Manolete, un concepto gótico del toreo

Manolete gótico

Antes de iniciar el desarrollo del tema que me concierne, para el que he sido convocado en este acto, permítanme echar la vista atrás, instalarme en el espacio del recuerdo y abrir en él un pequeño hueco a la melancolía.

 

 

Dentro de cinco meses, aproximadamente, se cumplirán 20 años que tuve el honor de comparecer ante las gentes íncolas de Córdoba, y de quienes se desplazaron desde otros lugares de la geografía del mundo, para hablar de uno de los hijos de esta ciudad que se hallaba instalado en el supremo estrado de la universalidad, al cumplirse 50 años de su trágica desaparición. Decía, entonces, que tratar el tema de Manolete, por boca de un castellano de pan llevar que no tuvo más oportunidad de verlo en acción que a través de las imágenes de un rancio celuloide y de la obsesiva lectura de una catarata de libros y textos que se ocupaban de escudriñar y de glosar su figura y su obra desde los ángulos más insospechados, iba más allá de los términos de la osadía, para invadir el campo de la temeridad. Hablar de Manolete me parecía, por tanto, un contrasentido. Que hablen otros, decía: los que le trataron, los que le entendieron, hasta los que no le entendieron.

 

 

A dos decenios de distancia, me sigue invadiendo esa pereza lánguida que invita a la cautela, esa laxitud que recomienda permanecer al margen de lo que pudiera considerarse una insolente intrepidez, pero que a la vez estimula el afán vindicativo que merece quien tiene bien ganada la categoría de personaje histórico.

En este dintorno me debato a la hora de trazar los perfiles previos que habrán de delinear el quid de la cuestión; una cuestión que, en un detalle de suma generosidad, me ha sido encargada por los organizadores de los actos que pretenden conmemorar un hecho considerado trascendental en los anales de la Tauromaquia: el centenario del nacimiento en Córdoba de un hombre excepcional.

 

La Historia nos enseña que el próximo 4 de julio, cuando se cumplan cien años del nacimiento de Manolete, el mundo en general y España en particular, se encontraban en un momento bien delicado.

 

 

Aquél año 1917, en pleno fragor la primera Guerra Mundial, la vieja Europa era un verdadero polvorín, un campo de batalla permanente, mientras en la Rusia imperial la revolución bolchevique había derribado la monarquía de los Romanov y obligado a abdicar al zar Nicolás II, haciendo prisionera a toda la familia, antes de fusilarla junto a la servidumbre y el médico de cabecera al año siguiente. La misma suerte que corría pocos días después en París la bella Mata Hari, juzgada en sumarísimo consejo de Guerra, acusada de doble espionaje y condenada a la máxima pena, entonces muy común entre las naciones más desarrolladas del llamado primer Mundo.

 

 

España, estaba fuera del ardor belicista, pero no ajena a sus propios conflictos. Al día siguiente de aquél 4 de julio, el Ayuntamiento de Barcelona pedía al Gobierno una reunión inmediata de Cortes Constituyentes para deliberar sobre los problemas político-económico-administrativos-territoriales que afectaban especialmente a Cataluña; y unos pocos meses después, caído el Gobierno de Dato, Antonio Maura pronuncia la célebre frase: ¡que gobiernen los que no dejan gobernar! ¿Les suena la música y la letra que dibuja la partitura de aquélla España?

 

Era la España que utilizaba la meseta del toril de la plaza de toros de Madrid para que los líderes políticos lanzaran sus encendidas proclamas, tan encendidas como las ovaciones que dedicaban a la bailaora Pastora Imperio en teatros y tablaos; o a Belmonte, tras su histórica faena al toro Barbero, de Concha y Sierra, en la corrida del Montepío de la villa y corte, apenas dos meses antes de que un novillero cordobés, llamado José Flores y apodado Camará, con 19 añitos, cortara ¡tres orejas! en ese mismo ruedo y armara una inmensa tremolina, al punto de tener que dar la vuelta al ruedo después de un clamoroso tercio de banderillas.

