La misma tempestad

Me deslumbra la gente inteligente y la que, sin serlo, lo parece. Un pavo real en el momento galante de desplegar su cola es lo más parecido al brillo de un pensamiento o al impacto de un dicho oportuno. Por eso nos aburre tanto la contemplación de la vida pública española, repleta de escaseces y abundante de mediocridad. El poder demoledor de lo políticamente correcto sumado al instinto de conservación de los líderes principales conforma unos equipos directivos que, además de intercambiables entre las distintas formaciones, parecen todos cortados por idéntico patrón, el de la obediencia ciega y la prudente sumisión.

Ese páramo humano y socialmente dirigente, toma razón de un sistema educativo – ¿intencionadamente? – perverso y es como si todos los protagonistas políticos hubieran salido de la escuela de Gran Hermano – y que el Señor le perdone ese programa a Telecinco– y hubieran seguido distintos cursillos de perfeccionamiento en las universidades de Antena 3, La Cuatro y La Sexta, en la que tienen asiento el mal gusto y el sectarismo, y en las restantes cátedras de la ignorancia nacional. No hay democracia posible sin pluralismo y sin educación exigente, todo lo demás son sucedáneos.

Ante tanta escasez llama poderosamente la atención cualquier personaje de refresco que se introduzca en la crónica de la actualidad. El nuevo embajador de Washington en Madrid, Alan Salomont, debe de ser un tipo fino y cabal que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Le descubrí en uno de esos programas de radio que tratan de encubrir su oquedad con tonos solemnes y aires de suficiencia. El conductor del espacio, que siempre parece satisfecho de sí mismo, quiso acercar distancias y dijo, con la vulgaridad y rutina que se han instalado en estos pagos: “Los dos, España y los EE.UU., estamos en el mismo barco”. El embajador Salomont no perdió un segundo en ajustar valores y evitar confusiones: “En lo que estamos es en la misma tempestad, pero cada uno en su barco”.

Amplíese el concepto hasta donde cuadre. Los EE.UU., los Estados socios de la Unión Europea y nosotros compartimos tempestad y, aún así, en cada pueblo llueve, aunque sea siempre de arriba abajo, de manera diferente. El barco es el de cada cual y ahí se advierte la irresponsable incapacidad del Gobierno que preside José Luis Rodríguez Zapatero, el hombre que primero perdió el talante y ahora, mientras le reverencian sus próximos y atemorizados colaboradores, ha perdido el oremus.

Un Gobierno que no gobierna y una oposición descompuesta y atrapada en un ovillo de corrupciones que, por individuales que sean, afectan a la gaviota y a su vuelo no es el mejor cuadro para la esperanza. Menos todavía si se considera que el barco nacional es único y no será necesariamente beneficiario de las mejoras de los restantes navíos con los que compartimos tempestad.

Ahora, cuando después de muchas peripecias y, como siempre, con Pablo Sebastián en el timón volvemos a Internet para ofertar un refugio de libertad plural, y no dogmática ni excluyente, es momento de tomar como lema la tempestad del embajador americano. En una sociedad, para bien y para mal, de navegantes solitarios resulta confortante saber que podemos seguir siéndolo y mantenernos unidos frente a la tempestad, pero cada uno en el puente de su propio barco, bebiéndonos nuestro propio ron y tarareando al anochecer las canciones del repertorio propio. El individuo es lo que importa y eso no lo entiende Zapatero ni, por lo que parece, Mariano Rajoy. La Sociedad es una suma de personalidades que se convierte en Nación si cursa con un propósito común. El Estado es un mal necesario y conveniente, pero no una religión. Y menos todavía si el Estado quiere administrar nuestro bienestar.

En estas “Crónicas geriátricas”, como corresponde, trataremos de rejuvenecernos con la prédica liberal y el señalamiento de todo cuanto olvide que el individuo, la persona, es lo que importa.