El increíble narigudo que olfateaba el metro de Nueva York en busca de peligros

En los últimos tiempos, con la llegada de una nueva tecnología surge un terrible pánico generalizado entre aquellos que piensan que quizá al día siguiente un robot puede reemplazarle en su puesto de trabajo. La ecuación es siempre la misma: un avance futurista precede al riesgo inminente de que algún gremio profesional pierda su curro. Que si a este paso no va a quedar ni un solo empleado en las cadenas de montaje, que si los robots acabarán haciendo esto y esto otro, que si también peligran los trabajos creativos… Y no falta razón. Alguien que lo tendría crudo para continuar con su labor profesional, con la feroz competencia que le plantea la tecnología, sería James Kelly, el tipo que con su prodigioso olfato cuidaba de los pasajeros del metro de Nueva York en los años 20.

Si ahora todo tipo de sensores, un complejo sistema de videovigilancia y otras tantas innovaciones controlan cada movimiento en las profundidades de los rascacielos para evitar el más mínimo riesgo, a comienzos del siglo XX era necesario utilizar otro tipo de artimañas. Sí, mucho más rudimentarias, pero no por ello menos eficaces. Porque la nariz de ‘Smelly’ Kelly (el ‘maloliente’ Kelly), como le conocían en aquella época, resultaba infalible.

Su trabajo consistía en caminar unos 16 kilómetros diarios por los túneles por los que circulaban los trenes del metro neoyorquino con el objetivo de detectar alguna posible fuga de gas o algún otro contratiempo que pudiera poner en peligro tanto el servicio como a los pasajeros que utilizaban ese medio de transporte. Así fue como el narigudo de Kelly llegó a convertirse en toda una leyenda de la época.

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Tanto es así que Robert Daley dedicaba un capítulo entero a James en su libro ‘The World Beneath the City’, publicado en 1959, donde contaba cómo este peculiar trabajador del suburbano de Nueva York se percató de sus prodigiosas dotes olfativas. Nacido en 1898 en Irlanda, comenzó a trabajar con su tío a los 16 años en una empresa que se dedicaba a la excavación de pozos. El cometido de nuestro protagonista entonces era, como imaginaréis, detectar dónde estaba el agua.

De ahí se desplazó a la ciudad de los rascacielos, donde en 1926 empezó a trabajar en la Autoridad de Tránsito. Allí le encargaron la compleja tarea de detectar posibles fugas en las entrañas de la ciudad, algo para lo que Kelly decía que solo eran necesarios “oídos rápido, buena nariz y los mejores pies”. Él contaba con esos tres factores para desempeñar esa labor.

Como cuenta Daley en su libro, para demostrar sus habilidades se ofreció a localizar una fuga de aguas residuales tras una pared que los ingenieros no lograban situar con exactitud. ‘Smelly’ Kelly dijo que treinta minutos serían suficientes para que encontrase el lugar donde se encontraba la tubería y los operarios pudieran proceder a repararla. Y así lo hizo. Por este motivo, y por alguna que otra hazaña en su haber, consiguió escalar puestos y hacerse con un trabajo mejor, hasta el punto de que tenía su propio equipo.

Con ellos recorría kilómetros y kilómetros durante todo el día tratando de detectar posibles fugas que se manifestaran, por ejemplo, a través de manchas en las paredes del metro. Para ello utilizaban no solo las habilidades de James Kelly sino también algunos aparatos que él mismo había diseñado. Por ejemplo, el equipo contaba con el Aquaphone. Se trataba del auricular de un teléfono al que había unido un alambre de cobre, de tal forma que al tocar con el extremo opuesto las bocas de incendios podía detectar si había alguna fuga de agua. Para esto también utilizaba un estetoscopio al que habían incorporado una varilla de acero; con este instrumento tan peculiar que apoyaba sobre el pavimento podía también decir si algo no iba adecuadamente bajo el suelo.

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Pero ahí no acababa todo. En un artículo de la época publicado por la revista ‘The New Yorker’ donde hablaban de las peripecias de ‘maloliente’ Kelly, relataban que no solo tenía un superpoder que le permitía detectar las fugas con su infalible olfato, sino que además podía localizar anguilas y peces que se habían colado en las tuberías con una tremenda facilidad. Por aquel entonces, antes de que situaran rejillas para proteger las tuberías, los peces se colaban en las cañerías causando problemas. Menos mal que estaba por allí el bueno de James.

Aunque sin duda, cuando dejó anonadados a todos los vecinos de Nueva York fue al detectar de dónde procedía el terrible hedor que se había esparcido por toda la ciudad. Con su prodigiosa nariz, fue capaz de situar el foco de tan detestable aroma en las proximidades del hipódromo ya derruido, donde los responsables de un circo que estuvo instalado allí habían pensado que sería buena idea enterrar el estiércol de los elefantes. Pero claro, aquello no fue una buena idea.

Con su infalible olfato y su ingenio, el bueno de James ‘Smelly’ Kelly acabó por convertirse en una auténtica leyenda de la ciudad de los rascacielos. Tanto es así que el libro de Dealy contaba que gracias a la aguda napia de este irlandés no se había producido ninguna explosión en el metro de Nueva York. Ahí es nada.

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Con información de Atlas Obscura, The New Yorker y People en Español

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