Paloma mensajera

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La muerte de mí compañera de RTVE en Roma, Paloma Gómez Borrero me ha sorprendido por su rapidez no tanto como su mal, el “alieno”, tal y como denominaría mí entrañable Oriana Fallaci al mal del siglo, sino por su inesperado y dramático final. De todos los que con frecuencia la tratábamos en Roma, yo mismo casi todos los días, conocía el tumor maligno con el que combatía hacia muchos años y, creo, las operaciones quirúrgicas a las cuales se había sometido.

Lo siento, de verdad, como tantos otros de tus múltiples amigos. Al final “thanatos” nos iguala a todos en el tránsito hacia el infinito de la nada. Pero ello no impide el que tu biografía profesional, más que nada “hagiografía” transmitida a los medios de comunicación esté plagado de exageraciones y falsedades como enormes pedruscos estelares caídos en la tierra desde la infinitud de las estrellas ¡Qué yo he vivido la historia! y esa, para bien o para mal está ahí, grabada con el cincel de la verdad del tiempo.

El corresponsal en Roma de la RTVE era, por entonces, años setenta, José Luis Plaza, que no pudo ejercer porque un automóvil le llevó por delante en medio de la Gran Vía madrileña y le dejó maltrecho por un buen trozo de tiempo. Años más tarde, haría un divertido programa de gran éxito junto con el grande e inefable Amestoy. Allí, en Roma, había conocido a Paloma, que en Madrid, como cronista deportiva, hacía entrevistas en los vestuarios del Real Madrid. Estancias que combinaba con la ciudad italiana de Pisa, donde su marido, piloto militar, estaba destinado. También en Roma ayudaba a José Luis Plaza en sus menesteres profesionales.

Rafael Ansón, Director General de RTV, que fue quien me nombró Corresponsal Jefe en Roma y en toda el área del Mediterráneo, una de las primeras cosas en las que insistió fue si tu presencia en Roma me hubiera podido causar algún problema. Le contesté, naturalmente, que ninguno y que todo era cuestión de presupuesto y sabiendo que Paloma, opusdeista y amiga de los curas, quedaría tan a su gusto ocupándose del Vaticano. Meterse ahora con una muerta sería de vergonzoso estilo y muy lejos de mí talante sería el hacerlo. Celos de enfrentamientos profesionales son inevitables. Culpa mía, la mitad, compartida con Paloma, nos llevaron a que las cosas no fueran tan “fluídas” como esperábamos. A su marido le traté poco. Conozco a sus hijos, chavales estupendos y espero que sus nietos sigan por el mismo camino. Es indudable que, espero inconscientemente, me proporcionó un montón de dolores de cabeza, pero ¡a estas alturas pelillos a la mar!

Tu vida, Paloma, está llena de merecidos premios y reconocimientos, pero de todas formas nuestra profesión está malditamente plagada por la frustración. Indro Montanelli, con el que me unió una gran amistad ¡admirado maestro! y uno de los nombres más egregios del periodismo internacional del pasado siglo XX, opinaba que “los premios que por la misma pudiéramos recibir no deberían proceder nunca de nuestros colegas y añadía que “es una forma de autocomplacimiento que no sirve a nadie. La verdad es que de los colegas no recibes más que celos, a veces odio y tantas frustraciones. Sólo muy raramente, entre nosotros crece una auténtica amistad”.

Honoré Balzac, que nos conocía muy bien, escribió, con toda clarividencia, un pequeño ensayo de tipo un tanto panfletario, titulado, precisamente “Periodistas”, donde nos pone a parir ¡con toda la razón del mundo!
Ahora, por desgracia, todo ha acabado, todo ha terminado, como cantaba, con melodiosa melancolía, ¡Adiós, adiós! el trío “Los Panchos” en nuestros viejos tiempos y Lucho Gatica lo recalcaba en su “Reloj no cuentes las horas”.

También ahora, en este íntimo y postrer diálogo que tengo contigo, te contaré unas cuantas cosas, que, a lo mejor no sabes o tenías olvidado. Mientras tú andabas con los curas yo hacía alocados reportajes: por ejemplo, un día, cuando estaban a punto de desmontar los andamiajes después del “lavado” de la bóveda de la Capilla Sixtina, me encontré, frente a frente, con nuestra madre Eva en la escena en que Miguel Ángel la reproduce, en la bíblica “Huida del Paraíso”. La tentación que me recomía era la de posar mi mano sobre el pecho, espléndido y turgente de la primera mujer del Génesis. Y así lo hice presentándolo, más o menos con las siguientes palabras: “Pasarán, al menos otros quinientos años (el tiempo calculado por los peritos expertos en el tema, para un nuevo “lavado” de la bóveda) para que un mortal pueda tocar una teta de nuestra madre Eva ¡Pecado mortal, sacrilegio! me estigmatizó la Conferencia Episcopal española. Pero yo había conseguido lo que me había propuesto ¡hace ya tanto tiempo que lo tenía semi olvidado!

Pues no fue de menos que cuando hice un programa de San Francisco en la Basílica de Asís, donde Giotto reproduce, magistralmente, la vida y obra del “Poverello” ayudado por su compañera Santa Clara, algo así como la jefa de la “Sección Femenina franciscana”. Según la interpretación de nuestra españolísima y sectaria asociación episcopal, yo daba a entender que San Francisco andaba liado con Santa Clara. Lo cual podría ser verdad, Santa Clara era, sin duda, una jovencita muy agraciada y San Francisco no era de piedra. Son cosas estas, que te cuento, repito, en este diálogo intimo contigo. Espero que así lo intérpretes y perdonarás éstas mías diabluras.

