El pasado siempre incomoda

Esta semana he entendido la expresión ausente, por un lado, y temerosa por otro, de Melania Trump el día de la proclamación de su esposo, como Presidente de los Estados Unidos que es tanto como del mundo. Nadie se explicaba su ¿triste? gesto en el que podía ser el momentazo de su vida.

Esta misma reflexión me hice y me sigo haciendo cuando pienso en Charlene, el día que se convirtió, por matrimonio, en la soberana de Mónaco. ¡Qué triste está la princesa! ¿Qué tendrá la princesa? ¿Por qué lloró la princesa? Nadie supo ese día ni después los motivos de sus lágrimas. Llorando entró en la capilla y llorando salió. ¿Y qué decir de Mette Marit? Esta hasta se vio obligada a dar una rueda de prensa para explicar su “complicada” vida anterior.

No podemos olvidar aquí y ahora a Letizia, el día que se anunció su boda en el palacio de El Pardo. A diferencia de las anteriores, asustadas por el pasado, la consorte española, dotada de una seguridad acojonante, se anticipó a lo que el personal pudiera saber sobre su vida anterior (de padre y señor mío) con su insolente interrupción (con toda la razón) al príncipe Felipe. Desde aquel día, ha intentado con su polémico comportamiento y su agresividad gestual que ese pasado, que tanto asusta a Melania, entristecía a Charlene y preocupaba a Mette Marit, no le condicione su vida.

Cierto es que hay pasados y pasados. Nada que ver unos con otros. Pero esta semana hemos entendido el pánico de Melania cuando se ha conocido la demanda que interpuso y ha ganado contra el Daily Mail, que había asegurado que la hoy Primera Dama de los Estados Unidos ejercía la prostitución en su país.

Aunque la compañera Maite Nieto, en su columna de El País del pasado domingo, escribía que “la Primera Dama puede disponer de su cuerpo como le de la real gana, antes, durante y después de su ascensión a la Casa Blanca” (no te pases, guapa) pienso que una primera dama, una consorte, no debe tener pasado porque éste, como decía el Conde de Barcelona y como estamos viendo, en cualquier momento puede ser presente.

Aunque el periódico británico se ha disculpado y pagado, reconociendo que no existía ninguna evidencia que sustentara su información, esta misma semana Vanity Fair reproducía unas fotografías de Melania, lo que se dice en pelotas, publicadas en el New York Post, en 1997, con una declaración del famoso fotógrafo Ale de Basseville: “No fue difícil desnudarla. Era una profesional”.

Después de todo lo expuesto, pienso que si, de la mañana a la noche, nos convertimos en una gran personalidad, presidente, consorte o primera dama es lógico, natural y comprensible que el pasado de cada uno de los protagonistas les incomode y, sobre todo, lo que el personal piense de ellos cuando los ven en actos oficiales.

Posdata: a mi estimado Alfonso A.: no soy responsable de que algunos de sus comentarios en mis columnas haya sido suprimido. Desconozco los motivos. Personalmente le agradezco sus críticas siempre razonadas. Espero seguir contando con su atención.