 

A todo esto, naturalmente –y en especial al último suceso referido–, era bien ajeno el niñito que, en aquellos días de verano del 17, era paseado por su madre y hermanas por las calles tórridas de Córdoba en un cochecillo rudimentario; y, sin embargo, el Destino ya tenía decidido el maridaje de aquél bebé que lloraba entre pañales con el joven alborotador que vestía sus primeras sedas bordadas en oro, para formar el tándem más importante y mejor compenetrado de la historia del toreo. El niño era Manolete –para su madre y sus hermanas fue siempre eso, el niño—, llamado a ser uno de los pilares de la Tauromaquia, y el joven rozagante de su gran triunfo, Camará, el hombre que, andando el tiempo, gozaría como apoderado de aquél, el más alto prestigio que imaginarse pueda.

 

Así, pues, dos grandes figuras en ciernes, vinculadas ambas al mundo de los toros, andaban por Córdoba aquél año 1917 en estratos taurinos, sociales y ambientales bien distintos… y bien ajenos a lo que en un futuro, no demasiado lejano, les acabaría uniendo de forma indisoluble, tras el encadenamiento de sucesos de muy variado jaez.

 

Lo cierto es que Manolete, como casi todos los nuevos españoles de su tiempo,vivió su niñez en Córdoba con las zozobras y carencias propias de la paupérrima situación del país y con las afectaciones colaterales que deparó el trienio de un brutal conflicto armado.

 

De la vía genética y de las concomitancias que confluyen para fomentar la vocación taurina de Manolete, habrán de ocuparse con profusión otras voces y otras plumas más autorizadas que la mía, a lo largo de los actos proyectados para conmemorar el centenario de su llegada al mundo. Por tal motivo, he de obviar la enredosa genealogía que adorna a tan venerado personaje y en la exitosa cronología de su vida taurina, para poner el acento en la significación e importancia que su concepto del Arte de Torear tuvieron en el proceso evolutivo de la Tauromaquia.

 

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Uno de los libros de toros que repaso con más frecuencia –al punto de tenerlo literalmente deshojado y literariamente absorbido–, es el escrito por Conchita Cintrón a finales de los años 70 del pasado siglo, cuando la bella artista del toreo a caballo y a pie –la Diosa Rubia, le llamaron– llevaba retirada varios años de los ruedos y, por ende, capacitada para ejercer la reflexión sin prejuicios, que es el más preciado don que puede aportar la veteranía. El libro, rescatado por mí en una librería de viejo en México D.F., se titula ¿Por qué vuelven los toreros?; pero no es este el argumento principal de la obra. En realidad, se trata de una recopilación de artículos, en los cuales analiza, con bella prosa, situaciones, acontecimientos y experiencias en las que ella misma compartió protagonismo con grandes figuras del toreo de distintas épocas.

 

Dice Conchita en uno de estos artículos que la arquitectura no solamente es la que comanda la clasificación de las seis Bellas Artes que enumera y registra la Historia, sino también el resumen de todas ellas, lo cual debe entenderse como un compendio extraído de las otras Artes que completan ese exiguo escalafón.

 

Lo sorprendente, por novedoso, es la relación que la gentil amazona establece entre la arquitectura y el toreo; para lo cual se inventa un nuevo verbo: arquitectar. Torear es arquitectar, asegura con rotundidad. Y dentro de esta tácita y metafísica simbiosis artística, va colocando alarifes y proyectistas según el estilo y la personalidad de los más cualificados en las distintas épocas de la Tauromaquia, a la manera que García Lorca hizo con los duendes y sus más genuinos representantes, con nombres propios de toreros. A Manolete, la popular artista le asignó, el estilo gótico: tan esbelto y espiritual… un torero de luz ensombrecida por una mirada de penumbra; una luz semejante a la de las catedrales iluminadas por vidrieras.

