Habitación 521

velero

No puedo estar hoy más en desacuerdo con quienes afirman que después de la vida no hay nada.

Que no somos nadie, que no somos nada.

No es cierto.

Yo no sabía qué era la muerte.

Quiero decir que no la había vivido de cerca, hasta que le di, antes de morir, la mano a mi padre.

Había visto morir a mis perros, con un dolor acusado, como el que me produjo ver morir a mi perra Otilia, siempre mirando conmigo el horizonte.

En otra ocasión, un colimbo que con una marea negra quedó petroleado y lo llevaba en mis brazos, abrigadas sus plumas por mi jersey de lana, cuando noté perfectamente, de pronto, el frío que me dejó entre las manos, al irse su vida volando hacia la nada.

Pero en ninguno de estos casos, pensé que había para ellos algún lugar, o algo más.

Estaba en la habitación 521, era de noche. Una enfermera había entrado para cambiar algo a mi padre. Entraban a cada rato. Si hay un lugar en el mundo en el que no me he sentido ni un minuto sola, ha sido en esa habitación 521, a oscuras, con mi padre, y con tantas personas que con una delicadeza inusitada entraban y salían, para tomar la fiebre, la tensión, cambiar a mi padre, ponerle en una posición más cómoda, darle alguna medicina, refrescarle la boca, mimarle en fin como si le quisieran igual que yo, hablándole con dulzura como si les oyera, llamándole por su nombre de pila como si les conociera de toda la vida, bromeando con él incluso.

“Mariano, ¿qué tal?, ¿mejor así?”

Quisiera saber ahora de memoria todos y cada uno de los nombres de esas personas que atendieron a mi padre, para nombrarles aquí a todos y cada uno por su nombre de pila con el mismo acierto en el tono con el que ellos llamaban a mi padre cuando estaban a su lado. Muchas gracias. Es su trabajo, desde luego. Son profesionales, no hay duda. Pero había en ellos algo más. Son personas. A mi padre le cuidaron personas. Lamento, de verdad, no saber ahora todos los nombres, del primero al último, pero no quiero dejar de citar, por su gran humanidad, a la doctora Ana Gómez García de la quinta planta, y al doctor Jerónimo Barrio que atendió a mi padre en urgencias.

Era una enfermera la que me dijo, “¿no hace mucho calor aquí?, ¿abro la ventana?” Y entonces le comenté que estaba esperando que se apagaran las luces para que no entraran los mosquitos. “¿No es muy pronto para que haya mosquitos?” Le enseñé el vuelo de un murciélago por el patio, y le conté que por el día había visto volar a los vencejos, comedores de insectos en el aire, recién llegados. Se mostró tan interesada que le dije que además había en el patio un mirlo que cantaba en cuanto amanecía. Si mi padre nos escuchó, sonrió para sus adentros seguro. Yo creo que escuchaba todo en la habitación. Es curioso, porque hasta entonces creímos que mi padre no oía bien, y lo único que le sucedía es que no escuchaba. O eso nos parecía, porque en la habitación 521 había que andar con cuidado con lo que decíamos, porque todo lo oía. El sentido del oído se había convertido en el cordel por el que seguía atado a la vida. Y mi padre amaba la vida.

De vez en cuando abría los ojos, y le caía una lágrima, eso dijo mi hermana Mari Paz. A mí me los abrió cuando le puse su pañuelo con agua fresca en la frente y me miró como si me lo agradeciera. Pero era al darle la mano cuando más notaba que estaba ahí. Creo que nunca antes le había dado tanto la mano a mi padre. Mi madre, por el día, no se la soltaba, como si temiera que fuera a echarse a volar, como así sucedió finalmente.

Era de noche, y habíamos estado viendo la Paca en la 1, mi padre con los ojos cerrados, de mi mano. Me había instalado en pijama en su butacón, a su lado, con los pies en una silla. Cuando acabó el relato de la vida de la que fuera la mujer de Rubén Darío, apagué la televisión, abrí la ventana y me dispuse a dormir. Solté la mano de mi padre. Me tumbé. Y entonces noté que respiraba de otra forma. Eran las doce y media, o así. Porque el tiempo en un hospital discurre de otra manera. Mi madre, cuando salíamos, le llamaba la atención lo feliz que se veía a la gente, ajena a nuestro dolor. El dolor ralentiza el tiempo. Una semana, esta Semana Santa, podría jurar que ha durado un siglo.

Volví a darle la mano a mi padre, para que no se fuera. Recé todo lo que sabía. En voz alta, para que me oyera. Le hablé de mi madre, de mis hermanos, Cuquina, Mariano, Mari Paz, Juan y Ramón. Le hablé de sus padres. Le hablé de sus nietos. De toda la familia. Y del desierto. Y del mar.

Mi padre, siempre pintaba barcos. Le ponían una servilleta de papel delante y pintaba un barco velero. Ese gesto suyo, ceremonioso, de sacar del bolsillo el bolígrafo y ponerse a pintar un barco en una servilleta, define a mi padre. Los demás hablábamos. Decíamos cosas. Nos reíamos. Mi padre, mientras tanto, navegaba muy lejos.

Cuando venían mis padres a mi casa en Galicia, le dejaba en su habitación a mi padre un cuaderno de dibujo y muchos lápices. Desde la ventana se veían los castaños y unos olmos y hasta cerezos florecidos. Al fondo un monte, y las vacas. Y todo el horizonte. Pero cuando al irse, me iba a su habitación a ver qué había pintado mi padre del paisaje, todo eran mar y barcos.

Dice mi hijo mayor, tan parecido en tantas cosas a él, que ahora el abuelo está navegando.

Yo no sé dónde está, pero pude comprobar en primera persona que se fue a algún lugar porque noté cómo algo de él, lo más valioso, no se fue solo, ni a ninguna parte.

Que verdaderamente somos el envoltorio de algo que no desaparece con la muerte.

Que todos, incluso sin ser ya nada, somos alguien.

(Con todo mi agradecimiento y el de toda mi familia al personal del Hospital Universitario HM Madrid de la plaza del Conde de Valle de Suchil 16)

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario