Tenemos y año por delante…

A punto de culminar la primera semana del Nuevo Año, medio repuesto de la cansera de las fechas festeras que se atropellan unas a otras, del bullicio familiar y afectivo, de la prueba anual a que se ve sometido nuestro aparato digestivo y, en fin, de la batalla que emprenden entre sí las emociones y el despilfarro, enarbolo la bandera blanca del sosiego, enjuago la mente atiborrada de villancicos, retomo los trastos y me pongo a escribir. Los primeros granitos de arena de este 17 del siglo XXI ya han caído sobre el reloj de su calendario. Ha comenzado la cuenta atrás de lo que se me antoja una etapa crucial para el futuro de la fiesta de los toros.

Me fundo para hacer observancia de tan categórica afirmación en mi personal convencimiento –llámenlo pálpito, llámenlo intuición de lo deseable, llámenlo equis, como dice Joaquín Sabina en la retahíla hilarante de una de sus populares composiciones– de que el 17 ha sido guarismo mágico y enrojador de capital importancia en la fragua de la Tauromaquia.

Si echamos una ojeada a los datos que sirven las hemerotecas, las efemérides taurinas de hace justamente un siglo nos hablan de un año 1917 en el cual un torero llamado Juan Belmonte dispuso los cimientos del toreo contemporáneo, con su magistral faena al toro Barbero, de Concha y Sierra, la tarde del 21 de junio y que justamente trece días después –¡fuera gafes!—nacía en Córdoba Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, hijo de un mediocre torero apodado Manolete, casado en segundas nupcias con una oronda albaceteña llamada Angustias, viuda del también torero Lagartijo Chico. Dos fechas históricas. Dos acontecimientos que se harán centenarios en el presente calendario. Sus protagonistas promulgaron e impusieron –quizá sin proponérselo– dos nuevas formas de enfrentarse al toro: Belmonte, en plenitud de su genio creativo, desplegando el arte más puro que jamás se viera, a decir del célebre crítico taurino Gregorio Corrochano; Manolete, aún en pañales, estaba destinado a torear a todos los toros con la misma partitura, interpretada bajo la batuta de una mayestática quietud, tan asombrosa, tan cercana al peligro y tan impensable, que obligó al no menos célebre Clarito a tirar de ditirambo para asegurar que el arte del toreo está tan lleno de Manolete como el cielo y la tierra de la voluntad de Dios…

Por tanto, estos dos sucesos merecen subrayarse en los anales de la fiesta de los toros como básicos y trascendentales para su consolidación como ejercicio artístico de especial y considerable magnitud. Aquél año 17, cuando España entraba en crisis con la cuestión europea, en debilidad su Gobierno conservador (Dato) y con el fracaso de una huelga revolucionaria, auspiciada principalmente por los más destacados miembros de la UGT, el arte del toreo resplandecía en el apogeo de la llamada Edad de Oro y alumbraba una estrella de singular fulgor.

Cien años después, España trata de sobrenadar después de sacar la cabeza a la superficie tras el aluvión de un tsunami llamado Crisis y de los vaivenes y veleidades de una clase política nacida de las limosidades y secuelas que arrastra todo sobresalto socioeconómico –en este caso, brutal–, con un gobierno supuestamente conservador también en debilidad (Rajoy) y unas huestes revolucionarias de la izquierda que amenazan con tomar la calle para asaltar el cielo…

En medio de este panorama, la fiesta de los toros aparece atribulada y a merced de los vientos que la traen de acá para allá, como el abanico de una tonta, acosada por la corriente turbulenta de los animalistas y abandonada a su suerte por las nuevas generaciones. Es una etapa de nuestra Historia realmente preocupante, dicen que Regeneracionista y Constituyente.