 

Creo, sinceramente, que Conchita Cintrón exagera con el referido compendio que absorbe la arquitectura de las demás Artes que completan lo podríamos considerar el top de la belleza terrenal, esto es, la belleza que conforta los sentidos y alimenta el espíritu de los seres humanos; pero estoy muy de acuerdo en su comparanza con el Arte del Toreo, porque en este caso sí que entran en su composición la pintura, la escultura, la música, la literatura y la danza, bien entendido que en distintas proporciones. Y la arquitectura, por supuesto. Torear, es arquitectar. Me gusta.

 

Habría que ser experto en sociología para definir el comportamiento de las personas en función de las constantes que concurren en su formación, tanto física como intelectual, y las circunstancias que envuelven el entorno en que se desarrollan sus relaciones humanas.
En el caso de Manolete, la crisis que asfixiaba a la sociedad española en aquél año 1917, y la inestabilidad político-económica de los años subsiguientes, a causa del popurrí de dirigentes de variadas y a veces encontradas ideologías que gobernaban el país, y las necesidades perentorias que acuciaban en su casa, le abocaron a crecer con una   flaqueza de carnes y un halo de tristeza que ya no le abandonarían a lo largo de su muy corta vida.

 

Habría que ser, también, experto en psicología para estudiar, y en su caso identificar, la relación que existe entre el aspecto físico y el carácter de los individuos, para entender las concausas que desarrollan lo que llamamos personalidad. Manolete, ya ven, era espigado, serio, adusto, hierático… pero, a la vez, afanoso buscador de cariño, de comprensión y de redención.

 

Si se cumpliera la teoría de Juan Belmonte, según la cual se torea como se es, encontraríamos ese retrato de Manolete que acabo de esbozar en la expresión de su obra artística frente al toro. Y si asumiéramos la tesis de Conchita Cintrón, identificaríamos al torero y al hombre que este año homenajeamos, como el artífice de un concepto gótico del toreo.

 

Como todos los movimientos artísticos, de fecunda implantación, el gótico es un estilo rompedor de las normas que, con inmediata anterioridad, se consideraban clásicas; y como todas las novedosas formas del Arte, responde a los cambios radicales que se van produciendo en la naturaleza humana a lo largo de la Historia.

 

Veamos ahora la concomitancia que pudiera existir entre los estilos arquitectónicos y la necesaria evolución del toreo:

 

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A mediados del siglo XII, cuando en la vieja Europa comienza a declinar la influencia del Sacro Imperio Romano Germánico, el estilo que imperaba en las construcciones emblemáticas, en su mayoría dedicadas al culto religioso, era el llamado, por extensión, románico, un estilo que se caracteriza por la robustez de sus muros de carga perimetrales, la elegante simplicidad de sus bóvedas de cañón, los arcos de medio punto y las anchas columnas en espacios exentos o porticados; y por otra parte, durante los siete primeros lustros del siglo XX, en la España taurina se ha vivido el fulgor de la llamada Edad de Oro del Toreo, capitaneada por Joselito y Belmonte, y la subsiguiente de Plata, en la que brilla especialmente Domingo Ortega. Durante ambas, el ejercicio de enfrentarse al toro se ha convertido en el Arte de la Tauromaquia, para lo cual se han demolido los dogmas y preceptos del clasicismo anterior, basado en la constante movilidad del torero para despedir al toro de su jurisdicción, algunos adornos floridos con los utensilios de torear y la finalidad de la faena de muleta como ejercicio preparatorio para la suerte suprema de la estocada.

 

Durante estos 35 años de siglo, puede observarse que la arquitectura de la lidia estaba sólidamente apoyada sobre las piernas del torero, es decir, románicamente afirmada, tomando como uno de sus puntos de referencia el arco de medio punto de la media verónica belmontina. Solo cuando se vislumbra esa treintena, la romanización del toreo comienza a perder hegemonía. Las líneas horizontales, que son preceptos hasta entonces inviolables, comienzan a difuminarse en la ejecución de las suertes de la lidia. Y es, precisamente, en el año 1935 cuando Manolete se da a conocer, como novillero, en el suburbio madrileño de Tetuán de las Victorias. El concepto gótico del toreo acaba de excavar sus primeros cimientos.

