La economía de la Eurozona va consolidando su recuperación

Pese a las enormes incertidumbres desatadas por el Brexit, Trump y las amenazas populistas, la economía de la zona del euro está mostrando una gran resistencia y continúa avanzando con firmeza hacia la recuperación. Las recientemente publicadas Previsiones económicas de primavera de la Comisión europea vienen a ratificar ese cuadro optimista, que numerosos datos de coyuntura ya apuntaban.

La Comisión pronostica un respetable crecimiento del PIB en la zona del euro del 1,7 % en 2017, que ascenderá al 1,8 % en 2018 (revisando así ligeramente al alza las previsiones de invierno). Mirando hacia el pasado, se encadenan ya 15 trimestres consecutivos de crecimiento. El crecimiento logrado en el primer trimestre de este año más que duplica el débil dato de Estados Unidos.

La recuperación ha logrado por fin apoyarse en la demanda interna, en particular el consumo. Pese a que su poder adquisitivo no aumenta demasiado, e incluso se ve amenazado por el repunte de la inflación, la recuperación del empleo y el descenso de las tasas de ahorro están permitiendo que las familias europeas aumenten el gasto. Políticas que ayudasen a reequilibrar la distribución de la renta a favor de los salarios harían más sostenible esta recuperación del consumo privado.

La inversión privada, por el contrario, aumenta de forma sorprendentemente débil dada la fase del ciclo que atravesamos. Pese a la recuperación de los beneficios empresariales y el mayor acceso al crédito bancario, unas perspectivas de futuro inciertas y la necesidad en algunos casos de seguir desendeudándose lastran todavía la inversión. Las políticas para reactivarla, como el insuficiente Plan Juncker, deberían ser reforzadas. La inversión pública, por su parte, sufre todavía las consecuencias de unos esfuerzos de consolidación fiscal erróneamente centrados en disminuirla, como puede verse en el caso español.

Otra buena noticia consiste en que la recuperación se haya ido extendiendo geográficamente y ya llegue a todos los Estados miembros, excepto Grecia (que acaba de volver a la recesión). No obstante, aunque más sólida y amplia, sigue siendo una recuperación desigual. Entre los casos positivos destaca el de España, para quien la Comisión ha revisado al alza medio punto (hasta el 2,8%) su previsión de crecimiento para 2017. En el extremo contrario, Italia se va perfilando como la mayor amenaza para el futuro de la eurozona: la producción lleva años estancada, la deuda pública es enorme, el sector bancario tiene graves problemas y existen fuerzas populistas en alza.

Más allá de la producción, el resto del cuadro macroeconómico de la eurozona también arroja datos tranquilizadores. En los próximos dos años, se pronostica una creación de empleo que devolvería la tasa de paro a los niveles previos a la crisis. En la zona del euro, se prevé que disminuya hasta el 9,4 % en 2017 y el 8,9 % en 2018. El déficit público sigue disminuyendo en el conjunto de la Eurozona, gracias sobre todo al efecto de la recuperación en los ingresos y a los moderados tipos de interés. Se estima que el déficit bajará al 1,4 % del PIB en 2017 y al 1,3 % en 2018. La inflación aumentará del 0,2 % en 2016 al 1,6 % en 2017 y al 1,3 % en 2018, dejando atrás las amenazas deflacionistas como consecuencia de la subida del precio del petróleo. Tampoco se aprecian desequilibrios externos, pues se pronostica superávit.

Por supuesto, no todos los nubarrones negros han desparecido del horizonte. La elevada incertidumbre ha comenzado a despejarse, gracias en buena medida al resultado de las elecciones francesas, pero siguen existiendo riesgos como la política comercial que pueda poner en práctica Estados Unidos, el resultado final de las negociaciones del Brexit o los diversos focos de tensiones geopolíticas. A más largo plazo, asoman asuntos de calado, como el escaso crecimiento de la productividad en Europa o el envejecimiento demográfico.

Dada la situación actual, una retirada de los estímulos del BCE sería prematura. La zona del euro no ha dejado atrás todos sus problemas. Sin embargo, el panorama económico ha mejorado claramente. Los agoreros que se frotaban las manos celebrando el final del euro y la desmembración de la Unión Europea se han equivocado rotundamente. Las nuevas políticas comunes deberán tener ambiciones más altas que simplemente evitar un colapso. Europa todavía tiene mucho que decir al resto del mundo en todos los ámbitos, si encuentra dentro de sí la voluntad necesaria.