“Acobardado”, una máquina de acobardar

Se llamaba Acobardado, llevaba el hierro de El Montecillo y era sobrero. La empresa de Las Ventas se lo compró a Paco Medina para que calentara banquillo en los corrales de la Plaza, por si fuera menester su concurso para cubrir el hueco del algún expulsado por el árbitro, ese señor que oficia de juez conspicuo y ocupa el palco presidencial. Un remiendo, vamos. Era largo y hondo, rabilargo y badanudo, con dos leños arremangados y afilados sobre el testuz. Mirado este toro de perfil, parecía descendiente directo de aquél Cocinero, del ganadero colmenareño Félix Gómez, que lidió y mató Guerrita en Madrid en el año capapúm. Una exageración de toro. Le dieron suelta en quinto lugar, teniendo el dudoso honor de ser el bis de ese lugar en el orden de lidia de la corrida,  o lo que es lo mismo, el sustituto del reseñado para tal fin.

Salió Acobardado al ruedo husmeando la cal de las rayas y el frescor de la arena removida por el fragor de lidias anteriores, alzando la gaita y mirando a doquier. Como se decía en el viejo argot taurino, enterándose, pero escondiendo sus intenciones. El que se enteró de qué iba la cosa fue Iván Fandiño, porque nada más abrirse de capa se le fue al bulto como una exhalación. Lo mismo ocurrió cuando osaron llamarle los hombres del peonaje: nada de capas, arreones en busca de carne, por la derecha y por la izquierda. Era el tal Acobardado una máquina de acobardar. Le pusieron delante del caballo de picar y al picador que lo monta, Juan Melgar, yéndose a por ambos en un pis pas, queriendo coger al hombre y sacarlo de la montura, brincando por encima de la perilla, apartando el atalaje de la brida y babeando por entre la crin del percherón. Lo nunca visto. La puya apenas hurgó su prominente morrillo cuando pasamos al tercio de banderillas. Y allí fue Troya. Diego Ramón Jiménez capeaba el temporal soltando la capa, si no quería ir a la enfermería, y los banderilleros, Jarocho y Victor Manuel Martínez veían imposible prender los arpones en aquél espécimen de violencia enloquecida. Al fin cayeron algunos palos por el corpachón negro del pájaro de mal agüero, no sin antes arrollar y revolcar al banderillero Martínez, que salió  milagrosamente indemne del palizón.

Abordando esta dantesca situación tomó Iván Fandiño los trebejos y osó tantear su mansedumbre agresiva, por si le diera por embestir. Vano intento. Entonces, el torero montó la espada y acertó –¡albricias!- a meter el acero, atravesando a aquella alimaña como buenamente pudo. La tarea de descabellar fue un calvario. Aculado en tablas, el acorralado animal todavía tiraba gañafones al estoque de cruceta, hasta que Fandiño –¡abricias!, otra vez—acertó a cercenarlo. Cuando aquél Acobardado sucumbió, respiramos todos. Todos, menos un nutrido grupo de espectadores, que abroncó al torero. A ustedes dejo el calificativo para semejantes ejemplares de la especie humana.

La pregunta es: ¿estaba toreado el dichoso Acobardado? Cualquier experto en las reacciones de las reses de lidia se apuntaría a esta versión. Aquí, el firmante, también sospecha, pero no afirma. A veces, la buena fe y vigilancia extrema de  un ganadero –y en Paco Medina coinciden ambas virtudes–, se ve sorprendida por los imponderables que merodean el campo bravo.

El relato de los hechos protagonizados por ese toro quinto-bis, llena gran parte de la historia de la octava corrida de abono de la feria de San Isidro. El resto se integra en el desigual lote de toros que envió Juan Pedro Domecq, herrados con la segunda marca de su ganadería —Toros de Parladé—y su variado juego. La mayoría de los parladés de Juan Pedro fueron protestados a golpe de pañuelo verde, por considerar los protestantes que la estampa de los bóvidos era indecorosa. A mi juicio, el único que desentonó, por menos cuajado, fue el sexto. El resto entra en el razonable perfil del toro de lidia, tomando en cuenta el encaste del que proviene.

Otra cosa fue el juego de los toros. De los parladés titulares, la mayoría hicieron sonar el estribo en varas, flojearon en mayor o menor medida y acusaron bajura de casta, y el que completaba el lote, de El Montecillo, fue bastorro y desrazado.