 

Manolete llega a la fiesta de los toros para imprimir una nueva compostura, una forma de arquitectar la ejecución de las suertes basada en la línea vertical. Si Belmonte consideraba que el toreo es un ejercicio de orden espiritual, Manolete vino a fundar una nueva espiritualidad. Como el gótico. Como la Orden religiosa del Cister que lo promovió hace más de ocho siglos.

 

El estilo gótico acabó con la robusta oscuridad románica, ganando espacio en línea ascendente, apuntando hacia los cielos, cambiando solidez por levedad, promoviendo la ascética liturgia de los cistercienses, solo que cambiando también el hábito religioso por un luminoso vestido de torear.

 

Manolete mostró también la sobria actitud de los ascetas, en la ejecución de las suertes, unas suertes de libreto corto pero intenso, apoyadas en las pilastras de unas piernas en permanente reposo, en las bóvedas de crucería que trazan la curva de sus brazos, en los arbotantes de sus muñecas y en el arco apuntado que acentúa la verticalidad de su figura. Vistas así las cosas, Manolete, en efecto, fue el gran propulsor de la arquitectura gótica de un arte dinámico, o como decía el maestro Clarito, una aguja catedralicia metida a matador de toros.

 

 

Esta forma de torear de Manolete no es sino el reflejo de su actitud ante la vida y de las circunstancias que la han propiciado. Realmente, el toreo también es eso, la expresión vital y artística de una forma de ser; pero, ojo, con la inestimable aportación de un aditamento crucial: es la misma vida la que se pone en juego sobre el tapete del ruedo. Palabras mayores.

 

Una forma de torear que encontró –y todavía encuentra— voces de censura en los sempiternos escudriñantes de la mácula, en la venalidad de interesados compañeros de su contemporaneidad o en los arqueólogos llorones, añorantes de un pasado que ni siquiera conocieron.

 

Tampoco yo conocí a Manolete… ni al Cid Campeador, ni a Fernando el Católico, ni a Napoleón Bonaparte, ni a infinidad de hombres y mujeres que contribuyeron a escribir la Historia de España y del resto del mundo; pero ello no empece que me subyugue el estudio en profundidad de la veracidad de sus acciones y la pertinencia de sus consecuencias.

 

He de reconocer que, en lo que a Manolete respecta, he sido un incansable buceador en su extensa bibliografía. Es por eso que creo oportuno rescatar unos párrafos de quien, a mi juicio, ha sido el más certero y brillante de los escritores que trataron su obra y entendieron su grandeza: Guillermo Sureda Molina, un mallorquín, erudito de largo recorrido y excepcional aficionado a los toros, que supo encontrar en la aportación de Manolete a la Tauromaquia el siguiente y explícito corolario:

 

 

La técnica taurina era, antes de “Manolete”, y en términos generales y un tanto confusos –todos estos conceptos puramente teoréticos son un tanto confusos–, la adaptación del torero al toro; es decir, consistía en el esfuerzo que hacía el torero para adaptarse al “carácter” del toro. Sin embargo, después de “Manolete” no puede admitirse esta definición, porque, precisamente, todo el giro que da el toreo moderno está en el giro de esta definición, hasta el punto de que la técnica moderna actual habremos de definirla de un modo casi opuesto y, por tanto, como el esfuerzo que hace el torero para que el toro se adapte a su toreo, a su concepción taurina de lidiar. Si antes el torero era distinto ante cada toro, hoy intenta ser el mismo ante todos los toros. Y en eso radica toda la revolución “manoletista”.

 

 

 

Es decir, que este cordobés que próximamente cumpliría cien años de vida, partiendo de su concepto gótico del arte del toreo, sentó una normativa que sigue vigente después de 70 años de su desaparición.

