La oleada

Declaro, de antemano, mi más radical ignorancia sobre las que se mantienen las ilusiones, las desgracias, las esperanzas, de esos casi trescientos veinte y un millones y medio de población multiétnica, con derecho de ciudadanía, que tienen establecido su domicilio dentro o fuera de los límites fronterizos de su territorio. Un inmenso trozo de nuestro planeta 9.834.000 km2 de los que sólo Alaska ocupa 1.718.000 km2.

Me doy por enterado que su Constitución, es anterior a la que generó la Revolución Francesa en 1789 y que nació del deseo de los “padres peregrinos” de crear una nueva nación, en las colonias inglesas del Norte de América.
La historia, que cuenta con las diversas narraciones de sus más directos protagonistas, nos asegura la tantas veces repetida odisea, del celebérrimo viaje, al límite de la heroicidad, en el antiguo barco mercante “Mayflower”, y de su travesía, sobre las procelosas aguas del Atlántico, después de sesenta y cinco días de navegación. Su asentamiento más tarde en muy repetidas ocasiones y, como puritanos y practicantes religiosos que eran, con La Biblia entre sus manos. Era el año de 1620 cuando el cuando el pequeño barco mercantil llega a la costa de la bahía del que más tarde sería Massachusetts, uno de los cincuenta estados que componen los actuales Estados Unidos. Al año siguiente, en el 1621, se estableció el “Día de Acción de Gracias”, fiesta nacional, en conmemoración por la recogida de la primera cosecha.

La grande historia de este país, política y estratégicamente el más influyente del mundo, está repetidísimamente explicada al alcance de cualquier enciclopedia. Bastaría repasarla, por ejemplo, en la que supongo un tanto olvidada, “Historia de los Estados Unidos”, la obra del francés André Maurois.

Pero “La Oleada”, a la que hace referencia la titularidad de estas mal hilvanadas líneas, es la que se ha venido encima con la inesperada victoria de Donald Trump que ya es de hecho el 45 Presidente de “Los Estados Unidos”. Tanto en el “Senado”, como en la “Cámara de Representantes”, tiene mayoría absoluta y su primer aliado, en el terreno internacional, es Vladimir Putin el presidente de la Federación Rusa, no sólo y territorialmente el más extenso país de Europa, sino, también, el más potente en fuerzas estratégicas y recursos naturales
Los sondeos de opinión, nuestra mal parada profesión, los grandes medios de información…se han pegado un inmenso batacazo al pronosticar, como segura y próxima ocupante de “La Casa Blanca”, a la Señora Hillary Clinton, pero la del peinado al “spray” constante y horrorosamente “laqueado”, tal que no se la mueve ni un pelo por más que mueva, de acá para allá, su loca cabecita, ha tenido que admitir, con tremendo cabreo, su derrota electoral. Por empatía cinematográfica con Clint Eastwood el gran actor y, seguramente, el más entusiasmante director de esa fábrica de ensueños y de sueños que es el sagrado santuario de Hollywood, con un mayúsculo escándalo por parte de sus colegas, apostó siempre por Donald Trump y acertó.

No creo que unas cuantas promesas de actuación, durante la campaña electoral, del nuevo presidente USA, sean tan desacertadas como se nos quiere hacer creer. Por ejemplo, la inmediata expulsión de USA de inmigrantes clandestinos con antecedentes penales, la “casi declarada comercial” a China que está enmierdando el mercado internacional, con sus productos alimentarios y plásticos, todos contaminados, de pésima calidad. Declaración sensata me ha parecido, al mismo tiempo, la intención, que seguramente convertirá en realidad, de que los Estados Unidos no se gastarán ni un dólar en la NATO y que ahorrarán los gastos que su pertenencia pudieran ocasionar. La OTAM, la NATO o cómo demonios queramos llamar a esta alianza nació como contraposición del Occidente al soviético “Pacto de Varsovia”. Plataformas de misiles rusos contra plataformas de misiles de los países del Occidente europeo. Obsoleto. Parece un juego de niños.

Pero existe algo que, a mí, se me presenta, como fundamental y novedoso en el universo de las futuras relaciones internacionales. La victoria electoral de Trump es y creo que será, lo espero vivamente, la derrota del comunismo. El sistema comunista, las llamadas izquierdas progresistas sólo han producido miserias y regímenes indecentes. La progresía izquierdosa ha dejado de ser el evangelio de la verdad. El que yo, personalmente, no concuerde con el programa político de la señora Marine Le Pen es otra cosa.

Siempre me he considerado y juzgado como un viejo, quizás anticuado, liberal, al estilo británico y mi modelo político es Sir Winston Churchill. Y si mis opiniones sobre Donald Trump hayan causado juicios adversos tachándome de “facha”, la importancia que pudiera dar a tal aseveración, sería la del cero absoluto.
Además hay dar tiempo al tiempo. Una cosa son las declaraciones, al borde de la más soez grosería de la campaña electoral y otra la seriedad y buen tino y prudencia y firmeza con el que, esperemos, aferre el timón y la bitácora, de la gran nave americana. Por de pronto y con esta trayectoria es indudable que ha llegado al corazón de su pueblo. Lo que ignoro es si lo ha hecho sólo con instinto, con olfato, o lo tenía todo estudiado y bien pensado de antemano.

Ahora, él lo sabe perfectamente y conoce, de la A a la Z, el diccionario de la persuasión y esperemos que elija válidos y competentes colaboradores, ministros, embajadores…

Todo eso de las manifestaciones populares de “éste no es mi presidente” y cosas por el estilo no son más que simples bagatelas lanzadas por la rabia y desilusión de los perdedores. La historia nos enseña que, al final, el pueblo norteamericano, cuyo patriotismo está indeleblemente grabado en su código genético, responderá, como un racimo, alrededor de su Presidente. Lo ha hecho siempre que ha tenido ocasión de demostrarlo ¿Y si estamos en los albores de una formidable legislatura en “Los Estados Unidos? Yo no creo que Donald Trump sea ningún desaprensivo. Lo ha demostrado ganándose a pulso, uno a uno, a los millones de americanos que, votándole, le han dado razón.

Nos ha tocado vivir en un mundo plagado, al infinito de desastres. Y esto ha ocurrido, desde el principio de la aparición, en la amplitud de su área universal, de ese malvado y perverso y despreciable bípedo, llamado hombre.
En la lejanísima hipótesis que hubiera tenido derecho al voto, todavía ignoro el destino final de mi papela. Desde luego lejos de las manos de la repelente Hillary ¿Donald Trump? Lo ignoro, quizás, a lo mejor, no estoy seguro.
De todas formas hay que dar tiempo al tiempo. Porque, para comenzar, esto es innegable, el nuevo Presidente de “Los Estados Unidos”, ha dado trabajo a centenares de miles de desocupados. Me parecen algo más que estimables, sus promesas políticas sobre la inmigración. Creo que es un gran patriota y que ama profundamente a su país. El miedo, que ha causado en las redes sociales tachándole de personaje grotesco, lo estimo, por ahora, un poco exagerado. La bolsa ha respondido favorablemente ¿Y si resulta que el 45 Presidente de “Los Estados Unidos” acaba convirtiéndose en un “gran y estimable Presidente”? El mundo entero le estaría reconocido y podría irse a la cama, con unos bellos, “sogni d’oro” (“sueños de oro”), como se augura por estos lares al darse las buenas noches… ¡Ojalá tenga razón por el bien de todos! Y… si Dios quiere.

“Si un dios ha creado este mundo, no quisiera ser ese dios: la miseria del mundo me despedazaría el corazón” (Arthur Schopenhauer)

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