Humor rojo: el arsenal de chistes sobre comunistas que la CIA mantuvo en secreto

Una fiesta grande. Una fiesta pagana

Una fiesta grande. Una fiesta pagana |

Que la guerra no sea motivo de risa no quiere decir que no pueda reírse uno cuando está en guerra. Al menos si se trata de la Guerra Fría. No es que aquel conflicto fuera menos grave, pero sí que se recuerda con menor espanto que otros episodios bélicos del siglo XX. Al fin y al cabo no eran más que comunistas y capitalistas midiéndose las cabezas nucleares.

El espionaje y la mal llamada inteligencia también estaban a la orden del día. Agentes de un bando y otro se hacían con documentos del rival supuestamente ultrasecretos. Muchos aún se mantienen o han permanecido ocultos durante décadas, a veces sin motivo aparente. Es el caso de un puñado de papeles que la CIA desclasificó a mediados de enero. Entre ellos, esta joya: un par de hojas con chistes de la antigua Unión Soviética.

Un americano le dice a un ruso que los Estados Unidos son tan libres que se puede plantar delante de la Casa Blanca y gritar “al infierno con Ronald Reagan”. El ruso le contesta: “Eso no es nada. Yo puedo plantarme delante del Kremlin y gritar ‘al infierno con Ronald Reagan’ también”.

Ese es el nivel. Se desconoce la procedencia de los chistes o la época en que fueron recogidos. Tampoco se sabe el motivo, o si es que algo sucedió en su día que justificara la recopilación de bromas aparentemente irrelevantes para el curso del enfrentamiento.

Lo único que se puede deducir por la temática es que deben ser gracietas que se hacían en los años 80, en tiempos de la perestroika, una política de acercamiento al bloque capitalista (sobre todo en lo económico) que impulsó Mijaíl Gorbachov en la segunda mitad de aquella década.

Y hay otra cosa que está clara. El humor soviético tampoco era descacharrante que se diga…

Un trabajador haciendo cola en una licorería dice: “Ya estoy harto. Guárdame el sitio, que voy a disparar a Gorbachov”. Dos horas después, vuelve para reclamar su sitio en la fila. Su amigo le pregunta: “¿Lograste llegar hasta él?”. “No, la cola era aún más larga que aquí”.

En el repertorio de chanzas comunistas hay un poco de todo, desde el chascarrillo universal que entiende todo el que estudió lo básico sobre la Unión Soviética en el instituto hasta los chistes más internos, con referencias políticas que se le pueden escapar al no iniciado.

gorbachov

Gorbachov (dcha.) con cara de circunstancias tras oír el chiste sobre rojos “buenísimo” de su amigo Reagan (centro)

Es el caso del chiste sobre un tren en el que viajan Lenin, Stalin, Jrushchov, Brézhnev y Gorbachov. Se quedan sin vía y la locomotora se detiene. Cada dirigente reacciona a su manera. Lenin sugiere unir a todos los trabajadores para que construyan más raíles. Stalin ordena ejecutar al maquinista. Jrushchov rehabilita a los asesinados y ordena retirar las vías que han quedado atrás para volverlas a instalar delante. Brézhnev corre las cortinas y empieza a menearse hacia los lados, imitando el movimiento del tren.

El documento de un par de páginas que contiene los chistes, titulado “Chistes soviéticos para el DDCI” (siglas de Deputy Director of Central Intelligence, que es el subdirector o número dos de la CIA), es solo una aguja en el inmenso pajar de 13 millones de páginas que la CIA ha desclasificado recientemente. Por qué se han mantenido en secreto durante tanto tiempo (recopilación de bromas incluida) sigue siendo un misterio.

No es descabellado pensar que los mandamases de la inteligencia yanqui echaran mano de estas mofas sobre rojos para ser el alma de la fiesta en las reuniones y guateques ochenteros. Así, se imagina uno al gerifalte más engalanado de la CIA contando lo siguiente a sus colegas:

Un hombre entra en una tienda y pregunta: “No tendrás pescado, ¿no?”. “¡Te has equivocado, camarada”, responde la tendera. “Esto es una carnicería, aquí lo que no tendremos es carne. Hay una pescadería en la otra acera, allí es donde no tendrán pescado”.

Nada como reírse del desabastecimiento del bando contrario, cual mención hiriente a los supermercados y el papel higiénico de Venezuela en nuestros días. Tampoco está de más tener la artillería preparada por si se requiere un ataque más directo:

Una anciana acude al Gorispolkom [la autoridad local] con una pregunta, pero cuando llega el momento de que la atienda el oficial ha olvidado el propósito de su visita. “¿Se trata de su pensión”, pregunta el oficial. “No, me dan 20 rublos al mes, está bien”, responde. “¿Se trata de su apartamento?” “No, vivo con tres personas en una habitación de un apartamento comunal, está bien”, contesta. De repente se acuerda: “¿Quién inventó el comunismo? ¿Los comunistas o los científicos?” El oficial responde orgulloso: “¡Los comunistas, por supuesto!” “Eso pensaba”, dice la anciana. “Si lo hubieran inventado los científicos, lo hubieran probado antes en perros”.

Y, para cerrar, un chiste que te deje a ti mejor que a tu adversario. Algo de este tipo:

A un chocoto [habitante del noreste de Siberia] le preguntan qué haría si se abrieran las fronteras soviéticas. “Treparía al árbol más alto”, contesta. Cuando le preguntan por qué, responde: “¡Para no ser arrollado en la estampida de gente saliendo!”. Después le preguntan qué haría si Estados Unidos abriera sus fronteras. “Treparía al árbol más alto”, dice, “¡para ver quién es el primero suficientemente loco para venir aquí!”.

Chistes cual misiles y torpedos. Si la diplomacia y los ardides entre bambalinas fueron las armas de la Guerra Fría, amén de un teléfono rojo, tampoco es de extrañar que los prebostes de los bandos en liza anduvieran pertrechados con un auténtico arsenal de finas pullas.

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Con información de Sputnik News, Russia Today, Wikipedia y la mismísima CIA. La foto de los mandamases es de The Official CTBTO Photostream 

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