Una escuela en Kenia

escuela en Kenia

Vivimos en un mundo globalizado y supuestamente interconectado. La explosión del fenómeno internet y de las redes sociales consecuentes constituye un hecho que está transformando el mundo. Un mundo a su vez caracterizado por unas crecientes desigualdades sociales como seguramente no ha conocido la humanidad nunca con tanta gravedad. No creo decir nada nuevo que no seamos capaces de adivinar desde nuestra decadente sociedad occidentalm pero que adquiere mayor constancia si uno se echa los bártulos a la cabeza y decide darse una vuelta por ahí afuera.

He tenido esa oportunidad durante los últimos quince días recorriendo por tierra y aire el centro y sur de Kenia, con motivo del clásico “tour” que tantos occidentales hacemos para hacer safaris, en este caso simplemente fotográfico, pero que al hilo de la relación que uno de los participantes del grupo en que me incluía tenía, como benefactor de una escuela rural en la zona sur de aquel país, me ha permitido conocer de primera mano la sociedad masai y sobre todo una escuela de niños en aquellos parajes. Una escuela que es mantenida e impulsada por un grupo de socios españoles del que es ejemplo su dirigente José Serrano, un mallorquín que lleva más de diez años en aquella nación dedicado a su pasión por la naturaleza regentando un campamento único donde organiza safaris fotográficos con un concepto no al uso, ya que por extraño que parezca, el desarrollo de los mismos le acerca a uno lo más posible a un contacto con la naturaleza y ambiente de otras épocas ya perdidas. Pero a José Serrano no le bastaba, ni le basta, esa dedicación y al tiempo colabora muy de cerca con el máximo apoyo que él puede aportar al desarrollo de la sociedad masai, en la que es considerado como un elemento más.

Es asombroso ver a este hombre joven, que domina perfectamente el swahili, alternar su pericia como guía de “caza” fotográfica con su dedicación a su proyecto humanitario. Enkawa se llama su proyecto al igual que su campamento safarístico. Y es de su mano que el reducido grupo de españoles en el que he tenido la suerte de participar aparecimos hace unos días por esa escuela de niños masai. Allí hemos visto a niños con edades entre los 6 y 10 años dedicados a aprender siquiera las cuatro reglas, merced a la organización que este español lidera.

Impresiona oír que estos niños recorren todos los días ocho km. para acudir a la escuela y otros ocho de vuelta para volver a sus aldeas por caminos o sendas frecuentadas por leones y leopardos; claro que supongo, que con la seguridad que da el saber, que si hay algo que estos animales temen más que al hombre blanco con un rifle es el simple olor de la etnia masai. La escuela no tiene ni agua ni zonas de aseo o baños, ni nada parecido. Las aulas son de una sencillez o pobreza inimaginables, y ahí unos abnegados profesores intentan introducir a estos niños en el simple conocimiento de las cuatro reglas antes citadas.

Nuestra presencia en aquella escuela propició algo difícilmente de creer, y es que fuimos acogidos con una alegría y extrañeza increíble y difícil de transmitir. Fuimos los cuatro blancos manoseados por todos lados, y a la pregunta del porqué de esta actuación, se nos respondió que para la mayoría de ellos era la primera vez que veían a un hombre blanco y querían tocarnos para sentir lo que éramos.

Sí, estamos en el siglo XXI, y lo que cuento es difícil de comprender, pero es que es así todavía en muchos sitios de la África interior rural. Recordando tiempos pasados de joven oficial organicé con ellos diversos juegos y carreras. Los niños me seguían con inusitada dedicación, si bien lamenté quizás el haberlo hecho cuando constaté que después de las actividades no tenían agua para beber, mientras yo sí que tenía agua en abundancia en mi vehículo. Pese a todo cuanto puedo relatar en estas breves líneas creo que nunca he visto niños tan felices en mi vida. Aún tengo sus inacabables sonrisas en mi retina grabada. Son tantas las cosas que necesitan que la idea de proporcionarles apoyo se presenta de inmediato, algo que al parecer no es tan fácil de llevar a la práctica, dado que o se lleva en mano o se pierde en el camino de la corrupción institucionalizada. El Masai Mara es un paraíso perdido donde la naturaleza animal se mantiene asombrosamente tal como fuera antaño, pero al menos a mí si hay algo que me ha dejado huella ha sido esta sociedad rural masai anclada en lo que yo creía tiempos pasados.

Ya de vuelta se me hace más visible la degradación moral de nuestra sociedad, nuestra decadencia como personas egoístas y la miseria humana que nos rodea en esta Europa – de la que España es paradigma – tan culta y tan miserable a la vez.

En el recuerdo siempre me quedará la belleza inexplicable de aquellas tierras africanas, el olor de la mañana húmeda de la sabana, la libertad de su fauna y sobre todo la grandiosidad de la orgullosa etnia masai. Aquí en España ya no queda nada de eso. Somos una nación decadente donde la pérdida de valores humanos ha hecho estragos y me siento fuera de ella.

En cuanto pueda me vuelvo, al menos en espíritu, con los valientes guerreros masai y su sentido de la vida en contacto con la naturaleza.