la sacudida que ha sufrido el tablero político español destaca la irrupción de Podemos, la formación heredera del 15M que, después de seis años de crisis, de desahucios y de recortes ha canalizado la indignación de la ciudadanía. La sorpresa se produjo el 25 de mayo, cuando la formación de Pablo Iglesias consiguió más de un millón de votos en las elecciones europeas. Desde entonces, no ha dejado de subir en las encuestas, atrayendo a antiguos votantes tanto del PP como del PSOE e IU. Los escándalos de corrupción, que también han eclosionado este año, han perjudicado especialmente las opciones de los dos partidos mayoritarios, pulverizando la credibilidad de sus políticas contra la debacle económica. La gran incógnita ahora es si 2015 supondrá el fin del bipartidismo al que apuntan los sondeos.

Para que eso se produzca, será definitiva la evolución de los acontecimientos en Grecia, donde todo indica que Syriza -una coalición de partidos similar a IU en su estructura pero más próxima a Podemos en sus propuestas- se presenta como la probable vencedora. De lo que haga Syriza con esas propuestas -renegociar la deuda y primar las necesidades de una ciudadanía empobrecida sobre las obligaciones impuestas por la Troika a cambio de ayuda- van a estar muy pendientes todos los que piensan que hay vida más allá de la austeridad. Y de las consecuencias que ello tenga para el país dependerá que el fantasma del miedo que PP y PSOE agitan contra Podemos para desalentar a sus simpatizantes se traduzca en más o menos votos para el nuevo partido.

Grecia, además, ha introducido un nuevo elemento de perturbación en un panorama tan inestable como es el de la incipiente recuperación económica de la Eurozona. Las turbulencias han vuelto a los mercados tras el adelanto electoral griego y el posible impago de la deuda si gana Syriza. Los analistas alertan de que esto, unido a las tensiones geopolíticas en Rusia, podría aumentar la deuda y llevarnos a una recaída.

El ‘despegue’ de Rajoy y el paro que sigue disparado

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aseguró en su balance de 2014 que 2015 será el año del “despegue definitivo de la economía”. Ese pronóstico se apoya en la caída del petróleo y la depreciación del euro, pero se puede ver turbado por la debilidad de la eurozona y la consiguiente caída de las exportaciones, además de por la fragmentación tras las elecciones. El Banco de España, en su último boletín, reconoce que la trayectoria futura del precio del crudo, tras su desplome en las últimas semanas, rodea el escenario de crecimiento para 2015 de “un elevado grado de incertidumbre”, sometido a “riesgos de desviación” tanto al alza como a la baja.

La previsión “conservadora” del Gobierno es que la economía crecerá un 2%, tres décimas por encima de lo que opinan la Comisión Europea, el FMI o la OCDE, pero dos por debajo de lo que esperan analistas como FUNCAS o Intermoney. El desempleo -que acabará el año afectando al 24,7 % de la población activa- sigue siendo el talón de Aquiles de la economía española. La previsión para 2015 es que la tasa de paro cerrará en el 22,9% de la población activa, frente al 22,85% con que acabó 2011 (el PP tomó posesión en diciembre de ese año).

De que el leve atisbo de recuperación cuaje en los próximos meses dependerá la dimensión del castigo en las urnas al partido que gobierna, el PP. Pero también influirán la consolidación del nuevo liderazgo del PSOE, otro de los grandes cambios que ha visto este 2014, y de los que nos deparen las investigaciones sobre los numerosos casos de corrupción que están en los tribunales.

Pedro Sánchez y la ‘travesía del desierto’ del PSOE

Pedro Sánchez, el intrépido líder socialista a quien no le da miedo intervenir en un programa de cotilleo, colgarse de un molino o escalar el Peñón de Ifach, tiene mucha tarea por delante para gobernar un partido que recibió de manos de Alfredo Pérez Rubalcaba en uno de sus momentos más bajos, incapaz de remontar los pésimos resultados de 2011. El ‘efecto Sánchez’ gana en las encuestas, según el sondeo realizado por Metroscopia para ‘El País’ a principios de diciembre, pero crea desconfianza entre un sector de los suyos. La encuesta supuso una conmoción ya que otorgaba a los socialistas el segundo puesto en intención de voto (27%) por encima del PP pero por detrás de Podemos, que se situaba como la fuerza política más votada. La figura del nuevo secretario general ha hecho que Sánchez remonte un punto por encima en intención de voto. No es mucho, pero sí más de lo conseguido por el PP.

Pedro Sánchez llegó a la secretaría general después de que un Rubalcaba debilitado por el peor resultado de la historia del partido en las Europeas (23% de los votos) anunciara su retirada. El relevo infundió ilusión y esperanza en las bases y los dirigentes del partido, pero el tiempo ha ido moderando esos sentimientos, cuando no transformándolos en críticas más o menos veladas.

