Decapitados y asesinados (y II)

Decíamos ayer… Perdón, porque esa frase es en realidad de Fray Luis de León. Y lo que yo quería decir es decíamos la semana pasada, en jueves, que se iniciábamos entonces un nuevo artículo, con dos entregas sucesivas, sobre el tema que aparece en el epígrafe de este escrito de hoy.

En esta segunda entrega, terminamos de enumerar y reseñar los diez decapitados y asesinados, en la guerra y en el conflicto político, en España, en casos de lo más lamentables, porque afectaron a personas que luchaban con denuedo por hacerse un hueco en la Historia.

  1. José Canalejas (1854/1912). Presidente del Gobierno muerto en un atentado anarquista

Este abogado madrileño se dedicó a la política tras fracasar en las oposiciones a catedrático de universidad. Procedente del Partido Demócrata Progresista, al producirse la Restauración borbónica se incorporó al Partido Liberal de Sagasta. Fue ocupando cargos políticos de importancia creciente. En 1910 consiguió unificar transitoriamente las diversas corrientes que pugnaban en el interior del liberalismo, llegando a la Presidencia del Consejo de Ministros; durante más de dos años y medio impulsó desde el gobierno un programa de reformas: abolió la Contribución de Consumos, estableció el servicio militar obligatorio y limitó la instalación de órdenes religiosas («Ley del candado»). En gran medida el ascenso al poder de Canalejas representaba otra oportunidad de afrontar la “revolución desde arriba”, en clave liberal, una vez que había fracasado el similar intento maurista de etiqueta conservadora, una empresa ardua por los viejos problemas derivados del anticlericalismo, del regionalismo, de la ineficacia administrativa, de la incapacidad militar, del conflicto marroquí y de la lucha obrera. Murió asesinado en 1912, cuando se vislumbraba una política social muy favorable para las clases trabajadoras.

  1. Eduardo Dato (1856/1921). Cuarto Presidente del Consejo de Ministros asesinado por ácratas

Prestigioso abogado de Madrid (que asesoró a los Rothschild) entró en la política con el Partido Conservador y tras una larga carrera parlamentaria, en la que destacó por sus dotes oratorias, adquirió protagonismo en 1886-88, cuando se enfrentó al fundador del partido. Su momento estelar llegó cuando la aversión de Alfonso XIII hacia Maura le hizo buscar otro líder conservador para formar gobierno, encargando la tarea a Dato (1913-15), y provocando así la escisión del «maurismo». Presidente del gobierno al estallar la Primera Guerra Mundial (1914), consiguió mantener la neutralidad española. Luego formó otro gabinete más breve en 1917, que cayó ante el movimiento corporativista de las Juntas de Defensa militares, una huelga general revolucionaria y las reivindicaciones democráticas de los catalanistas y reformistas reunidos en la Asamblea de Parlamentarios. En el Gobierno Nacional de concentración presidido por Maura en 1918 ocupó la cartera de Estado. Y volvió a la Presidencia del Consejo de Ministros en 1920-21, un periodo de fuerte agitación obrera, que trató de calmar impulsando una legislación social (para lo cual creó el Ministerio de Trabajo); pero no consiguió parar la espiral de terrorismo y represión, especialmente en Barcelona. Murió asesinado por tres anarquistas catalanes en Madrid cuando se dirigía al Senado. Con 45 años, obviamente, no conoció la vejez, una persona que trabajó por la política social y que no vaciló en reconocer su personalidad cultural a Cataluña.

  1. Rafael de Riego (1785/1823) Restaurador constitucional y un himno sin letra

Militar español. Miembro de los Guardias de Corps, luchó contra los franceses en la Guerra de la Independencia (1808-14). Estuvo prisionero en Francia, en donde recibió la influencia ideológica del liberalismo revolucionario. En 1819 fue destinado como comandante al ejército que se estaba concentrando en Andalucía con la intención de partir hacia América y restablecer allí el dominio español. En 1820 se pronunció públicamente en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) a favor de la Constitución de Cádiz de 1812, y Riego recorrió Andalucía al frente de una columna, animando a la insurrección a los liberales y sin encontrar apenas resistencia, hasta que Fernando VII se decidió a jurar la Constitución. Cuando se produjo la invasión francesa de los «Cien mil hijos de San Luis», que venía a restablecer el absolutismo, Riego encabezó la resistencia en Andalucía (1823); pero fue derrotado, capturado y fusilado. Pervivió, sin embargo, en la memoria popular como un héroe mítico de la lucha por la libertad; la marcha que tocaban sus tropas durante los hechos de 1820 siguió sonando como himno revolucionario, a lo largo del siglo XIX. Y fue declarada himno nacional de España por la Segunda República (1931-39) que, como la Marcha de Granaderos, carece de letra oficial.

