Un gatillazo

923162_488218771248094_258477131_nHablábamos hace no mucho de la impotencia y cuáles podían ser sus causas más habituales. Quienes creían que ahí acababan mis comentarios, iban listos. Señoras y señores, seguimos para bingo: hoy veremos que la impotencia provoca determinadas reacciones y efectos en la vida de pareja. Según Kaplan, “no existe ninguna otra condición o trastorno sexual potencialmente tan frustrante, humillante y traumatizante como la impotencia. En casi todas las culturas y grupos sociales, gran parte de la autoestima varonil se basa en la capacidad de erección; en consecuencia, la aparición de problemas de impotencia suele conllevar conflictos depresivos derivados  de la pérdida de autoestima”.

La mayoría de los hombres reaccionan con profunda consternación ante los trastornos eréctiles, en parte debido a los valores culturales asociados a la propia erección. En general, las consecuencias de esa disfunción son bastante negativas, aunque algunos creen que un fallo lo puede tener cualquiera y no le dan más importancia o tratan de achacar la responsabilidad a causas externas. Sólo un porcentaje limitado de hombres (y en especial de parejas) entienden que la sexualidad no consiste sólo en un buen pene erecto, sino en una relación más amplia y personal, por lo que valoran de forma más adecuada la importancia real de los problemas.

Por supuesto, en una buena relación es deseable un pene erecto, pero ni la falta de éste supone una negación completa de la sexualidad, ni el tratar de exigir su presencia implica que puedan hacerse esfuerzos voluntarios para conseguirlo. Por ello, si no se relativiza el valor de estos episodios y el individuo se preocupa de forma constante por su “fallo”, es fácil que esta preocupación abone le terreno para que, con posterioridad, el problema se vuelva habitual.
Para tranquilidad de todas y para reducir el odio que estoy despertando entre los señores, he de remarcar que fallos ocasionales los tienen casi todos los hombres. Todos o un elevadísimo porcentaje de los hombres han experimentado alguna vez un gatillazo, consecuencia de circunstancias no mucho más importantes que el cansancio físico, el efecto del estrés laboral o de una gripe, el haber bebido alcohol, el haber comido en exceso, la falta de intimidad o la adaptación a una nueva pareja sexual. De igual modo que lo experimentan en su mayoría, todos ellos lo negarán y dirán que “jamás le había pasado antes”. Nunca, pero nunca, es “el” gatillazo sino “un” gatillazo… ¿Para cuándo un tema de Paquirrín sobre este asunto? El estribillo puede ser muy conmovedor.

Tan importante como la reacción del hombre puede ser la de la pareja, en especial si es estable (hablo de la relación, no de la persona; aunque casi nadie lo es, por cierto). Estas reacciones son muy variadas: desde aquellas mujeres que manifiestan sus exigencias al hombre, a las que intentan culpabilizarle atribuyéndole supuestas relaciones extramatrimoniales, acusarle de una presunta homosexualidad o reprocharle una pérdida de interés por ella, pasando por las que se auto incriminan y se señalan como responsables del problema, porque las hay con un notorio afán de protagonismo. En las parejas gays con hacerse megapasiva, listo.

La impotencia suele ejercer un efecto muy negativo sobre la estabilidad de la pareja, propiciando la aparición de dudas y tensiones, cuando no conflictos abiertos y mutuos reproches. Es verdad que una relación de pareja no puede apoyarse exclusivamente en aspectos sexuales, pero con frecuencia tampoco parece sobrevivir a su falta. La evaluación del problema, más que el problema en sí, es determinante para que la pareja considere que su vida sexual está anulada o que hay muchas maneras de disfrutar de la sexualidad y pasen a desarrollar actividades alternativas. Y por alternativas no me refiero a irse al monte a coger setas sino a familiarizarse y apasionarse con las prácticas en que no es imprescindible la intervención y presencia de un pene erecto.

En este punto conviene señalar que los problemas de impotencia no implican la existencia de problemas de personalidad profundos, como en muchos casos se ha supuesto. Las personas con impotencia pueden ser, en las demás esferas de su vida, perfectamente normales y estar adaptadas. Parece que la explicación más plausible es que la impotencia es una respuesta aprendida dadas las condiciones o determinantes ambientales y sociales en los que el hombre ha puesto en práctica su respuesta a la excitación sexual.

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