A decir verdad Paloma escribió mucho, aunque en realidad, como sucede con frecuencia, tuviera sus “negros” que le corregían sus borradores torpes e indecisos. No reveló sus nombres porque son muy conocidos.

Si fuera posible, querida Paloma, compartiría contigo dolores y sufrimientos de tus últimos años. Descansa en paz. Yo, que como Oriana, no soy creyente y como ella me defino como “ateo cristiano”. Tú, siempre con los curas, fuiste una perfecta referencia de lo que debe ser católica, apostólica y romana. Y, por ello, me auguro, me gustaría creer que, ahora mismo, estés gozando de un puesto privilegiado al lado de ese Todopoderoso, “Gary Cooper que estás en los cielos”, aunque esté convencido, – ¿relativa o definidamente? -, que eso que llamamos alma no existe y es la invención más funesta de la historia de la humanidad. Henry Marsh, científico de resobrada fama internacional, después de haber pasado toda su vida operando cerebros, afirma que no ha encontrado traza de ella y todo es debido a una serie concatenada de ciertos y desconocidos elementos casuales presentes en cada individuo. Así que nuestro almario parece vacío de contenido y repleto de fantasía.

Querida Paloma, de verdad que te estimé mucho. Tu disponibilidad y simpatía hacían el resto. “Do ut des” (Te doy para que me des), dice un antiguo proverbio latino. “Io ti do una cosa a te, tu me dai una cosa a me”, es la forma que usaban los pueblos latinos, de esa manera tan sencilla, para expresar favores y contrafavores.

He de añadir que en tu hagiografía, falta un sucedido muy importante y que condicionó tu futuro. Me lo comunicó Enrique Vázquez, por entonces director de los Servicios Informativos, siendo José María Calviño Director General de RTVE. “Quiero que lo sepas, vamos a despedir Paloma de la Televisión Española”. Y, desde entonces y de forma irrevocable y definitiva dejaste de pertenecer a la plantilla de RTVE. Siempre pensaste que fue una trama urdida por mí, pero no era verdad, aunque nunca lo creíste. Quizás pudiera justificar o entrever su causa, pero nunca lo revelaré. Eso sí, recuerdo, sin duda con cierto embarazo por mí parte, que medio lloriqueando recogiste tus cosas y abandonaste tu despacho. Son cosas que pasan, así que yo tuve que encargarme también del Vaticano. Y comenzaron las broncas presididas por las siete veces, siete, que el portavoz del Papa polaco Navarro Vals, numerario de la Obra del exmarqués de Peralta, Monseñor Escrivá de Balaguer, el “santo con gafas” (Paco Umbral) me excluyó de los viajes de Juan Pablo II. Un personaje este Navarro Vals muy típico de los acérrimos opusdeistas. Se hablaba entonces, no sé con cual fundamento, de algo muy curioso. Mira, está muy bien que uno se rasque cuando le pica la espalda, pero el maltratarse con sangrientos cilicios y artilugios varios, en señal de penitencia por los pecados del hombre, me parece exagerado. Como exagerado me perece las siete veces que me excluyó del avión papal. No obstante el Director General de RTVE, José María Calviño insistió que yo siguiera los viajes del Pontífice Romano por líneas aéreas regulares, contratando equipos (cámara, sonido…).

Pese a lo que pese, la vida, aquí abajo, querida Paloma, continúa con sus avatares, tolvaneras y polveradas escritas, con indelebles grafismos, en el infinito misterio del tiempo y del espacio.

Por ejemplo a mí la Pilar Míró, la de las bragas de oro, me despidió de corresponsal por el método del General Franco, esto es, por telegrama, en este caso específico por teletipo.

Estés donde sea, espero que a la derecha del Todopoderoso, me gustaría que supieras una cosa. Precisamente y coincidiendo con la visita a Roma y al Papa de nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Wojtyla me llamó aparte y me dijo que si no tenía inconveniente el seguirle a su despacho personal. Embarazado por tan insólita invitación le contesté “naturalmente Santidad”. Frente a frente y, repito, en su despacho personal, el hombre más importante del mundo y un mísero periodista. Fueron más de tres cuartos de hora de intenso coloquio. Recuerdo perfectamente sus palabras: “Yo sé todo de usted, pero usted no sabe nada de mí” y diciendo a mí equipo que se retirara, prosiguió añadiendo que podía hacer uso de nuestro encuentro, pero que preferiría que permaneciera reservado y así lo hice y conservaré el secretismo mientras viva. Le pregunté de todo, hasta de los “campos de exterminio nazistas”,… a dos leguas de sus narices… de Pinochet… Con toda parsimonia respondió a todas mis dudas y preguntas. Quedé conmovido con sus respuestas. Repito que le prometí no revelar nada de nada y he cumplido con absoluto rigor aquel prometido pronunciamiento. Desde entonces y para siempre Juan Pablo II, estará en la cúspide de mis afectos y recuerdos. Aquel féretro de simple madera de pino en medio de la Plaza de San Pedro me conmovió casi al límite del llanto. Si existe Paraíso, allí tendrás que estar, lo mereces más que nadie. “Bendito seas”.

Lo mismo que a ti, mi querida Paloma. Estas son cosas que me gustaría y debería aclarar en estos momentos, el de tu maldita muerte casi repentina. Vaya con ello todo el sincero sentimiento del que soy capaz y tú bien sabes que es cierto.

En la “Puerta Estrecha”, uno de los más grandes novelistas del pasado siglo, Andrè Gide, y en su novela del mismo nombre, afirma que al final, como proclama San Agustín, todos nos vemos avocados a pasar por “La Puerta Estrecha”. Lo que cuenta es la rectitud moral.

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