 

Evidentemente, no debemos olvidar –ni mucho menos renunciar a su estudio–, los estilos de todas las Artes, sino a reconocer su evolución para adaptarse a las nuevas exigencias de la sociedad y, en el caso del toreo, a las sensibilidades de los públicos; pero la evidencia demuestra que, de Manolete para acá, el arte taurino por él desplegado, su ciencia y su técnica, además de imponerse ante todos los toros, se ha ido estatificando, llegando en la actualidad a una rigidez casi absoluta, tanta, que en ocasiones raya en el envaramiento. En cuestiones taurinas, el más difícil todavía, parece ser la constante obsesiva del progreso.

 

Sin embargo, creo que yerra quien considere al Monstruo cordobés el autor de un catecismo dogmático. Manolete no impuso normas, sino formas. La idealización de un espacio, tomando como referencia el eje vertical de su figura. Para ello citaba a los toros en la angostura que pidiera su forma de embestir, ligeramente distanciado de los boyantes y muy en corto a los más reacios. Siempre al rafe del cuerno; pero, en ocasiones, cruzándose ligeramente, casi de forma imperceptible, con rápidos movimientos de la suela de las zapatillas –ras, ras, ras…- en dirección al pitón de afuera, no para colocarse en el sitio (como dirían los aristarcos que en la actualidad funden su exigencia con la ignorancia), sino para provocar la arrancada, que es para lo que, desde que se inventó el toreo, sirven los desplazamientos hacia el pitón que es opuesto al natural de la embestida.

 

Esta breve exposición de una teoría elemental de la que, por cierto, reniegan quienes se empeñan en no utilizar el sentido común, solo pretende ser el argumento fehaciente que trata de contrarrestar el efecto que ha causado la fustigación permanente de la tauromaquia manoletista a lo largo de los últimos decenios, haciendo pertinaz hincapié en lo que podríamos llamar el perfilerismo.

 

Manolete, especialmente con la muleta, toreaba de perfil. Naturalmente. Su pase natural puede considerante el arbotante del toreo gótico por él inventado, es decir, el puente que transmite la mayor carga emocional de su severo repertorio. Para ejecutarlo, se quedaba quieto, impasible, con su muñeca de seda dormida, los dedos de la mano izquierda reposados sobre el listoncillo redondeado del estaquillador y la muleta en posición vertical, con los flecos enredados entre la arena del ruedo. En Manolete, todo era verticalidad. Y desde esa monolítica posición, aguarda impasible la llegada del toro.

En ese esperar al toro (en vez de ir en su busca ofreciendo la muleta por delante, para que no dude en la elección entre el trapo y el bulto), en el escalofrío que se deja sentir –lo sabemos hasta los que nos hemos puesto delante de simples becerritas— cuando el ojo del animal te está mirando a ti y no al engaño, en la incertidumbre que el público percibe durante los breves segundos en que el cuerno pasa por delante de los muslos, antes de alcanzar el lienzo de la muleta, en ese albur mayestático, se concentra también gran parte de doctrina manolestista. A medida que iba puliendo el manejo de los utensilios de torear Manolete también iba concentrando todo el rigor de su apostura ante los toros, valiéndose de la nave central de su toreo catedralicio, donde se recogía la verónica, larga y lenta, de su capote, y los pases en redondo de su muleta.

 

Los lances de Manolete eran una verdadera apología de la solemnidad y su remate con media verónica de mano baja, a pies juntos, un broche cadencioso inimitable. Y todo esto, citando y después embarcando y templando la embestida del toro por su sentido natural, ligeramente perfilado con él, esto es, del modo que recomienda Guerrita en su Cartilla de Torear: “… encontrándose el diestro de costado al bicho y no de frente, tiene más facilidad para dar salida y para repetir la suerte”… Es decir, que de esta forma el torero puede ligar los lances a la verónica apenas sin enmendarse, algo que sutilmente deja apuntado José Alameda, apostillando: Antonio Fuentes toreaba así a la verónica, siguiendo a “Guerrita” y fue el verdadero enlace hacia el toreo de nuestro tiempo. Sin eso, no podría haber toreado Belmonte como toreó, ni “Gitanillo de Triana”, ni “El Soldado”, ni Solórzano, ni “Cagancho”, ni Rafael de Paula. (Ni, por supuesto, Manolete, añado yo ahora).