Mala suerte, la de Curro Díaz. Su lote no entendía de arte. El que abrió el festejo, fue un cinqueño que se quitó el palo de picar, manseó en sus acometidas a las telas de torear y mostró siempre su áspero carácter. Llegó al tercio final paradito, ofreciendo medias arrancadas. Con este tipo de toros sí está recomendado el cruzamiento, para provocar la arrancada y extraer, gota a gota, el poco caudal de bravura que pueda almacenar. Lo mató de media estocada. En cuarto lugar se jugó uno de El Montecillo, burraco de pelo, muy armado, que apretó un par de veces al peto del caballo y llegó a la muleta como ausente, mirando al torero y tomando el engaño resignado y boyancón. Nada que hacer. Otra media y a otra cosa.

Lo de Fandiño y el tal Acobardado, explicado queda con suficiente extensión. Le echaron al corral el primer toro de su lote, un juampedro que fue protestado por –supongo—escaso trapío, pero no era sino un toro de bella anatomía, sin disparatada cornamenta, eso sí. El caso es que bastaron un par de flaquezas para que el pañuelo verde del Palco se sumara a los otros verderones del tendido. Fandiño corrió turno –no soy partidario de tal argucia: el sobrero está para salir cuando le corresponde—y toreó el reseñado como quinto, un toro serio que también, por cierto, fue protestado. Es cierto que fue flojete, pero eso se manifestó después, durante la faena de muleta.  Flojete y noblón, porque con él estuvo mucho tiempo Iván Fandiño, embraguetado y asentado con firmeza sobre la arena.  Lo toreó con tandas sacadas a fuerza de consentir y obligar, todas ellas en la cercanía de los pitones y lo mató con arrojo, quedando la espada un pelín trasera. Más no cabía hacer.

También se protestó el tercer parladé cuando salió al ruedo. Entre la tablilla –487 kilos—y el hierro, se juntan dos argumentos de peso y de identidad muy tenidos en cuenta en esta Plaza; pero fue el único toro de Juan Pedro que se arrancó con alegría al caballo de picar y empujó, especialmente en el segundo puyazo. David Mora le hizo un gran quite por gaoneras, en el centro del ruedo, cuando más soplaba el vendaval, ceñidísimo, como si quisiera poner de manifiesto que venía a lavar anteriores y recientes agravios. Ángel Otero se lució en la brega y Antoñares con las banderillas,  y David comenzó la faena con un pase cambiado mayestático, solemne, ejecutado también en los medios, prosiguiendo con otros muletazos muy toreros y bien ligados. Se presumía triunfo gordo, pero el toro se fue apagando paulatinamente, y solo pudo hilvanar algunas series en redondo y una al natural, todas ellas de buen porte y bello remate. Lástima que la falta de fondo del animal no le permitiera redondear su labor, porque a este torero se le vio mucho más centrado, más sobrado de recursos y más templado que en su reciente comparecencia en este mismo ruedo. Se volcó en el morrillo del toro y la espada quedó algo atrás, pero saludó una gran ovación.

El sexto fue el toro menos cuajado de los de Juan Pedro, ya está dicho, pero también fue el más bravo… hasta que la aguja del combustible comenzó a marcar la reserva. Antes, Ángel Otero volvió a poner en pié al público que ocupaba los tres cuartos del aforo de Las Ventas con dos pares –el segundo, sobre todo—que ratificaron su categoría de banderillero del grupo especial. Tras un prometedor y artístico comienzo de faena, David Mora consiguió mantener las buenas perspectivas en tres tandas de muletazos que fueron subrayadas por la concurrencia con abundantes palmas. La faena fue a menos por las ya comentada renuencia del toro a tomar la muleta, motivo por el cual, David montó la espada y lo fulminó de una estocada. La muerte, rápida y  espectacular, del animal levantó el ánimo del público, al punto de aparecer una pañolada en los tendidos que el presidente juzgó mayoritaria, por lo que tomó la decisión de conceder la oreja al torero, paseada por el ruedo entre una sonora discrepancia, a la cual me sumo.

Así, pues, entre la polémica oreja que se llevó para casa David Mora y la lidia de un toro de antes de la guerra de Cuba, se nos fue una tarde de toros ventosa y fresquita –en Valladolid, al frío le llamamos fresco–, que animó los corrillos del patio del desolladero y los aledaños de Las Ventas. Ayer no se aburrió nadie.   

 

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