Talavante, lo arregló

Bueno, Talavante y un toro del conde de Mayalde, de nombre Buzonero. Un toro que dormitaba junto a los pesebres corridos de las corraletas de Las Ventas, cuando va Florito, golpea la vara contra el cemento del frontal de los burladeros y le dice: ¡Hala, prepárate que es la hora!

Hasta ese momento, la corrida se iba por el desagüe, como tantas tardes de toros en Madrid con las figuras en el cartel. Los aficionados se habían encocorado –y con razón—con los toros enviados por Lorenzo Fraile, bajitos y bonitos, tanto, tanto, que la mayoría carecían de la seriedad –trapío—que demanda una Plaza de máximo rango. Así, pues, esta vez las protestas ruidosas estaban bien justificadas, y dos de los frailes (primero y  quinto), además de un sobrero de Torrealta volvieron del ruedo al ostracismo claustral de los corrales, a la espera del infamante puntillazo. ¡Es la hora, Buzonero! ¡No te lo diré dos veces!, ordenaba Florito, vara en ristre, acuciado por el rumoreo que despedía la multitud de puertas para fuera. Y Buzonero ceptó resignado su destino, enfilando la manga de chiqueros. Cuando salió al ruedo,  mostró su cariz rizoso de castaño oscurecido, su cuerpo aleonado y su mirada de malas pulgas. Era un toro viejo, cinqueño largo, herrado con el marchamo del conde de Mayalde, ganadería que bebe los vientos de los montes de Toledo y que ahora regenta con buen tino Rafael Finat, el hijo del que tuviera por dos veces la vara de mando del Ayuntamiento de Madrid. Es una buena ganadería, lo que pasa es que tiene poca literatura, y solo se asoma a las ferias taurinas por allá arriba, como la de Gijón, por ejemplo. Me dio el pálpito que el toro iba a embestir, pero sus primeras reacciones me llevaron en seguida la contraria. Se repuchaba en los capotes, salió suelto de la primera vara y remoloneaba punteando la bamba de la tela con que bregaba afanoso Valentín Luján. Corta en banderillas. ¡Adiós premonición! Esto no hay cristiano que lo levante.

Pero héte aquí que Talavante arma la muleta y se dirige al toro en las rayas del 7, un par de muletazos y, ¡oh sorpresa!, le ofrece el trapo con la mano izquierda, así, sin anestesia. Ahí empezó todo. Ahí vimos la clarividencia, el valor y la serenidad y la clase excelsa de un figurón del toreo. El toro, de pronto, empezó a viajar tras el señuelo rojo como un poseso, embistiendo sin parar, y Alejandro se relajó hasta extremos inverosímiles. Uno tras otro brotaban los naturales, largos, templados, ceñidos y sentidos. Y los pases de pecho. Y los de trinchera. Y la Plaza, un volcán de pasión, aclamando al torero, que para entonces se permitió la licencia de mirar al tendido, como diciendo al personal: Aquí estoy yo, porque he venido.

Bendita llegada. Faena cumbre de Talavante. Punto. El contrapunto fue una estocada algo tendida, pero eficaz. Faena de dos orejas incontestables (nadie las hubiera cuestionado, nadie) que se convirtió en una de peso, porque al presidente le dio la gana. Mejor dicho, porque utilizó la estúpida argucia de aguantar el primer pañuelo hasta que las mulillas se acercaran al toro yacente; y así, por cansancio, los pañuelos van decayendo y no tiene que darle la segunda oreja. Una de dos, o la dejadez de los peticionarios decayó ostensiblemente o el presidente es muy mal aficionado. Qué más da que haya menos pañuelos. Saque usted el suyo y punto. No lo sacó, y Talavante con la oreja de peso dio la vuelta al ruedo, entre gritos de ¡torero!, ¡torero! y todos tan contentos. No yo, desde luego. La faena fue grande, grande. De Puerta Grande.

Hasta ese momento la crónica de la corrida, por el alboroto que provocaron los toros del Puerto de San Lorenzo con su falta de trapío, de fuerza y de casta,  habría que editarla en las páginas de sucesos. Pañuelos verdes y toros al corral. Con toda justicia. Y los que se lidiaron, apenas sirvieron para otra cosa que encocorar aún más al público y desesperar a sus respectivos matadores. Sin ir más lejos, el segundo, primero de Talavante, un toro que se movía rebrincado, de embestida insulsa, que debió contagiar a Alejandro Talavante, porque el torero parecía apático, desiluisonado, acatando con resignación su mala suerte y fallón con las espadas. Se salva  Castella, que cuajó al primero sobrero, de Buenavista, el toro  más bravo  de la corrida, al que toreó de capa con soltura y pasó de muleta por alto, quieto como un varal, en el comienzo de faena, antes de torear en redondo ceñido, torero y pausado en los medios de la Plaza. Faena larga, dando los tiempos y las pausas que el toro precisaba, para recuperarse de las briosas y continuadas embestidas y para domeñar al ventarrón que se adueñaba de las afueras de la arena. Las bernadinas finales, con la muleta flameando por el viento por la espalda del torero, fueron sencillamente escalofriantes. Entrando como una vela clavó una estocada algo pasada, refrendada con un golpe de verduguillo. Le enviaron dos avisos (uno, en plena faena) y parte del público pidió la oreja, no concedida. La ovación para Sebastián Castella  fue contundente, justa y necesaria.

El cuarto toro fue el más cuajado del Puerto. Se diría que el único. No lo protestaron, empujó con fijeza el peto del caballo y llegó a la muleta con una clara tendencia a humillar, sobre todo por el pitón izquierdo. Por ese lado, Castella lo toreó con reposo, pero la faena no acabó de tomar vuelo porque el del Puerto se defendía por el pitón derecho. Amaga con rajarse… y se raja. Una soberbia estocada de Sebastián acabó con el único toro de los titulares que se medio salva del desastre. El aviso no empaña la gran ovación que el público tributó al diestro francés.

El más Joven de la terna, Javier Jiménez, se encontró con un toro terciado, poco picado y flojo. Imagínense el cóctel. Protestas por doquier, a pesar de lo cual, Javier trató de encauzar un viaje cansino, de tardía arrancada, en una de las cuales, ¡catapúm,  se derrumbó sin el menor recato. Toro inservible, pues, al que Javier liquidó de una buena estocada.

Ya con la noche asomándose por el caballete del tejadillo, y con el regusto del “talavantazo” del toro anterior, salió el sexto, justito de presencia; pero para entonces ya no estaba el cuerpo para ir a las barricadas. Para colmo, fue un toro esaborío, al que banderilleó con acierto El Algabeño, pero que embistió a la muleta de Jiménez con rebrincada movilidad, con la cara a media altura,  tirando gañafoncitos a la tela e incordiando constantemente al torero. En una de estas, lo prendió por la ingle y le corneó en el aire, produciéndole una herida con dos trayectorias,  de pronóstico grave.

Fue el final infeliz de una corrida que otrora fue emblemática en la temporada taurina: la de la Prensa. Asistió, como tantas tardes, el Rey emérito don Juan Carlos –a quien brindaron los tres matadores–, acompañado por la presidenta de Nuestra Asociación. Esta vez falló la compañía de una figura del toreo. La de la Prensa ya no es lo que era. Como tantas cosas en el toreo. Y en el país.

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