El Whanganui

Whanganui

Te dan una montaña y un río cuando naces en Nueva Zelanda.

Me lo contó hace unos días mi amiga neozelandesa Tania, mientras mirábamos cómo brillaba el sol sobre el cielo y el agua que, desde la terraza coruñesa del náutico, los días soleados, parecen una misma cosa, mientras entran y salen los barcos del puerto, que es igual que sentarte a pegar la hebra a la puerta de una casa, porque navegan los minutos mirando cómo aumenta el brillo del agua cuando baja el sol del cielo, tan despacio como se suceden las conversaciones, con la misma dulzura de la luz y del mar y de los barcos, casi sin darte cuenta de que el tiempo pasa, o haciendo que no pasa, para no tener que marcharte.

Me contó Tania que el agua de los ríos en Nueva Zelanda tienen un agua muy negra y unas orillas muy verdes, llenas de helechos arborescentes, pero que el agua es muy oscura porque está llena de vida y de peces como las oscuras anguilas. También me habló de un árbol, el kauri, y de la maldición que cada día profería su madre, de origen maorí, acordándose de los ingleses que habían talado los kauris para hacer mástiles, árboles que tardaban en crecer cientos de años, algunos tenían mil y dos mil años, y que hubieran podido crecer muchos años más si los ingleses no los hubieran talado a matarrasa para sus barcos.

Dice Tania que ella no entendía mucho esta maldición que pronunciaba en voz alta su madre cada día, y que profirió hasta el día de su muerte, maldiciendo a los ingleses por haber talado el árbol sagrado del kauri y haber dejado casi sin bosques de kauris a Nueva Zelanda.

Era un árbol que asomaba entre todos los árboles de lo derecho que crecía su tronco hacia el cielo, dejando por el suelo las ramas, como si tan alto no le sirvieran, o solo quisiera las que tocaran, con sus hojas pequeñas para lo grande que es árbol, lo más alto del cielo.

Pero hablaba la madre de Tania como si de un familiar se tratara, porque es así como el maorí entiende la Naturaleza, no como algo que nos rodea y en esto maldigo yo también la palabra “medio ambiente” que nos lleva a creer que la Naturaleza es esto que nos rodea, el medio, y no nosotros mismos, que es como entienden los maorís sus árboles y sus montañas y sus ríos, no como algo propio sino como uno más de ellos mismos.

¿Cómo no maldecir, igual que si de un padre se tratara, o de un hijo, a quien daña el río?

Por vez primera han conseguido los maorís hacer ver la Naturaleza de esta manera.

Podríamos quedarnos en la noticia: el gran río Whanganui de Nueva Zelanda acaba de conseguir los mismos derechos que una persona, al considerarse al río persona jurídica, dándoles la razón a los maoríes que llevaban ciento sesenta años pidiéndolo.

Pero ha sido mucho más: un poder ver las cosas como no tendríamos que haberlas dejado de ver nunca, los ríos como algo propio, también las montañas, y los árboles de cada tierra.

No es ya que tengamos derecho nosotros a ellos, sino ellos sobre nosotros.

Que puede que un río y una montaña también nos estén esperando en algún lugar para reconocernos, al fin en ellos, como una parte de un todo.

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