¡Que renuncie por carta!

Hasta el 14 de mayo de 1973 (el domingo hizo cuarenta años), la monarquía española y el rey eran “ilegales” aunque habían transcurrido ya dieciocho meses de su proclamación, en las Cortes franquistas, y en el “recuerdo a Franco” de cuerpo presente.

Pero, ese 22 de noviembre de 1975, don Juan Carlos no tenía la legitimidad histórica para ser rey de todos los españoles, como repitió doce veces en su discurso, tras prestar juramento al presidente de las Cortes, Rodríguez de Valcárcel.

Mientras, en esos momentos, su padre, el conde de Barcelona, Jefe de la Casa Real y depositario de todos los derechos recibidos del rey Alfonso XIII, el 28 de febrero de 1941, veía, con los ojos llenos de lágrimas en un bar de un pueblo cercano a Estoril, cómo su hijo culminaba la traición, iniciada el 22 de julio de 1969, cuando aceptó ser el heredero de Franco a título de rey.

Lo hizo sin consultar previamente con su padre. Cierto es que el general no se lo permitió. “Lo haré yo”.

Fue tal la indignación de conde de Barcelona que, cuando Juan Carlos telefoneó a ‘Villa Giralda’, don Juan no solo se negó a ponerse sino que le dijo a su esposa: “Que se vaya a la mierda”.

Tan cabreado estaba, que llamó a Antonio García Trevijano, ilustre notario y republicano, para que fuera urgentemente a Estoril. Quería que escribiera las cartas a su hijo y a Franco, cartas que el firmó y que son una prueba de su tristeza por la traición.

Pasaron los años y aunque Juan Carlos seguía siendo un rey ‘ilegal’, su padre reconoció que la democracia estaba, más o menos, asentada. Sobre todo, desde el 9 de abril, con la legalización del partido comunista.

Fue entonces cuando decidió renunciar a todos sus derechos y traspasar la legitimidad histórica y la jefatura de la Familia y Casa Real a su hijo.

Cierto es que intentó hacerlo en una ceremonia solemne en el Palacio Real, como años después haría Juan Carlos para su hijo.

Pero, ni el presidente Adolfo Suárez lo permitió ni a doña Sofía le agradaba el dar tres cuartos al pregonero y que todo el mundo supiera que Juanito no tenía todos los derechos. “¡Que renuncie por carta!”, gritó indignada.

Al final se impuso la voluntad del rey y aunque no pudo ser donde su padre quería, si le permitió que el discurso de renuncia lo redactara él y solo él y no lo tocara ni dios.

Este columnista tendrá siempre la satisfacción de haber sido el único, sí, queridos, el único periodista a quien el conde de Barcelona permitió pasara junto a él las últimas horas de su exilio, residiendo en ‘Villa Giralda’, el día 13 de mayo, la víspera de su trascendental regreso a España para realizar el mayor gesto de generosidad de su vida, habiendo habido tantos.

Fueron unas horas inolvidables, durante las que don Juan recordó el sufrimiento de sus cuarenta años de exilio, mientras doña María cerraba las últimas maletas.

Ella fue la autora de la fotografía que ilustra esta evocadora columna, tomada en el despacho de don Juan en la primera planta de ‘Villa Giralda’.

Al día siguiente, también fui testigo, en el Palacio de La Zarzuela, de la ceremonia más triste que recuerdo. En aquel reducido grupo familiar, con la tristeza reflejada en el rostro de todos, solo había una persona contenta: doña Sofía. Como años después, el 19 de junio de 2014, lo estuvo Letizia cuando don Juan Carlos renunció a seguir siendo el rey de todos los españoles y su hijo, desde entonces, el Jefe del Estado.