¿Está un robot a punto de quitarle el puesto de trabajo?

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El uso de los robots y, en general, de los procedimientos automáticos no cesa de ganar terreno en las sociedades avanzadas. Hoy los robots fabrican automóviles y ordenan almacenes, mientras algoritmos matemáticos deciden automáticamente las inversiones financieras más adecuadas. El debate social en torno a este fenómeno, hasta ahora de tono un tanto histérico, se centra casi exclusivamente en los puestos de trabajo que se podrían perder. El asunto merece ser contemplado desde una perspectiva más amplia, no tan maniqueamente negativa. Afortunadamente, los trabajos especializados de investigación suelen adoptar este enfoque más abierto. Tomemos como ejemplo las principales conclusiones del informe de McKinsey Where machines could replace humans—and where they can’t (yet).

Dicho informe se pregunta qué procesos laborales resulta técnicamente posible automatizar, con la tecnología hoy ya disponible. Esto no debe plantearse, como suele hacerse, en términos de la sustitución completa de puestos de trabajo. Un mismo puesto de trabajo implica el desempeño de diversas actividades, de las cuales algunas pueden ser susceptibles de automatización y otras no. En este sentido, incluso los puestos de trabajo más protegidos aparentemente de la mecanización, pueden verse afectados en parte. Según el informe de McKinsey, alrededor del 60% de todas las ocupaciones son susceptibles de ser automatizadas en, como mínimo, el 30%.

Es posible clasificar los sectores productivos en tres grupos: los que se verán más afectados, los intermedios y los menos afectados.  Entre los primeros destaca el sector industrial, muchas de cuyas actividades son repetitivas, predecibles y tienen un componente físico. Lo vemos ya en la fabricación de automóviles, por ejemplo. Los servicios de restauración y alojamiento también se encuentran dentro de este grupo: pedir, preparar y servir comida, retirarla y limpiar son actividades mecanizables (total o parcialmente). El sector del comercio acompaña a los anteriores: empaquetado, carga y descarga, logística y distribución, pueden robotizarse. Empresas como Amazon van marcando la pauta.

En el grupo intermedio se sitúan sectores como el financiero y el de seguros. En ellos, cerca de la mitad del tiempo de los trabajadores se dedica a recoger información, procesar los datos, preparar contratos… En tales actividades, la automatización puede liberar tiempo de procesos rutinarios, para dedicarlo a un mejor asesoramiento a los clientes. Otros sectores del grupo intermedio se basan en la actividad física o el uso de maquinaria, pero en entornos poco predecibles: es el caso de la agricultura y la construcción.

Los sectores menos susceptibles de ser automatizados son aquellos en los que la interacción humana es importante y que tienen un componente creativo. Destacan entre ellos la sanidad y la educación. No obstante, incluso en estos casos existe cierto margen para la automatización parcial. En el sector sanitario, una parte de las actividades consiste en recopilar y procesar datos, preparar comidas y distribuir medicinas. El sector educativo (donde ya proliferan los cursos online) incluye también ciertas actividades más rutinarias que se desarrollan fuera del aula, como trabajo administrativo, limpieza de edificios, cocina…

Es preciso realizar dos matizaciones importantes al análisis anterior. En primer lugar, el que sea técnicamente posible automatizar una actividad, no quiere decir que lo acabe siendo en la práctica. La automatización tiene un coste (en equipo y programación) que habrá que sopesar frente a las posibles ventajas en forma de reducción de otros costes, mayores ingresos o mejor calidad. En segundo lugar, estas tecnologías avanzan rápidamente. Mejoras (que parecen estar al alcance de la mano) en la comprensión del lenguaje humano por parte de las máquinas, aumentarían considerablemente el potencial de automatización.

Pensando a largo plazo, el resultado global de estos cambios debiera ser netamente positivo. La Historia nos enseña que, si bien el cambio técnico destruye unos empleos (generalmente anticuados, rutinarios, penosos y mal pagados) a cambio crea otros más cualificados. Los humanos seguiremos siendo necesarios para diseñar las máquinas, controlarlas y repararlas.

Los robots pueden ser una herramienta que libere a la Humanidad de tareas penosas y degradantes, dejando más tiempo para otras actividades (incluso no productivas). El ser humano está siendo convertido por la civilización actual en una simple pieza del enorme y complejo mecanismo productivo. Sin embargo, la vida podría vivirse más plenamente dejando un mayor espacio para el ocio, las relaciones personales, el arte, las humanidades y la creatividad. Keynes reflexionaba brillantemente en 1930 sobre cuestiones similares, en su delicioso ensayo Las posibilidades económicas de nuestros nietos.

Si hacemos mal uso de los avances científicos, siempre armas de doble filo, la culpa será de nuestros sistemas sociales (como otras veces en el pasado). No debería ser en los usos militares donde se aproveche de forma más completa el potencial de estas nuevas tecnologías. En palabras de Isaac Asimov: “El rasgo más triste de la vida actual es que la ciencia alcanza el conocimiento más deprisa de lo que la sociedad alcanza la sabiduría.”