El respaldo inicial de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, se ha convertido en desaprobación cuando ha comentado las apariciones televisivas del líder en ‘Sálvame’ o ‘El Hormiguero’, y en una mal disimulada ambigüedad sobre si le apoyará en las primarias para que sea candidato a la Presidencia del Gobierno. Díaz, incluso, podría decidirse finalmente a dar el salto a la política nacional si el panorama en su Comunidad se le sigue complicando, con un pacto con IU que hace aguas por todas partes.

Algunos barones socialistas también estarían ‘incómodos’ por su gestión al frente del partido ya que podría estar más centrado en presentarse a las primarias abiertas de julio que lo encumbren como presidente que a las de su propio grupo en las municipales y autónomicas de mayo. A todo ello hay que sumar algunas equivocaciones ‘de bulto’, como cuando le dijo a un periódico nacional que había que suprimir el Ministerio de Defensa. Ferraz tuvo que salir a corregirle matizando que el secretario general solo se había referido a la necesidad de destinar menos presupuesto a ese departamento.

Cataluña y el independentismo que todo lo tapa, crisis y corrupción

Un conflicto al que ni el PSOE ni el PP han sabido responder de una forma convincente es el planteado por el órdago soberanista catalán. Al Gobierno y a su partido se les ha reprochado su inmovilismo ante un proceso que no daba muestras de detenerse por iniciativa propia. Los socialistas, mientras tanto, se las tienen que ver con su partido hermano en Cataluña, el PSC, que en contra de los dictados de la dirección federal sí defiende que se deje a los catalanes pronunciarse sobre su futuro. Aunque para templar gaitas apele a una reforma constitucional que permita ese ejercicio.

El 9 de noviembre se celebró finalmente la consulta que Artur Mas había anunciado un año antes, aunque no con el formato y las garantías que a él le hubieran gustado. Fue un simulacro, un subterfugio para eludir la suspensión del Tribunal Constitucional que le llevará a sentarse en el banquillo si prospera la querella por desobediencia, prevaricación, malversación y usurpación de funciones que instruye el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Solo un tercio de los llamados a votar, los partidarios de que su Comunidad sea un Estado y de que sea independiente, se pasaron por las urnas, pero al ‘president’ le sirvió para mantener vivo el pulso y para presentarse como un mártir del ‘autoritarismo’ que le reprocha al Estado español.

A partir de ahí, la hoja de ruta de Mas pasa por celebrar unas elecciones plebiscitarias con una candidatura soberanista unitaria, que le darían pie a abrir un proceso constituyente catalán y convocar un referéndum de autodeterminación en toda regla. Su aliada parlamentaria, ERC, no lo ve de la misma manera y presiona un día sí y otro también para que se celebren elecciones cuanto antes, con listas separadas, para que después de produzca una declaración unilateral de independencia.

También en Cataluña se ha dejado notar la irrupción de Podemos distorsionando un panorama política consolidado durante décadas. Según el sondeo de la Generalitat de diciembre, si se celebraran ahora unas elecciones autonómicas conseguiría la quinta plaza (9-11 diputados), mientras que CiU y ERC quedarían en situación de empate técnico. Esto haría peligrar la mayoría soberanista, ante la que la formación de Pablo Iglesias mantiene una calculada ambigüedad: se declara partidaria del derecho a decidir pero ‘sobre todas las cosas’, no solo sobre la secesión.

Los Pujol y la ‘bomba’ informativa del patriarca

Cataluña vive tiempos revueltos y no solo por la apuesta independentista con la que sus gobernantes han tratado de escamotear a sus administrados los adversos efectos de una crisis que les hubieran pasado la misma factura que a los partidos de ámbito nacional. Sus ciudadanos, como el resto de los españoles, se quedaron estupefactos cuando, el pasado mes de julio, la figura más icónica de la catalanidad, Jordi Pujol, confesó públicamente que tenía una fortuna oculta en paraísos fiscales. Pujol atribuyó el origen del dinero a una herencia de su padre, pero existen serias dudas sobre ello, sobre todo después de haberse destapado que todos los miembros de su familia -su mujer y sus siete hijos- han manejado ingentes sumas que duermen a buen recaudo en cuentas de Suiza, Andorra y Liechtenstein para eludir el control de la Hacienda pública.

El próximo 27 de enero, la juez de Barcelona que instruye el caso ha citado a declarar como imputados a Jordi Pujol, a su esposa, Marta Ferrusola, y a tres hijos de ambos, Marta, Mireia y Pere. La juez considera que deben investigarse los fondos que la familia tiene en el extranjero a la vista de que tal cantidad de dinero “puede no derivar de las fuentes lícitas de la rentas de estas personas”, máxime cuando las mismas podrían aclarar “con toda facilidad” el origen de ese dinero. A su juicio, hasta el momento “no solo no lo han hecho”, sino que ni siquiera Jordi Pujol ha cumplimentado el “único” requerimiento que se le ha dirigido, el correspondiente a aportar copia del testamento de su padre y la aceptación de la herencia.

No hay que descartar que cuando la juez tire del hilo acaben apareciendo más corruptelas relacionadas con la federación que gobierna en Cataluña y el cobro de comisiones, el famoso 3% que Pasqual Maragall acusó de cobrar a Artur Mas. Y suma y sigue con la corrupción.

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