Washington toma cartas en la cuestión venezolana

A las cinco muertes habidas en las tres últimas semanas de protestas de la Oposición en Caracas cuando, ayer reanudaban las manifestaciones, el balance de muertes ya era de cinco y de 521 el de los detenidos; pero se contabilizaba también el primer registro político de valoración en Washington sobre la situación en que se encuentra encallada Venezuela. El secretario de Estado, Rex Tillerson, calificaba de “golpe de Estado” la situación contra la que se producían las manifestaciones.

A la hora de redactar esta nota no se había producido todavía la réplica, bastante previsible, del régimen chavista: tildando de “injerencia del Imperio” la declaración de Tillerson. La novedad es significativa. No se trata de un dato cuantitativo sobre la evolución del desafío de la MUD (Mesa de Unidad Democrática), sino de un acuse de recibo del fondo del estricto problema venezolano. La realidad de un golpe de Estado.

Entrando por ahí, mal que le pese a Nicolás Maduro, Estados Unidos no incurre en injerencia en los asuntos internos de Venezuela, pues comparte con ésta pertenencia a la OEA (Organización de Estados Americanos), lo que implica la solidaria circunstancia de la común defensa de los valores democráticos. Que es tanto como la de los principios constitucionales.

El Secretario de Estado de la actual Administración estadounidense ha abierto el melón del debate interamericano en estos momentos: el de la insostenibilidad, por ilegal, dentro del orden jurídico de allí, del zafarrancho de combate a que ha llevado al pueblo venezolano este graduado en los Talleres Revolucionarios de La Habana. Un pueblo que le pide lo que la dictadura del chavismo le quitó: eso que Blas de Otero pidió y decía. Nada menos que el Pan y la Palabra.