Pero “Guerrita” era un ventajista. ¿No sería un genio?

 

Hemos expuesto la forma de citar a los toros de Manolete, el terreno que pisaba y su obsesión por acercarse a la cara del cornúpeta y por encadenar los pases. Y es que Manolete practicaba un continuo toreo de ida, en el que, cuando el toro vuelve del pase anterior, vuelve el torero a situarse en la dirección de la embestida, dejando llegar al animal por el terreno que naturalmente le corresponde, para lo cual, habrá girado sobre los talones, dejando inmóvil la llamada pierna de salida, para no perder ni un ápice del territorio que él mismo se acaba de asignar.

 

Antes de Manolete, el toreo era de ida y vuelta: un pase en la suerte natural (el que se ejecuta con la mano que corresponde el cuerno) y el siguiente, otro tomando al toro por el pitón contrario, es decir, un pase de pecho; pero el Monstruo se encargó de hacerlo en una sola dirección y en redondo, con lo cual cerró el círculo que había esbozado Chicuelo en Madrid, con sus portentosos naturales al toro Corchaíto, de Graciliano, en el año 28.

 

 

En definitiva, el toreo de ida de Manolete es el que hoy –mucho más pulimentado, sin apenas enganchones y con series de pases más dilatadas—se practica en todas las plazas de toros del mundo. El propio torero, lo explicaba al exponer su concepto del pase natural. Copio textualmente:

 

En el toro que embiste no se le debe adelantar la muleta, sino dejar llegar al toro hasta que los pitones llegan hasta una distancia como de una cuarta de la muleta. Cuando el toro está a esa distancia, entonces se le debe correr la mano con la máxima lentitud y estirar el brazo todo lo que se pueda; la pierna izquierda tiene que permanecer inmóvil, y cuando el pase llegue a su terminación es entonces cuando hay que girar la pierna derecha hasta quedar en la posición de darle el siguiente muletazo en el mismo terreno en que se inició el primero y, así, sucesivamente, dar todos los que se puedan… o se deje dar el toro.

 

Un poco más adelante, añade:

 

Todo esto que se dice de cargar la suerte en el natural viene a ser lo mismo que en las otras faenas del toreo. Esto es, simplemente, una ventaja para el torero, puesto que se desvía más fácilmente el camino que trae el toro. Cargar la suerte, yo lo creo así, es tan solo una desventaja (se entiende para el toro). En el pase natural hay que dejar que el toro se estrelle en la muleta.

 

Respecto del primer axioma manoletista no incidiré, para evitar caer en la redundancia; pero sí quisiera llamar la atención en un detalle: Manolete raramente daba el pase de pecho para rematar las series, sustituyéndolo por un molinete, normal o invertido, ejecutado en la misma línea natural de la embestida. Es decir, que el toreo de ida lo practicaba hasta para cerrar las tandas en redondo. Era éste un muletazo florido y garboso, junto con las manoletinas de final de faena, lo que podríamos llamar los elementos decorativos que completan el estilo gótico de su toreo, añadiéndole unos toques de fantasía, como los gabletes que coronan los pináculos, los rosetones de las ventanas vidrieras o los florones y gárgolas que emperejilan los remates exteriores en las grandes catedrales.

 

 

Respecto del segundo, no me cansaré de repetir que la suerte no se carga cuando el toro está parado o acaba de iniciar la embestida. La suerte solo se carga cuando se produce, esto es, cuando el toro llega a la jurisdicción del torero y comienza a perseguir el señuelo de la muleta. Por tanto, cuando tan solo es un esbozo, una premonición, no hay nada que cargar; o por decirlo en el argot que estamos utilizando: cuando solo es un proyecto, no hay nada que arquitectar.

