Las negras heladas

heladas

Me gustaría dormir esta noche en el campo para ver mañana la helada.

Hay a quien le gusta que nieve pero a mí me encantan estas mañanas de cielos que amanecen un poco amarillos, como si se estuviera quemando el sol mientras abrasa las plantas la helada dejándolas tan mustias que la llaman, aunque sea muy blanca, helada negra, pues se diría que es el luto de un verdor, una ceniza, una maldición.

Puede que así sea en principio para los agricultores que se hayan adelantado con los primeros días del año a plantar las coles sobre unos surcos demasiado fríos todavía como para dar calor a las plantas, aunque ya esté el trigo de primera seguramente emergiendo de la Tierra de Campos mientras los milanos reales que vuelan convencidos de que todo es infinito, el cielo, el horizonte, los campos, sobrevuelan esas tierras con las alas extendidas y las puntas como dedos muy abiertos; la cola ahorquillada de golondrina, que es como distinguimos a estas rapaces diurnas cuando nos sobrevuelan por una carretera tan helada que parece, con el fondo oscuro del asfalto, un cielo estrellado, del brillo y del hielo que tiene.

En mi casa es sobre el puente del tren donde más hielo se acumula, al no tener ese trozo de la carretera tierra por debajo, solo aire, que es mucho más frío y despegado para dar calor al asfalto que la tierra. Incluso el agua es mejor que el aire porque bajo esa capa de hielo que se forma en los charcos que provienen de las hondonadas que dejan los tractores al pasar por los caminos, hay ranas como la bermeja que se quedan allí atrapadas adrede para poner allí sus puestas y que se críen los renacuajos protegidos por ese encierro de hielo que guarda el calor del agua y les libra del frío del aire, que es el peor de todos los fríos, el más despiadado, incluso con el aire quieto, helado. No digamos si se pone en movimiento y sopla un poco para volverse insoportable. Sensación térmica, llaman a esos cuchillos de frío atravesando la lana.

Pero hace falta una cierta quietud para que caiga la helada, que es el verbo que utilizan en el campo para definir el movimiento de este fenómeno, un caer, un descenso no ya de temperaturas, sino de hielo que se posa con los días fríos como estrellas del cielo para festonear y resaltar lo que tiene poca agua para congelar, como las hojas secas, respetando sus formas, precisamente por estar deshidratadas; pero, ay, lo que tiene agua, se transforma, cambia de volumen, de color y de forma, ya sea en planta mustia y negra; ya en flor oxidada como los pétalos de las camelias blancas que florecen en enero y amanecen de día tan sepias que se diría que los siglos se le echaron encima todos juntos esa noche; ya el abrevadero que se convierte en un bloque de hielo rodeado de piedra.

Y aunque salga el sol desde primera hora de la mañana, hace tanto frío que la umbría sigue blanca, incluso a mediodía, con el sol en lo más alto; y la solana brilla como si estuviera resfriada, de un agua que parece salir de unos ojos acatarrados que es los que deja este hielo cuando se derrite, una agua que es más bien una agüilla, como si tanta transformación de un estado al otro la hubiera agotado.

Más bonito aún que cuando nieva, más sutil, más artístico, es este hielo mientras sale de las casas del valle el humo blanco de la leña verde, que ya se acabó la seca, sobre un sol que se marcha tan frío como ha llegado y con la misma luz de borde de papel quemado, mientras empieza el aire a dar su nueva capa de hielo sobre las cosas para dejar a unas todavía más petrificadas y otras caídas como fantasmas.

Hay árboles que temen tanto a estas heladas que, antes de que lleguen con los días del calendario, dejan secas todas sus hojas y las tiran al suelo con los primeros fríos, que hasta la clorofila, que es el secreto mejor guardado de su verdor, la almacenan en las raíces hasta que pase esta negritud de las heladas.

Pero es este hielo también el que mata muchos insectos, controlando sus poblaciones, y el que espabila a las yemas dormidas para que se abrochen, y a las estaciones para que sean.

No hay primavera con más flores en las ramas que la que sigue al más helador de los inviernos.

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