El temporal

Temporal

Temporal | Foto: José Lourido

Estuve a las órdenes de un magnifico General, en su día Comandante General de la Infantería de Marina, que en una ocasión me denominó “Johnny el rápido” debido a la prontitud con la que respondía a lo que se me requería. Esta virtud o defecto me ha ocasionado a lo largo de la vida más de un sinsabor y en otras, al contrario, algunas satisfacciones. Y es así que el otro día no pude por menos que acordarme de él cuando, haciendo caso omiso a todos los avisos que anunciaban la llegada de un violento temporal de intensa lluvia y viento, tomé la rápida decisión de viajar en coche a Galicia precisamente el día en que el frente de autos entraba por el noroeste de España. Diré en mi descargo que son ya 47 años viajando a Pontevedra y sé bien cuántas veces los avisos de marras quedan en agua de borrajas.

¡Caramba! esta vez acertaron de pleno y bien que lo pude comprobar cuando, pasado Orense, me encontré -ya sin retroceso posible-, afectado de lleno por unas ráfagas de viento que en ocasiones rozaban los 100 km/hora y una intensísima lluvia que -no lo puedo negar-, me produjeron una creciente preocupación y un desasosiego como no experimentaba desde hacía tiempo. Me acordé de mi General y, una vez más, maldije no haber seguido aquellas palabras suyas en las que me aconsejaba sosiego y meditar bien las decisiones a tomar antes de emprender la acción. Pero no fue este el único pensamiento, pues la deformación a la que me conduce mi actividad actual de observador de la situación nacional, en estos momentos, me retrotrajo a comparar lo que estaba viendo y sufriendo como consecuencia de las inclemencias del temporal, con la situación política en la que se encuentra nuestra nación, España, afectada de lleno por un temporal producido por la incompetencia de muchos de nuestros gobernantes y la ambición de otros muchos.

Lo que está sucediendo en Cataluña es ya un esperpento ininteligible. No se trata siquiera de solucionar un gravísimo problema territorial porque la ley así lo disponga. ¡No! Se trata de que unos políticos subversivos, al amparo de su dominio de los medios y de la enseñanza, están conduciendo a la ruptura de nuestra secular nación para tapar todo tipo de acciones corruptas en la que están más que inmersos, -ellos, los que salen en los medios día sí y día también y otros muchos que aún no han sido descubiertos, pero que lo serán, tarde o temprano.
¡Ya está bien!

Hemos podido comprobar el estado de rebelión más absoluta en la que se encuentran los dirigentes catalanes empezando por su propio presidente, el Sr. Puigdemont, ya hasta extremos indescriptibles y lo que uno se pregunta es para qué sirve la Ley, la Constitución española, y donde se encuentra la justicia si es que existe el estado de derecho del que uno empieza a dudar de que esté vigente en España. A ver, usted podrá estar de acuerdo o no con la ideología de los que en su día asaltaron la librería Blanquerna en Madrid interrumpiendo un acto político, pero no me diga que no resulta preocupante que les impongan cuatro años de cárcel por lo que fue un empujón, y poco más, a un político catalán mientras tenemos que asistir impávidos al permanente desafío al imperio de la ley en Cataluña con absoluta y chulesca impunidad.

Yo francamente me temo ya lo peor a la vista de lo que veo y bien que lo siento, pero España se rompe y no parece que haya nadie dispuesto a remediarlo. Aquéllos a quienes les corresponde hacer que se cumpla la ley, y que así lo han jurado, constituyen una caterva de incompetentes redomados -como mínimo- a los que la historia juzgará con dureza por su negligencia manifiesta. Su prudencia ya no es tal sino desgraciada complicidad por su inacción cuando había que tomar las medidas apropiadas para evitar lo que todos nos tememos.

En Galicia un poderoso frente arrasaba árboles y tendidos eléctricos con una enorme virulencia mientras que en el otro extremo de lo que queda de España otro temporal de otro signo bien diferente se lleva por delante 500 años de historia común y sume a los catalanes en un enfrentamiento social que los va a llevar a la ruina y, de paso, también al resto de los españoles.

Lo curioso y triste de esta comparación es que la tormenta gallega ha sido inevitable mientras que la otra lo es, de forma clara, preestablecida y contundente. Pero tal parece que hay quien prefiere, como en la foto que acompaña este artículo, hacer surf sobre las olas, sin mojarse, esperando a que el temporal escampe.