 

Resumiendo: la cargazón de la suerte –como todas las cosas que en la vida hay que cargar—no estriba en la colocación de una pierna, sino en el esfuerzo intrínseco que se traslada a las palancas anatómicas del cuerpo del torero encargadas de tal función, que son los brazos y la cintura. Las piernas, ambas, son meros puntos de apoyo.

 

No insistiré tampoco en el anatema que, en formato de conferencia escrita, Domingo Ortega descargó sobre Manolete, tres años después de la tragedia de Linares, proclamando, con indisimulado afán dogmático, la entronización de su concepto dominador y poderoso de un arte del toreo de románicas líneas horizontales y ambulantes, a la vez que condenaba al exterminio o a la demolición la gótica verticalidad de Manolete.

 

Aquél antiguo Testamento Taurino, aquellas Tablas de la Ley que el profeta Ortega leyó sobre el Sinaí del Ateneo madrileño, no se rompieron jamás y, por tanto, todavía tienen cierta vigencia, a 67 años vista. Todavía se habla de la pata p’lante como único signo de pureza inmaculada, de la cargazón de la suerte andándoles a los toros desde la cabeza al rabo, en definitiva, de ese toreo dinámico, de ida y vuelta, que practicaba (mejor que nadie, eso sí) un tal Domingo López Ortega, gratuitamente entronizado por él mismo como Sumo Sacerdote del Arte del Toreo.

Pero, ya ven, a pesar de las diatribas orteguianas, la Tauromaquia de nuestro tiempo sigue apoyada en la estática del torero y en la dinámica del toro. Y, sobre todo, en la circulación del animal en derredor de la figura del hombre, mandando éste en su embestida y en los terrenos, y no al revés, como hacía y predicaba Ortega. En definitiva, en la consumación de una forma de interpretar las suertes sin pasos entre los pases, según perspicaz observación del toreo mexicano Manuel Capetillo.

 

México, donde –¡qué curioso!— se veneró a Manolete, y se le venera todavía, como una referencia indiscutible, un dios pagano de mirada taciturna que enloqueció a los públicos de aquél maravilloso país, ganándose, además, el respeto y la admiración de todos los compañeros aborígenes que con él alternaron. Tuve la fortuna y el privilegio de hablar en varias ocasiones, en estricta intimidad, con Silverio Pérez, la figura del toreo mexicano, contemporánea del genio cordobés, más contrastada y cualificada.

 

Hablamos de la entrañable amistad que les unía y, también, de sus flaquezas y timideces fuera del ruedo… pero, sobre todo, de su aplastante y suprema autoridad dentro del él. Me contaba Silverio que, en la espontaneidad que desplegaba cuando acudía a las francachelas de su rancho, él le llamaba Monstruo y Manolete respondía llamándole Tormento, que es el vocablo injertado por Agustín Lara en la letra de su célebre pasodoble, para sugerir la pasión –solo figurada, desde luego– que el Faraón despertaba en las mujeres.

 

Llegado el momento, le fui preguntando a Silverio por los toreros españoles que con él alternaron y, también por los que conoció de cerca, cuando se apartó de los ruedos. Me hablaba de los tres o cuatro que acapararon en México máxima expectación y lograron triunfos de clamor. Me hablaba de los gachupines consentidos de la afición mexicana; pero al final añadía, a modo de sentencia inapelable: Si…, pero ninguno como Manolete.

 

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Hago extracción de estas intimidades, porque siempre he sentido un íntimo pesar cuando oigo o leo los vilipendios que, a través de los años, han ido anidando en el cómodo ramaje de la irreflexión y la ignorancia de las gentes aficionadas a los toros –profesionales incluidos– de nuestro país; o, peor aún, de los vertidos por una perversa venalidad.