En este tiempo tenemos una baraja de toreros excepcional. Si en aquél 17 del siglo pasado eran dos, en este 17 hay, al menos, media docena de toreros excepcionales, y a su zaga otros tantos que muestran unas cualidades extraordinarias. ¿Y el toro? Pues, mire usted, si el tal Barberode Concha y Sierra que salió al ruedo de la Plaza de la Carretera de Aragón sale hoy al de Las Ventas, con esa carita y esa corpulencia, se lía la mundial. No le digo más. En cambio, Belmonte realizó con ese toro, bravo y ¡noble! una faena sublime, cautivó a los abuelos de los aficionados madrileños actuales y se apoderó del estro de las mejores plumas de la crítica taurina, obligándolas en mojarse en el tintero del paroxismo.

Esa es la gran diferencia, lo que va de ayer a hoy. Saber de toros no solo es tener conocimientos enciclopédicos o el aval –inocuo, por demás– de un abono permanente, sino tener la capacidad de comprender, de asimilar, de aquilatar las cosas y sus circunstancias. Y, a mayores, contar con quien sepa contarlas sin prejuicios.

No se presenta, ciertamente, este año de gracia de 2017 como exponente de una Edad de Oro de la fiesta de los toros, pero sí como una oportunidad de oro para revitalizarla, para enderezarla, para resolver los problemas que tiene enquistados desde hace décadas y, sobre todo, para reivindicar al toro de lidia, a quienes lo crían, a los profesionales que a él se enfrentan y a quienes amamos el resultado de la simbiosis que genera tan colosal encuentro.

Tenemos por delante un año para resolver la cuestión de la vuelta de los toros a Cataluña, en cumplimiento de la sentencia del Tribunal Constitucional, un tema que no se puede dejar abocado al pudridero de inoperancia política. Si los llamados estamentos taurinos no se ponen en marcha con operatividad galopante, aquí no mueve un dedo nadie. ¿Dónde están los empresarios intrépidos? ¿Dónde los grandes toreros y ganaderos solidarios? ¿Dónde los miembros de la Fundación Toro de Lidia, tan diligente en la organización de la macrocorrida de Valladolid, so pretexto de homenajear a Víctor Barrio?

Tenemos un año por delante para recuperar la credibilidad de un hecho cultural reconocido por Ley, pero que no se atreven a abordar desde la primera línea de nuestra Política. Hay otros asuntos de imperiosa necesidad por resolver, dicen. Ya. Así llevamos más de un lustro de inoperancia, de oídos sordos, de pacatez absoluta en los despachos de la Administración. Y menos mal que, de momento, no acceden al poder –espero y confío en que no lleguen jamás– los que pretenden la abolición de la Tauromaquia, por mucho que quieran despistarnos con burdos gambeteos semánticos.

Pero el tema principal, el asunto nuclear de la cuestión estriba en poner en marcha una labor pedagógica que prenda en el entendimiento de las nuevas generaciones. Sin el recambio, no hay futuro. Hay que empezar por abajo, por hablar de grandezas, antes que de miserias. De todo hay, pero por orden y, sobre todo, con prioridades absolutas. La raíz, el tronco y las ramas son los elementos básicos del árbol. La hojarasca, lo superfluo.

Un ejemplo: durante los últimos días del pasado año, la actualidad taurina en nuestro país ha estado protagonizada por la controversia de unas declaraciones del torero Enrique Ponce, explicando verbal y gráficamente la supina estupidez con que se lleva tratando ¡durante cuarenta años! el presunto truco del pico de la muleta. Enrique, además de un torero inconmensurable es un buen hombre. Tan bueno, que todavía no ha comprendido que el público de toros practica la atávica necesidad de encontrar la posible trampa (¿?) en el juego más real y más auténtico del mundo en que vivimos. Alguien interesado suelta una memez cáustica y hace fortuna con ello. Parece ser que, ahora mismo, la gran preocupación de la fiesta de los toros se centra en hacer una apología de la panza de la muleta.

La panza importante es la transparente de ese reloj de arena que empieza a desperezarse en este 2017. Ojalá durante su vertido hayamos conseguido abordar y enderezar las grandes cuestiones que tienen encorsetada, lacerada y abandonada a la Tauromaquia de nuestro tiempo. Las paparruchas, interesan menos.

Tenemos un año por delante…

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