A propósito de Ceuta y Melilla

No es esta la primera vez que escribo en esta columna sobre nuestras ciudades del norte de África e islas adyacentes. Son varias las razones que me impulsan a hacerlo de nuevo.

La primera de ellas es consecuencia del interés demostrado por amigos de Zaragoza con motivo de una conferencia que impartí allí al respecto.

La segunda se deriva del estudio que, sobre el balance de fuerzas militares del mundo, hace la revista especializada “Business Insider”.

Y, finalmente, porque la lectura de un magnífico libro que ha escrito el General Jorge Ortega, titulado “Reflexiones militares de un viejo soldado”, me ha inducido a analizar el asunto que nos ocupa. Del libro extraigo datos e ideas que comparto. Y, ya de paso, recomiendo su lectura a todo aquel interesado en cuanto al devenir de nuestras Fuerzas Armadas en el mediato e inmediato pasado.

A ver, no por sabido, viene mal recordar que Ceuta es española desde hace 434 años; Melilla desde hace 517 años; el Peñón de Alhucemas desde hace 454; el Peñón de Vélez desde hace 506 y las islas Chafarinas desde hace 166 años. Indudablemente bastante antes de que existiera el Reino de Marruecos.

Sin embargo y, a pesar de esto, nuestro vecino marroquí reivindica la soberanía de estas ciudades e islas españolas. Y no cejará en ello, no lo duden. Sin embargo, siendo esto grave, para mí lo es aún más el que haya españoles que cuestionen la españolidad de estas ciudades e islas.
Para mí, Ceuta y Melilla son tan españolas como lo puedan ser Alicante o Málaga, por poner un ejemplo. Digo que hay españoles que no piensan así.

A ver, España pertenece a la Alianza Atlántica desde 1982. La gran ventaja de estar integrada en este gran paraguas, al menos desde la óptica de la Defensa, es que, conforme a lo que establece el Artículo 5 del Tratado, si una de las partes es atacada por un tercero, la Alianza respondería ante la agresión como si se hubiera efectuado contra todas ellas. Es decir, si alguien ataca Málaga, la OTAN respondería.

¡Ah!, pero si el ataque es contra Ceuta o Melilla, entonces no, por la sencilla razón de que ni estas ciudades ni las islas adyacentes están protegidas por el escudo de de la OTAN.

Es evidente, y pueden decir lo que quieran, que aquellos que en su día firmaron el Tratado de adhesión no consideraron que Ceuta y Melilla fueran ciudades españolas como las demás. Lamentable para los suscriptores foráneos, pero inexcusable para los españoles.

Desde entonces hasta nuestros días, España ha sido un fiel aliado de la OTAN y ha participado allá donde ha sido requerida su presencia. Ha pagado, también, un alto tributo en sangre.

También, y por lo que se refiere a los EEUU -que es quien manda en la OTAN, el resto son títeres- cabría recordar que no son pocas las continuas cesiones a sus intereses militares: base naval de Rota, de Morón, escudo antimisiles… etc., lo que me lleva a pensar o elucubrar si no sería hora de replantear a la Alianza nuestras condiciones de adhesión y exigir como contrapartida la consideración de Ceuta y Melilla como ciudades españolas, de pleno derecho, que es lo que son. Y con más razón, en estos momentos, en los que España reconoce la amenaza yihadista y asume ser la frontera sur europea, con todo lo que esto conlleva.

Resulta, además, que al no estar contemplada su defensa por la OTAN, España se ve obligada a preverla en solitario. Lo que se ha venido llamando hasta hace poco la defensa no compartida. De poco nos sirve nuestra pertenencia a la Alianza en lo que es probablemente el riesgo más serio que nuestra seguridad tiene. Resulta paradójico que las zonas españolas más expuestas ante una eventual y malintencionada acción de conquista, tal vez precedida de actos terroristas, son, precisamente, las más desprotegidas.

Y esto afecta, por si fuera poco, a la disposición del presupuesto de Defensa, ya de por sí mermado seriamente.

Citaba al principio de estas líneas el balance militar de la revista “Business Insider”. Lo hago porque en ella se refleja la posición española en cuanto a capacidades militares se refiere y es lamentable observar cómo nuestra nación ocupa un tristísimo puesto número 28, muy alejado de los países de nuestro entorno. ¡Incluso después de Suiza, con su proverbial neutralidad! Y, ¡vaya diferencia!, si nos comparamos con Francia o Italia.

Bueno, pues a pesar de todo oímos decir a autoridades españolas de la Defensa, y más importantes, – incluso recientemente – que tenemos las mejores Fuerzas Armadas de nuestra historia. ¿Ignorancia? o ¿qué?
La historia de España es muy larga. Me parece que si uno se acuerda del Gran Capitán, de los Tercios de Flandes o de la Real Armada del siglo XVIII esas afirmaciones son algo temerarias…

Dígase lo que se diga, el interés y la preocupación por la Defensa en España es paupérrima; y dígase lo que se diga, en el mundo de hoy o siempre, sin una potencia militar, poca influencia se tiene en el escenario internacional. Negarlo es un canto de sirena. Y prueba de lo que digo son los datos que siguen.

Es absolutamente comprensible que en momentos de aguda crisis económica prime la austeridad en todos los campos, pero la referida a los gastos en Defensa es temeraria y, Dios no lo quiera, irreversible. Y lo malo es que dicha falta de visión, se ha convertido en endémica, puesto que la penuria no es situación de los últimos tiempos.
Así, según datos de la Alianza Atlántica, el PIB español entre 1986 y 2012 creció un 165%, mientras que los gastos en Defensa solo lo hicieron un 13%.

Y en estos momentos, cuando la Alianza aconseja a sus miembros un gasto del 2%, nuestra nación sólo emplea apenas un 0,7%.

No, no parece que a la vista de lo que España emplea en su Defensa, haya un gran interés por la misma. Probablemente porque no existe en la sociedad española una percepción clara de su necesidad. Y no quiero, en este artículo, ir aún más lejos…

Claro, que si de verdad consideráramos los riesgos que las reivindicaciones marroquíes de nuestras ciudades africanas plantean, la cosa sería distinta; y es que, en plena ofensiva islámica radical, ante la que nuestra nación es objetivo, nos encontramos que, ya Melilla, y Ceuta casi, tienen una mayoría de población musulmana. Nada habría que objetar a esto si no fuera por los malos indicios que representa el “éxito” de la captación yihadista entre los jóvenes de entre 25 y 40 años en dichas ciudades. Mal presagio.

En fin, a ver si los herederos de aquellos que firmaron nuestro Tratado de adhesión a la OTAN en 1982 se enteran de que Ceuta y Melilla son España y hacen algo por corregir esta anomalía sinsentido. Pues, volviendo a tener que recordar obviedades, en los tiempos que corren, traigo a colación ese viejo y sabio refrán: “más vale prevenir que curar”.