¿Situación de normalidad?

Cuenta la leyenda que en un determinado momento de la Segunda Guerra Mundial le preguntaron al general Patton sobre el estado de la situación y este contestó: tal y como le dijo el Coronel Moscardó al Gral Franco en la liberación del Alcázar: Sin novedad. Todo está destruido pero el honor intacto, o sea situation normal, all fucked up, que traducido al castellano literalmente quiere decir: “situación normal, todo jodido”.

Ha sido al ver todas las ciudades europeas prácticamente tomadas por las fuerzas de seguridad durante la noche vieja y en los eventos que aún nos quedan de estas fiestas, cuando me he acordado de la frase que Patton heredó de la gesta del Alcázar. Efectivamente todo apunta a que la vida transcurre con normalidad si bien no es del todo cierto, pues la amenaza terrorista se cierne sobre nuestras cabezas. Esto es algo que, salvo que nos haya ocurrido en persona o a familiares o conocidos, aceptamos resignados o como mucho indignados cuando vemos la noticia correspondiente en los medios de comunicación. Sí, decimos: ¡Qué horror, qué espanto! Pero seguimos con nuestras vidas como si en la práctica no hubiera ocurrido nada, porque nos bulle en la cabeza un pensamiento defensivo que nos consuela, a pesar de la barbarie del hecho, y es que las cosas les pasan los demás, pero no a nosotros. Ningún pensamiento es menos solidario ni más traicionero que éste, pues, efectivamente, les pasan a los demás hasta que nos pasan a nosotros. Sólo entonces nos preguntamos por qué no se hace apenas nada, los humanos somos así.

Pues bien, el mundo occidental se enfrenta hoy con incertidumbre a una lucha despiadada contra una organización denominada Estado Islámico decidida a atacar donde y cuando pueda en venganza por lo que ellos consideran ha sido un secular ataque de Occidente contra su cultura. Una curiosa sociedad, donde una mayoría de gente pacífica, con sus creencias y costumbres -no voy a entrar en un análisis occidental de muchas de estas últimas- convive, sin osar enfrentarse con una minoría salvaje y brutal de supuestos humanos, degenerados, eso sí, que tratan de imponer sus extremas y atávicas ideas a los demás de un modo tan bestial que hay que remontarse muchos siglos atrás para hallar precedentes, de los que el cristianismo tampoco está exento.

La lucha de un Estado contra movimientos subversivos en su seno no es nada nuevo en la historia y sabido es que estos utilizan toda clase de artilugios para combatirle. Y uno de estos es el empleo del “terror”, bien sea selectivo o indiscriminado como arma para dislocar a la sociedad y ponerla en condiciones de rendición. Esto ha sido una constante en la lucha de las organizaciones contra el poder constituido. En España tenemos ejemplos sobrados de lo que les digo; recordemos a ETA y su barbarie asesina de tanta gente inocente.

Las teorías contrasubversivas coinciden casi todas en que en esta clase de lucha o guerra la conquista de la voluntad o mente del pueblo es el objetivo a alcanzar por ambas partes en conflicto y por eso las medidas policiales o en su caso militares deben ir acompañadas siempre de otras de corte social y político como la propaganda, la incidencia sobre las causas del descontento popular, etc., en un difícil equilibrio; no obstante, hay otras teorías como, por ejemplo, la que impuso en la Francia de mediados del siglo pasado en Indochina o Argelia el coronel Roger Tranquier que abogaba por la victoria militar y policial en primera instancia y después ya vendrían las otras medidas; como es sabido, fracasó de plano tal y como la historia nos demostró en aquellas otrora colonias francesas.

Ahora bien, ganar la mente del pueblo y su voluntad exige ante todo tener  identificado a ese pueblo así como la naturaleza del conflicto, lo que supondría estar en condiciones de aplicar la teoría de la conciliación de palo y zanahoria; sucede lamentablemente que ante la amenaza yihaddista todos estos argumentos caen por su peso ya que ignoramos dónde está ese pueblo y respecto a sus reivindicaciones poco se puede hacer por su irracionalidad. Se trata además de una lucha global en la que la cooperación internacional es absolutamente necesaria tanto o más como lo es la unidad de mando y de doctrina, algo de lo que Occidente carece y razón por la que la iniciativa se mantiene de momento del lado terrorista. Y es así que ante la coyuntura actual de la lucha contra el denominado DAESH podría  cobrar relevancia la teoría del ya citado coronel Tranquier en el sentido de que aquí y ahora lo que procede es ante todo la victoria militar sin paliativos ni contemplaciones. Contra un monstruo no caben diálogos ni contemporizaciones. Occidente debe unirse y cooperar para la aniquilación de esta tenebrosa organización y después ya se hablaría de otras cuestiones. Ya sé que es muy difícil ponerse de acuerdo sobre esto pues para muchos supondría ponerse a la altura de los oponentes; bien, pues que así sea, pero prepárense entonces para ir sufriendo “in crescendo” la medicina del terror indiscriminado ya que, quiérase o no, la realidad es la que vemos: una Europa desconcertada y resignada a los continuos golpes del terrorismo, en nombre de un islam absolutamente injustificable, pero que con su política asesina está consiguiendo desde una óptica meramente estratégica imponer su ley del terror, muy bien planificada por cierto, pues los ataques nunca son donde ni cuando hay medidas preventivas.

Sí, situación de normalidad pero todo “jodido” como bien dijo en su día el General Patton.