Lecciones holandesas: la mancha intransigente

Holanda

Las elecciones holandesas eran el tercer test de la nueva etapa para calibrar el retroceso de las democracias formales en el nuevo siglo, especialmente confrontadas con sus electores tradicionales por la Gran Recesión y las desigualdades que ha provocado, aunque su origen fuera anterior.

El primer aviso fue el triunfo del Brexit que marcó un punto de inflexión, algo así como ver las orejas a un lobo, lo cual no inquietó hasta el día de después. El segundo aldabonazo fue el triunfo de Trump, con una secuela inquietante: el tipo está haciendo lo que dijo, no era retórica de campaña. Y lo que se apunta tampoco es tranquilizador, aunque las bolsas coticen promesas económicas que son más quimeras que hipótesis razonable. La exuberancia de Wall Street añade complicaciones.

La tercera prueba estaba en Holanda, unas elecciones marcadas por el auge del populismo. La lectura de los resultados está siendo demasiado triunfalista, sostiene que han perdido los populistas y ganado los demócratas centristas y europeos, la continuidad. Y no hay datos que avalen esa tesis más allá que el liberal Rutte volverá a gobernar con una coalición de cuatro partidos del centro a la derecha.

Pero el debate político y social ha girado hacia los puntos fuertes de la agenda populista, con las migraciones en primer plano. El debate sobre los refugiados constituye el eje central de las inquietudes ciudadanas, tanto como para dejar a la canciller Merkel en una posición de riesgo de cara a las elecciones alemanas de otoño.

El Holanda Rutte ha ganado gobernar pero con una agenda que se acerca más a la de los populistas que a la del gobierno anterior. El electorado holandés ha girado hacia el miedo y la intransigencia, una señal alarmante que advierte de riesgos inminentes. La coalición anterior de liberales y socialdemócratas (79 escaños en el Parlamento anterior) se ha desplomado (33+ 9 escaños ahora) y su alternativa es un gobierno de cuatro (o cinco) partidos de la derecha al centro.

Las pérdidas de los dos partidos tradicionales (28 escaños menos) no se compensan con las ganancias (15 escaños) de los partidos de centro o centro izquierda (democristianos, social liberales y verdes). Mientras que las formaciones populistas o intransigentes de distinto cuño, incluidos islamistas, calvinistas y cristianos, doblan su posición de 15 a 22 asientos. Las ganancias de animalistas y jubilados (de 5 a 9 escaños) y la estabilidad de la izquierda más extremista, solo pintan un panorama de decepción en el electorado de uno de los países más ricos e igualitarios de Europa.

La lección holandesa es que las democracias representativas no dan respuesta a las expectativas de los ciudadanos, no son capaces de construir un discurso integrador de la globalización, el libre comercio, las libertades y la gestión de las migraciones. Y mientras ese discurso y razonamiento no convenza a la mayoría el riesgo de involución, de intransigencia, populismo, nacionalismo y exclusión seguirá ganando posiciones y convenciendo a más electores desorientados y temerosos. La lección holandesa ni es tranquilizadora ni es europeísta. Todo lo contrario, la mancha intransigente se extiende.