  1. Juan Martín Díaz, el Empecinado (1775/1825). Gran guerrillero, enjaulado por la inquina del indeseable Fernando II

Guerrillero de la Independencia, hijo de un labrador acomodado de Castilla tenía experiencia como soldado desde que combatió contra la Francia en la Guerra del Rosellón (1792-95). Posteriormente, su animadversión contra los franceses le llevó a realizar alguna operación de sabotaje en la época en que Francia era aliada de España, y tras el levantamiento popular de 1808, consciente de la dificultad de vencer al poderoso ejército napoleónico en campo abierto, organizó partidas de guerrilleros que hostigaron continuamente a los franceses con pequeñas acciones rápidas que dificultaban las comunicaciones, amparándose en el conocimiento del terreno. Cuando recuperó el trono Fernando VII, restauró el absolutismo rechazando la obra de las Cortes de Cádiz. El Empecinado se declaró partidario del liberalismo y reclamó al rey que aceptara la Constitución de 1812. Lejos de ello, Fernando VII le confinó en Valladolid, pero tras el pronunciamiento de Riego (1820), trabajó para el Gobierno y estuvo en la resistencia contra la nueva invasión francesa. Tras la derrota se exilió a Portugal, de donde al regresar fue detenido y encarcelado en el castillo de Roa, fue conducido dentro de una jaula al patíbulo. Tenía 50 años y no sabía lo que era la vejez: un hombre honrado, un patriota, un corajudo dirigente de soldados que él mismo formó.

  1. Federico García Lorca (1898/1936). Fusilado a los 40 años, gloria de la Literatura universal

En el transcurso de la «Edad de Plata» (1900-1936), la literatura española recuperó su dinamismo innovador que parecía perdido desde su Siglo de Oro. Tal periodo tuvo su culminación en la obra poética de la Generación del 27, así llamada por el rebelde homenaje que sus miembros rindieron a Luis de Góngora con motivo de su tercer centenario. En 1921 publicó su primera obra en verso, Libro de poemas, con la cual, a pesar de acusar las influencias románticas y modernistas, consiguió llamar la atención. El reconocimiento y el éxito literario de Federico García Lorca llegó con la publicación, en 1927, del poemario Canciones y, sobre todo, con las aplaudidas y continuadas representaciones en Madrid del drama patriótico Mariana Pineda. Su plena madurez llegó con el Romancero gitano (1928), que obtuvo un éxito inmediato. La casa de Bernarda Alba, considerada su obra maestra, fue también la última, ya que ese mismo año, al estallar la Guerra Civil española (1936-1939) que llevaría a la dictadura de Francisco Franco, fue detenido por las fuerzas más retrógradas y fusilado diez días más tarde, bajo acusaciones infundadas por ser poeta librepensador y personaje susceptible de alterar el «orden social». Su asesinato causó una honda conmoción internacional y convirtió al artista en el trágico símbolo de la brutal intolerancia del fascismo. Con 40 años a su muerte, García Lorca encarna la juventud creadora. No cabe imaginar cómo habría sido su vejez después de los iniciales éxitos de juventud, cuando ya empezaba a disfrutar de homenajes y reconocimientos.

  1. Ramiro de Maeztu (1875/1936). Nacionalista español, fusilado sin juicio previo al comienzo de la Guerra Civil

Escritor relacionado con la Generación del 98, su ideario inicialmente progresista desembocó en una defensa a ultranza del nacionalcatolicismo. Descendiente de vasco y madre inglesa, pasó su juventud en París y luego en Cuba. De regreso a España en 1894, se dedicó al periodismo y mantuvo una fecunda relación con figuras de la Generación del 98 como Azorín y Baroja. En los artículos de su primera época, reunidos parcialmente en el volumen Hacia otra España (1899), defendió con vehemencia tesis regeneracionistas influido por el individualismo de Nietzsche y por sus simpatías hacia el socialismo marxista. Asimismo, en la novela La guerra del Transvaal y los misterios de la banca de Londres (publicada por entregas en 1900-1901), opuso los anhelos de libertad y justicia a favor de los colonos holandeses contra la explotación británica. De 1905 a 1919 permaneció como corresponsal en Londres, donde entró en contacto con la sociedad fabiana y escribió conferencias como “La revolución y los intelectuales” (1910). Murió en 1936 fusilado, sin juicio previo, por el extremismo de la Segunda República, a los 61 años. Un extremismo, tolerado por Niceto Alcalá Zamora en su presidencia del Gobierno provisional (la quema de iglesias en mayo de 1931), y permitido a gran escala por Manuel Azaña, sobre todo al comienzo de la guerra civil con el terror de los paseos y fusilamientos de tanta gente.

Terminamos así la referencia de los diez decapitados y fusilados, no sin sentir un dolor más que considerable, por la pérdida que significaron esos crímenes, por la desaparición de un capital humano irrecuperable.

Y como siempre, el autor espera los comentarios de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

 

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario