Ante la muerte de Iván Fandiño

Este espacio estaba reservado para escribir la crónica de la corrida extraordinaria denominada de la Cultura, una corrida que ponía estrambote a la feria de San Isidro más larga de su historia. Una corrida de alto rango, de lujo, de las que ponen a reventar de público una plaza Monumental, como la de Las Ventas de Madrid.

Los renglones anteriores, y los inmediatamente posteriores, deberían contar lo ocurrido en la candente arena de la Plaza de mayor relevancia del mundo taurino, analizando el buen juego de dos toros de Núñez del Cuvillo –uno bravísimo y otro extraordinario–, la faena de relumbrón que cuajó el nuevo valor de nuestra tauromaquia, Ginés Marín, el desencanto de Morante, y del público, ante dos toros de escasas cualidades para desparramar el encanto único de su toreo y el esfuerzo, mal valorado, de Cayetano por reivindicarse ante la afición de la villa y corte. Tarde de calores y de dientes de sierra en lo que a calidades de toros y toreros se refiere, pero tarde de toros y de toreros que tendría mucho que contar, si no fuera…

Si no fuera porque nada más terminar la corrida, el latigazo de una noticia proveniente del sur de Francia, concretamente de una pequeña localidad llamada Aire-Sur-l’Adour, nos heló la sangre: un toro de la ganadería de Baltasar Ibán ha matado al torero Iván Fandiño.

Así, pues, esta no será una crónica de toros, sino la crónica negra que protagoniza un torero de nuestro tiempo, un hombre joven que ha dejado su sangre y su vida en el mísero ruedo de una plaza de toros de pueblo.

Otra vez, en menos de un año, un toro ha matado a un torero. Díganme ahora, con qué cuerpo voy a repasar las notas de urgencia que pergeño en el cuadernillo del Programa oficial de la corrida, sea de la Cultura o de la más noble jerarquía que se les ocurra a los promotores de estos festejos especiales fuera del abono de la feria. Un cuerpo inerte, caliente aún, reposa en el habitáculo de un centro hospitalario del Sur de Francia y un traje de luces desmembrado y sucio, yace también en algún oscuro lugar, tras deshacerse de un cuerpo fatalmente malherido. La crónica negra de una tragedia, comienza aquí.

Los datos que con urgencia recaban mis compañeros del Canal Toros de Movistar Plus, y los testimonios emocionados y patéticos de los testigos de la desgracia, hablan de un quite de Iván Fandiño al toro de nombre Provechito, perteneciente al lote de Juan del Álamo que arrolló con los cuartos traseros a Iván y lo corneó en el suelo, entrando el pitón por el costado derecho. Con estas palabras, más o menos, Juan del Álamo contaba lo sucedido, sin que todavía diera crédito al terrible desenlace. Parece ser que el torero se sabía herido muy gravemente y se quejaba de la profundidad y extensión de la cornada, sufriendo un paro cardíaco, del que se recuperó momentáneamente en la enfermería de la Plaza; incluso, según algunos testigos del traslado del herido en ambulancia al hospital de Mont de Marsan  –los destrozos del pitón del toro en órganos vitales eran de tal extensión que aconsejaron la evacuación urgente hacia un Centro con mejores dotaciones sanitarias–, aseguran que Iván Fandiño suplicó a quienes le acompañaban: Daos prisa, me estoy muriendo. Posiblemente fueran las últimas palabras que pronunció el torero, porque los facultativos del hospital apenas pudieron hacer nada por salvar su vida.

Iván Fandiño era el único torero de gran relieve que aportó el País Vasco a la Tauromaquia a lo largo de las últimas décadas. Diría más: fue el mejor torero vasco de los últimos cincuentas años. El más completo. El de más alta calidad, pero dentro del acento aguerrido que caracteriza a los toreros de las tierras altas de nuestro país.

Nacido en Orduña, provincia de Vizcaya, y sin antecedentes taurinos en la familia, frecuentó las dehesas de Andalucía y Salamanca, hasta despuntar de novillero por el entorno de su tierra. Tomó la alternativa en la Plaza de Vista Alegre de Bilbao, en el año 2005 y la confirmó cuatro años después en Madrid, cuajando, poco a poco, en un torero de formas clásicas, pies muy asentados en la arena y un amor propio desbordante. Un bagaje que completaba con una vida austera, de permanente sacrificio, lo cual le permitió ascender de forma meteórica en su escalafón, avalado, principalmente, por sus triunfos en dos Plazas de máxima categoría, Bilbao y Madrid. En ésta última Plaza llegó a triunfar de forma apoteósica, saliendo varias veces por su Puerta Grande.

Sus mejores temporadas se enmarcan entre los años 2011 y 2014, ganando numerosos Premios y participando en las mejores ferias del circuito de las ferias taurinas de España, Francia y América.

En estos tiempos, Iván Fandiño estaba en una etapa de recuperación, tratando de reponerse en el lugar de privilegio que había conquistado con tanto esfuerzo… y tanta sangre. Quizá por ello, no quiso desperdiciar el turno de quites que le brindaba el toro de un compañero en una Plaza de apenas cinco mil localidades. La vida del torero es un constante estado de alerta, una necesidad imperiosa de echar el resto cualquier tarde y en cualquier lugar, con independencia de la categoría del escenario, de los toros a lidiar y de los compañeros de cartel. Esa es la consigna que debe prevalecer en quienes aspiran a ser figuras del toreo; o de los que siéndolo, no pueden permitir que nadie les levante del lugar alcanzado. Si acaso, que sea un toro quien les levante los pies del suelo.

La consigna es, pues, perfectamente asumible para quienes tengan fe en su capacidad, en sus cualidades y en la férrea disciplina que practican. El sino, en cambio, está fuera del alcance de todas estas pertenencias de la especie humana. Es indescifrable e incontrolable. Se halla en lugar ignoto, al margen de la Naturaleza.

Iván Fandiño tenía todas las dotaciones y virtudes descritas para ser figura del toreo, y ahí estuvo un largo rato, en la cumbre. En estos momentos estaba a su vera, simplemente. No quiso perder ni una oportunidad de lucirse, entró el sino en juego y se lo llevó de calle.

Al margen de la consternación que embarga a las gentes del toro, al margen del dolor de una familia golpeada con inesperada brutalidad y de las procacidades que emergerán por el sumidero de las cloacas de las redes sociales, la muerte de Iván Fandiño debe darnos más fuerza a todos, absolutamente a todos los que amamos esta Fiesta, este hecho cultural que con tanta frecuencia se desampara desde nuestro propio ámbito. El torero no es un trilero, un engañabobos o un descarado truhán que quiere rapiñear con su arte y especular con su valentía. El torero es, ante todo, un héroe. Y un héroe no es sino un hombre que sabe sobreponerse a un hecho trascendental de suprema dificultad o un estado permanente de emergencia. El torero vive en esta situación límite cada tarde que torea, cuando empieza a vestirse de luces dos horas antes de que comience la corrida.

Conviene que todas estas cosas se tengan presentes. No solo ante un hecho luctuoso, terrible por inesperado e incomprensible por infrecuente, como la muerte de un torero por asta de toro. Conviene que los aficionados de toda clase y condición sean conscientes de que el respeto debe ser un valor fundamental en el comportamiento ético entre seres humanos. Cualquier toro, por pequeño que sea, tiene sobre su testuz dos muertes sin estrenar, como decía el poeta Benítez Carrasco. Con una, le basta para acabar con la vida de un hombre. En este fatídico y achicharrante día 17 de junio, el pitón derecho de un toro terciado de Baltasar Ibán, estrenó la suya en el ruedo chiquito de una plaza de toros de Francia. Y se llevó la vida de Iván Fandiño, un torero de una pieza.

Que no sea su nombre usado –una vez más– como trofeo de la maledicencia antitaurina es nuestro deseo; pero si así no fuere, se pide que sepamos honrar y defender como merece  a quien tantas veces se ofreció para la acción heroica como única vía para regalar belleza.

Cuando se llega a alcanzar lo irreparable, se pide también que no sea inútil este acto de abnegación llevado a su máxima expresión, a su última instancia. Este es el ejemplo de lo auténtico: Aquí se muere de verdad. Un respeto.

 

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