El gasógeno de Zapatero

La primera vez que vine a Madrid, al final de los cuarenta, la capital de España cuadraba exactamente con la definición de Josep Pla, un gran pueblón manchego. En las bocas del metro las estraperlistas, todas enlutadas y agigantadas por las mercancías que escondían bajo la saya, vendían pan blanco, azúcar, aceite y otros productos de “lujo” en aquella España famélica y triste, fruto de una posguerra represora, una contienda cainita, el fracaso de una república y unos antecedentes que, desde la Restauración, llevaron a nuestros abuelos de mal a peor y, a nosotros, de peor a pésimo.

Por las calles de aquel Madrid, huérfanas de tráfico, circulaban algunos taxis negros y cuadrados, como ataúdes, con un extraño y humeante artilugio sujeto en su parte trasera, un gasógeno. Un invento alemán para remediar la escasez de combustible, una caldera de combustión lenta en la que se consumían, según los modelos, carbón o leña capaces de generar la energía suficiente para mover el vehículo concebido inicialmente para un motor de gasolina o gasoil.

Miguel Sebastián, ministro del Gobierno de España y gran diseñador de ridículos políticos, acaba de concebir la actualización al siglo XXI de aquellos viejos gasógenos. No contento con la sustitución del aire acondicionado por el sincorbatismo, la prédica de un todavía inexistente coche eléctrico y la promesa, incumplida, de regalarnos a todos una bombilla de bajo consumo, alumbró una nueva idea peregrina: el ahorro energético por la limitación de la velocidad en las autopistas y autovías.

José Luis Rodríguez Zapatero, mentor del tal Sebastián y demás monstruos componentes de su equipo de Gobierno, deslumbrado por la creatividad del titular de Comercio, Turismo y Energía, hizo suya la idea y, desde el lunes que viene, los 120 kilómetros por hora que marcan el límite de velocidad en las rutas “rápidas” se quedarán en 110. Es el gasógeno de Zapatero.

Ni Sebastián, el padre de tan singular parida, ni Zapatero, el abuelo, ni ningún otro miembro del Ejecutivo, incluidos el astuto Alfredo Pérez Rubalcaba y el taimado José Blanco, a quienes afecta especialmente la iniciativa, han podido razonar seriamente el modo por el que esa rebaja en la velocidad de las carreteras disminuirá el consumo. Los técnicos defienden lo contrario. Hay una velocidad de crucero en los vehículos de las gamas media y alta de los modelos vendidos en los últimos años que alcanzan su óptimo de consumo por encima de la nueva velocidad límite.

Ante esa aparente contradicción, cabe preguntarse, ¿qué vehículo es el que pretende impulsar Zapatero con su nueva versión del gasógeno? La respuesta es unívoca, el del debate nacional. Las mañas propagandísticas del socialismo, avezadas en el disimulo y el encubrimiento de la realidad, nos enzarzan en estériles discusiones que nos entretienen y alejan de la contemplación crítica de los problemas reales y hondos que nos tienen empobrecidos. Buena fue la prohibición de fumar en los establecimientos hoteleros y, antes de que decaiga la polémica a la que dio lugar, ahí esta la nueva limitación de la velocidad. Ya no se habla de otra cosa.

Si al Gobierno, que ya tiene demostrada su total incompetencia, le quedara algo de vergüenza torera, habría justificado el límite de los 110 con razones de seguridad vial, tan inconsistentes como las del ahorro energético, pero mucho más nobles en su aspecto e irrefutables en su argumentación. Sospecho que si no ha sido así es porque el ya políticamente consumido Sebastián – desertor como jefe de la oposición en el Ayuntamiento de Madrid – es más bizcochable para el ridículo público que Blanco o Rubalcaba.

No se puede perder de vista que en el PSOE ya está en marcha, con velocidad que supera los límites de la prudencia partidista, el relevo del de León. Los citados Rubalcaba y Blanco, más José Bono y Carme Chacón, son, de momento, las hipótesis mas fuertes como sucesores del líder acabado y ni el de Fomento ni el del Interior querrán verse más involucrados de lo necesario en la nueva prohibición con la que el Gobierno da fe, simultánea, de su existencia y de su inutilidad ante la crisis económica y las de otra naturaleza que, en estos momentos, perturban la Nación y empobrecen a los ciudadanos que todavía no son pobres y viven en el paro.