Lo que nos jugamos en las elecciones francesas

Las elecciones presidenciales francesas están a punto de celebrarse, con una primera vuelta programada para este domingo 23 de abril y una casi segura segunda vuelta (entre los dos candidatos que hayan obtenido más votos en la primera) el 7 de mayo. Están siendo unas elecciones atípicas. Los dos grandes partidos, republicano y socialista, que han gobernado Francia desde la fundación de la V República en 1958, podrían ver como sus candidatos ni siquiera pasan a la segunda vuelta.

Ya las propias elecciones primarias para seleccionar a esos candidatos resultaron sorprendentes. En las del partido republicano perdieron figuras de autoridad, como el antiguo presidente Sarkozy y el ex-primer ministro Alain Juppe. En las primarias socialistas, el presidente Hollande decidió (en vista de su impopularidad) ni siquiera presentarse a la reelección y otro antiguo primer ministro, Manuel Valls, fue rechazado.

Este intento de marcar distancias respecto al establishment por los partidos que mejor lo representan no parece que vaya a servirles de mucho. El candidato socialista, Hamon, no llega ni al 10% de los votos en la mayoría de las encuestas. Por su parte, el candidato republicano, Fillon, ha visto sus perspectivas seriamente dañadas como consecuencia de un escándalo, debido al uso de fondos parlamentarios a favor de su familia más directa.
El enfado de los ciudadanos franceses con sus dirigentes tradicionales tiene raíces similares al de otros países occidentales. En parte se debe a causas económicas. El crecimiento económico ha sufrido las consecuencias de la crisis y es débil desde hace tiempo. Ese escaso aumento de la renta se reparte además desigualmente: el desempleo alcanza el 10%, elevándose en el caso de los jóvenes hasta el 25%. Aquellos que encuentran empleo lo logran generalmente mediante contratos temporales de corta duración. Sin embargo, las causas económicas no son las únicas. El rechazo a la inmigración ha calado en un país que alberga la mayor comunidad musulmana de Europa, ha sufrido repetidos ataques terroristas y se ha visto obligado a declarar el estado de emergencia.

Quien mejor ha sabido explotar estas inseguridades es Marine Le Pen, la candidata del Frente Nacional, una política ambiciosa que no ha dudado en abrirse camino matando políticamente a su propio padre. Su discurso combina los ataques a la inmigración con las diatribas contra la Unión Europea y la globalización. Según ella, la culpa de todos los males la tienen enemigos exteriores, frente a los que piensa proteger a los franceses. Las soluciones: más barreras a la inmigración y al comercio internacional, incluso la vuelta al franco y un referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea. Todo ello aderezado con diversas propuestas económicas inconsistentes entre sí, que pretenden contentar a todo el mundo: un descenso de la edad de jubilación, más gasto social y militar, bajadas de impuestos…

El programa de Le Pen es tan absurdo como perjudicial, pero también lo era el de Trump. Los paralelismos son abundantes. La misma bestia populista asoma ahora su cabeza a este lado del Atlántico. El apoyo a Le Pen, como a Trump o al Brexit, se concentra en grupos con bajo nivel de estudios, fuera de las grandes ciudades y en zonas industriales decadentes. Es decir, entre aquellos que se sienten dejados de lado y traicionados. A tales colectivos, los eslóganes agresivos, las soluciones drásticas aparentemente sencillas, incluso la rudeza de comportamiento y lenguaje, parecen agradarles, aunque provengan de millonarios disfrazados como Trump o Le Pen.

Las consecuencias de una victoria de Le Pen serían tan catastróficas que cuesta contemplarlas con ecuanimidad. La caída de la cotización del euro, la subida de las primas de riesgo de la deuda, el hundimiento de las Bolsas y el riesgo de crisis bancarias serían los efectos probables más inmediatos. A la larga, no sólo convertiría a Francia en un país más pobre (en todos los sentidos de la palabra), también representaría la muerte de la Unión Europea. Ésta puede concebirse sin el Reino Unido, pero no sin Francia o Alemania. La venganza de Putin continúa desplegándose de forma inexorable. No en vano préstamos rusos financian la campaña de Le Pen. ¡Curiosos ultrapatriotas, que no hacen ascos a financiarse con dinero extranjero!

Emmanuel Macron, quien fuera ministro de Economía de Hollande, se ha ido revelando como la principal alternativa a Le Pen. Se presenta como candidato de En Marcha, un movimiento que él mismo fundó hace apenas un año. Su diagnóstico de los problemas y las soluciones que propone son radicalmente diferentes a las del Frente Nacional. Macron favorece la apertura exterior, el europeísmo, la innovación y la inmigración. En vez de rechazar el cambio, intenta encauzarlo.

Las elecciones están muy abiertas. De cara a la primera vuelta, Le Pen y Macron parecen casi empatados, ambos con porcentajes de voto que superan el 20%; pero un recuperado Fillon y Mélenchon (el candidato de la ultraizquierdista Francia Insumisa, que defiende sacar a Francia de la OTAN y un tipo máximo marginal en el impuesto sobre la renta del 100%) les siguen a sólo 3 ó 4 puntos de distancia.

Lo más probable parece una segunda vuelta entre Macron y Le Pen, que el primero ganaría cómodamente. En cualquier caso, el ganador no controlaría la Asamblea Nacional, cuyo concurso sería necesario para aprobar las reformas más radicales (como convocar un referéndum para salir de la Unión Europea).

Crucemos los dedos. Un Macron ganador, secundado en el futuro por Schulz desde Alemania, podría revitalizar la Unión Europea, el proyecto que ha hecho posible la paz y prosperidad del continente durante sesenta años. Que británicos y estadounidenses hayan sucumbido a los irracionales cantos del nacionalismo aislacionista no implica que en Europa debamos secundar su desafinada melodía. Mejor cantemos La Marsellesa, cuya letra ojalá resulte premonitoria:

“Temblad, tiranos y pérfidos,
oprobio de todos los partidos
¡temblad! ¡Vuestros planes parricidas
recibirán por fin su merecido!”