 

El santuario catedralicio de estilo gótico que Manolete plantó sobre los ruedos sigue ahí, solemne y esbelto, enigmático, siempre protegido por la pátina de una personalidad apabullante. ¿Y quién que no se halle afectado por las teoréticas confusas a que aludía Sureda, puede negarle personalidad a Manolete, esto es, acento personal inimitable? ¿Quién mejor que él ha practicado en tan poco tiempo las suertes del toreo, cosiendo el recorrido del toro a los vuelos de su capote o al cáncamo de su muleta, como si el lance o el pase fueran un poema improvisado sobre la hoja en blanco de la embestida?

 

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A lo largo de este año 2017, Córdoba, y toda España, celebra el centenario de un hombre que, como buen hispánico, jamás volvió la cara ante la muerte ni ante sus emisarios, como el toro, por ejemplo. Manolete, pues, debe ser este año más héroe que nunca, el genuino portador de ese valor que el escritor mexicano Guillermo H. Cantú describe como la vocación ancestral del hispano para el sacrificio estoico.

 

 

A este respecto, es obligado traer a colación al cordobés más universal, patriarca de la filosofía en tiempos de la Roma Imperial, profundo estudioso de los comportamientos que el hombre debe adoptar durante la vida, ordenándolos y guionizándolos a través de su doctrina estoica: Lucio Anneo Séneca, a quien, muchos siglos después, el filósofo alemán Friedrich Nietzche llamó toreador de la virtud.

 

 

Tengo para mí que, de haberlo podido estudiar en su campo de acción (el ruedo de las plazas de toros) Nietzche también se lo hubiera llamado a Manolete; y es que este virtuoso cordobés, que llegó a la vida hace cien años, bien pudiera haber tomado el cuerpo y el espíritu de esos especimenes que son portadores de unos rasgos temperamentales específicos, tan proclives a la severidad senequista.

 

He comenzado hablando de recuerdos, de incursiones bibliográficas y de la apasionada entrega que siempre puse en el estudio y reflexión que demanda el advenimiento de un concepto del Arte del Toreo, tan condicionado siempre por el nomadeo de los formulismos, consignas y doctrinas que recogen los catecismos taurinos, vigentes todos ellos conforme al dictamen de la moda de los tiempos. Pero, a fuer de sincero, debo decirles que, en ocasiones, hablar de Manolete me supera, incitándome a entrar en el poco recomendable sendero de la hagiofrafía.

 

Cuando esto sucede, me suelo abstraer rebobinando el encintado de la memoria, para rememorar aquellas imágenes en blanco y negro de Manolete toreando en la plaza de El Toreo de la Condesa de México, o en la nueva de Insurgentes, o en cualquiera de las principales de la geografía española. Es entonces cuando dejo a un lado disquisiciones o dogmatismos, asumiendo plenamente la reflexión de Antonio Machado: solo recuerdo la emoción de las cosas, y se me olvida todo lo demás.

 

Manolete, como asegura el feliz eslogan que pone marchamo a este año de gracia, sigue estando entre nosotros. Vivo, al cabo de 100 años. Está en el lugar que le corresponde: el de la gloria bien ganada, esa gloria adonde apuntan las agujas que arquitectaron su toreo.

 

El poeta colombiano Carlos Castro Saavedra supo retratar ese glorioso descansadero en unos versos que buscan la beatífica serenidad, pero que están cargados de emoción:

 

La gloria es reposar. Tú ya la tienes.

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Duermes con tu victoria eternamente

y eternamente crece tu victoria

porque te has olvidado de ti mismo.

………………………………………….

Tu gloria es ese espacio

que ocupas en la frente de Dios todos

                                               (los días.

 

En esa gloria, Manuel, queremos que te contemplen quienes saben valorar la grandeza de tu obra y las gentes de buena voluntad de todas las tierras del mundo que saben respetar un impecable paso por la vida y un impasible ademán ante la muerte.

 

En virtud de ello, déjenme poner epílogo a este largo monólogo, con el grito que todos los sanagustines llena el paisaje olivarero del pueblo de Linares:

 

¡Gloria a Manolete!

 

Muchas gracias.

 

 

 

 

 

Fernando Fernández Román.

Córdoba, 21 de marzo de 2017.

Centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez, Manolete.

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