La salud de los bancos

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La salud del sector bancario sigue dando que hablar. El Fondo Monetario Internacional (FMI) lo está poniendo estos días en evidencia durante sus reuniones de primavera. Para la banca europea en particular, el organismo pide una mayor consolidación del sector. Es decir, más fusiones. Hay muchos bancos, demasiados, y hay además un exceso de capacidad según algunos analistas, exceso que no ha sido corregido a pesar del esfuerzo de mejora de la eficiencia desarrollado a lo largo de estos últimos años, durante los cuales algunos países han amortizado el 30% de su estructura bancaria, es decir, sucursales y personal sobrantes. Proceso que, por cierto, está por lo que se ve bastante lejos de haber alcanzado sus objetivos principales.

Las fusiones bancarias que se han desarrollado hasta la fecha han contribuido a resolver problemas puntuales de índole nacional, es decir, dentro de los Estados. España ha sido uno de los países más activos en esta materia debido a la quiebra de numerosas entidades, básicamente cajas de ahorros, muchas de las cuales se metieron en el negocio inmobiliario con más afán expansionista que acierto comercial y gerencial o financiero. Pero en el futuro, incluso en el futuro inmediato, Europa tendría que impulsar un proceso de consolidación bancaria a nivel supranacional, es decir, mediante fusiones transnacionales, en las que participen entidades bancarias de países distintos.

El objetivo es posiblemente necesario y hasta imprescindible, y forma parte de esa anhelada Unión Bancaria que vienen pregonando los dirigentes de la UE desde Bruselas, con más entusiasmo que acierto. Los avances de la Unión Bancaria han sido más bien escasos hasta la fecha. La salida de Gran Bretaña de la UE puede suponer una ralentización de estos intentos de creación de un mercado europeo bancario más unido, en el que los ciudadanos de la Unión puedan disponer de los servicios bancarios en condiciones similares a lo largo y ancho de la UE.

Pero hay al menos dos obstáculos importantes para ello, además de las veleidades políticas de cada Gobierno de la UE, que tenderán a dificultar las uniones entre bancos de distintos países si alguno de ellos no está conforma con el papel que puedan desempeñar las entidades nacionales en ese tipo de procesos.

El primero de esos obstáculos es la enorme masa de créditos malos, enfermos, en situación de morosidad. En el caso de España, esa tasa de morosidad está todavía en el 9,1% del pasivo bancario total, cifra que resulta excesiva. A nivel europeo se manejan cifras del entorno del billón de euros, con cuantías especialmente alarmantes en países como Italia o la misma Alemania. Afrontar la amortización de estos enormes volúmenes de crédito de difícil o imposible recuperación es una de las tareas más difíciles que tiene por delante el sector bancario europeo. Es una dificultad importante para los avances en la Unión Bancaria europea porque resulta difícil que los países se pongan de acuerdo a la hora de asignar los costes de amortización de esas importantes masas de crédito irrecuperable, con las que nadie quiere cargar.

Un segundo obstáculo para la Unión Bancaria (aunque realmente debería ser una oportunidad) reside en la rápida evolución de la tecnología y su impacto en los procedimientos con los que opera el sector, con el agravante de que el impulso tecnológico está provocando la aparición de nuevos competidores, con reglas diferentes y no sometidos a ninguna regulación similar a la que afecta a las entidades estrictamente financieras.

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